Por Washington Uranga
Es posible que lo acontecido ayer en Estados Unidos cambie la historia contemporánea de la humanidad. Pero sería un error pensar que la secuencia de muerte se inicia con los atentados ocurridos en territorio norteamericano. Lo distinto, lo sorprendente, es que el hecho ocurrió en el mismo corazón del imperio hegemónico del mundo, golpeando de manera real y tangible, pero también de forma simbólica.
Esto es lo diferente. El terror se instaló en el territorio de la nación dominante de la tierra. Duros, difíciles de aceptar, dolorosos, los terribles hechos a los asistimos con dramático realismo a través de la televisión no son el primer acontecimiento de una secuencia de muerte. La muerte está instalada en la vida cotidiana de los pueblos, plagada de víctimas inocentes, y es parte esencial y consecuencia de la crisis del capitalismo global. Para entender lo ocurrido ayer es necesario describir un escenario en el cual, si bien hay una potencia hegemónica, ésta coexiste con intereses y fuerzas multipolares y con grupos periféricos que en su exclusión encuentran razón valedera para la violencia irracional, fanática, suicida y asesina. Frente al cinismo de los poderosos irrumpe el fundamentalismo de los impotentes. Ninguna muerte es justificable. Ningún atentado contra la vida humana y contra personas inocentes puede tener explicación alguna. Ni esto que ahora ocurrió en Estados Unidos, ni las represalias anunciadas y previsibles que vendrán de inmediato. Pero tampoco la violencia precedente aplicada por el poder gendarme en distintos lugares del mundo y con argumentos poco convincentes. Ni los conflictos llamados de “baja intensidad” sostenidos con cinismo por el poder, ni las guerras “quirúrgicas” celebradas como éxitos, ni los genocidios por hambre que se ejecutan a diario en todos los rincones planeta. Nada de lo ocurrido pueden desvincularse de otras muertes silenciosas, menos espectaculares y estridentes, que tienen que ver con la corrupción, con los paraísos fiscales, con la concentración de la riqueza, con la pobreza extendida por la tierra, con la esclavitud, con la segregación, con el racismo, con la impotencia de los pobres y los excluidos. Todas las muertes siembran muertes. Y quienes las siembran, sin importar sus razones o justificaciones, en algún momento se exponen a una cosecha de violencia.
PÁGINA 12, 12 DE SETIEMBRE DE 2001
Teun Van Dijk, Capítulo 5 “Estructuras argumentativas”, en “La ciencia del texto”, Paidós, Barcelona 1996, pág. 158. Adaptación de la cátedra.
Las superestructuras que sin duda han sido las mas ampliamente consideradas tanto en la filosofía como en la teoría de la lógica son la argumentación y la demostración.
El esquema básico de estas estructuras es muy conocido: se trata de la secuencia HIPÓTESIS (premisa)-CONCLUSIÓN. Esta estructura la encontramos tanto en las conclusiones formales, como en las enunciaciones argumentativas del lenguaje familiar de cada día:
(1) Estoy enfermo. Luego no puedo venir.
(2) Pedro ha sacado un cuatro. Luego no ha aprobado el examen.
La palabra luego no es del tipo semántico en estos ejemplos, es decir que no reproduce una relación causal entre dos circunstancias, sino que es un luego pragmático, que se refiere a la acción de quien saca la conclusión.
Por eso la estructura argumentativa de un texto debemos verla, sobre todo si procedemos de manera histórica, sobre el fondo del diálogo persuasivo. Contrariamente a la aseveración directa, aquí la tarea consiste en convencer al oyente de la corrección o la verdad de la aseveración, aduciendo suposiciones que la confirmen y la hagan plausible, o bien suposiciones a partir de las que pueda deducirse la aseveración.
A diferencia de la demostración en el sentido lógico estricto, la argumentación cotidiana ( y también la científica) se ocupa en muy pocas ocasiones de una relación “necesaria” entre hipótesis y conclusión (es decir, de una implicación), sino que más bien se dedica a una relación de probabilidad, credibilidad, etc.
No obstante podemos diferenciar las estructuras argumentativas sobre la base del tipo de relación entre HIPÓTESIS y CONCLUSIÓN: la derivabilidad (sintáctica) en un cálculo formal, la implicación (semántica) o entailment y finalmente las conclusiones (pragmáticas).
En estos tres niveles de relaciones argumentativas también se puede hacer una distinción en cuanto al carácter estricto de estas relaciones, partiendo de la necesidad lógica, y pasando por otras formas de la necesidad (física, biológica, psicológica, etc.) y de la probabilidad a la posibilidad.
La estructura del texto argumentativo puede seguir analizándose más allá de las categorías convencionales de HIPÓTESIS y CONCLUSIÓN. En particular, la categoría de las HIPÓTESIS puede seguir dividiéndose en categorías de distinta índole y tipos de suposiciones, igual que en la doctrina clásica de la argumentación se distinguía entre una premisa “mayor” y una “menor”.
Si consideramos las formas cotidianas de la argumentación, tal y como aparecen superficialmente en los ejemplos (1) y (2), veremos que estas categorías también pueden no existir, o mejor dicho, pueden estar implícitas. En estos casos se partirá de la base de que una circunstancia determinada es una condición suficiente para otra circunstancia.
Pero no hay que olvidar que en cada caso semejante relación condicionante entre circunstancias presupone una hipótesis implícita de tipo más general (por ejemplo, una regla o regularidad). El hecho de que Pedro no haya aprobado como consecuencia de su cuatro ( la nota), resulta también del hecho de que existe una regla que estipula que un cuatro no es suficiente para una prueba, y que todo aquel que no aporte un rendimiento suficiente, suspende (esto es aplicable a los exámenes, los deberes, los tests, etc.).
En otras palabras: si se desea explicar la estructura argumentativa, debe existir una base para la relación de las conclusiones y para la relación semántica condicional entre circunstancias en las que se basa la conclusión. Una categoría de este tipo podría denominarse “garantía” o “legitimidad” que autoriza a alguien a llegar a una conclusión determinada (para esta categoría de la argumentación se aplica también frecuentemente la expresión inglesa “warrant”)
Puesto que aquí nos ocupamos de una base general para la argumentación, denominaremos esta categoría la LEGITIMIDAD de la argumentación. Así deducimos o justificamos que Pedro ha suspendido con su cuatro, precisamente debido a la relación general (la regla) que existe entre la nota cuatro y el suspenso de una evaluación.
Eventualmente podemos explicar mejor esta legitimidad mediante la explicación de que en nuestro sistema de evaluación de exámenes un cuatro no es suficiente, con lo que la relación que se crea entre “insuficiente” y “suspender” representa la legitimidad de nuestra demostración. De esta manera damos un REFUERZO (backing) a nuestra demostración, al indicar claramente que y como tiene que ver un cuatro con un suspenso.
Para seguir desarrollando este ejemplo un poco más, podemos decir también que la relación entre una nota insuficiente y un suspenso solo es importante en una situación determinada, a saber, en la situación de examen. Al menos implícitamente hay que partir entonces de la suposición de que Pedro se ha presentado a un examen final, donde el examen en particular tiene un papel más o menos importante. Igual que en los textos narrativos denominaremos MARCO del argumento a esta especificación.
Sin embargo, en la superestructura de la demostración hasta ahora solo esquematizada, podemos establecer diferencias más precisas. Sí, por ejemplo, se necesitase una explicación más precisa de las circunstancias, a saber, que Pedro tuvo un cuatro /un insuficiente, ciertamente habría que incluir un ARGUMENTO en la demostración: que Pedro no ha trabajado (hecho /suposición), que no se consigue una nota suficiente si no se trabaja lo necesario para un examen (justificación). De esta manera se puede, pues, complejizar una estructura argumentativa mediante la recursividad de la categoría ARGUMENTO.
Finalmente, todas las argumentaciones cotidianas encierran la posibilidad de una “cláusula de pretexto”. Dado que la relación entre el precedente y las consecuencias, en un contexto habitual, usualmente no es “necesaria”, sino a lo sumo “probable”, resulta muy posible que existan “excepciones”. En nuestro ejemplo, Pedro puede, a pesar de no haber obtenido una nota suficiente, tener tantas otras notas buenas antes del examen o bien en la evaluación general, como para que los “jueces” lo aprueben. A esta conclusión se le puede añadir además la siguiente LIMITACIÓN: “Sólo en el caso de que las demás notas sean buenas”. Esta limitación de solo en el caso de que también puede formularse como SUPOSICIÓN, como: “Pedro no tiene otras notas buenas”, porque en el caso de que no, es equivalente a la conjunción de la frase condicional si.
Después de nuestra discusión de la estructura global de una argumentación podemos intentar situar las categorías en un esquema jerárquico (un diagrama arbolado):

Las denominaciones de las diferentes categorías son provisionales y probablemente puedan ser sustituidas por otras, en especial según el tipo de argumentación.
El tipo de argumentación también depende del contexto institucional de la demostración. Puesto que en la vida cotidiana y el lenguaje familiar, como en los ejemplos (1) y (2), simplemente bastaría una relación superficial o general de las circunstancias condicionantes para la justificación de una aseveración, en la sala de audiencia y especialmente en la lógica formal se ha de precisar la legitimidad, el marco y todas las demás categorías, y entre estas también las que han pasado al lenguaje familiar y que ahora forman parte del marco de conocimiento general de todos los hablantes (la denominada lógica natural), y por razones pragmáticas ya no necesitan mencionarse expresamente en la comunidad lingüística. En análisis de interacción empírica incluso se demostró que las preguntas sobre la justificación en forma de reglas o “evidencias” se consideraban no aceptables o incluso socio- patológicas (y llevaban a un conflicto comunicativo).
La estructura canónica de las argumentaciones puede modificarse sobre la base de transformaciones: determinados puntos de partida pueden quedar implícitos (dependiendo del contexto), y una JUSTIFICACIÓN también puede seguir a una aseveración expresada anteriormente, cuando es evidente que esta aseveración es una CONCLUSIÓN del hablante. Cuando se argumenta indirectamente, puede ser suficiente nombrar una circunstancia dada y no ya la conclusión en sí: si me preguntan si podré venir esta noche, basta con que conteste: “estoy enfermo”. Sobre la base del texto y contexto, y aún más sobre la del conocimiento general, el oyente podrá sacar sus propias conclusiones.
A partir de un texto demostrativo no solo se puede justificar una aseveración con respecto a circunstancias generales, sino también con respecto a acciones que, por regla general, requieren de una justificación más exacta; en este caso, las circunstancias representan las consideraciones, los motivos, las decisiones, los deseos, etc, del actuante ( agens).
El argumento práctico, cuya CONCLUSIÓN es una orden, una prohibición, un consejo, una recomendación o una propuesta (HAZ p )es una variante específica de estas argumentaciones de acciones. De manera análoga a la de la discusión general de las argumentaciones, aquí no entraremos en detalle en los problemas filosóficos y lógicos de tales consideraciones, dado que nos interesan sobre todo las características básicas de algunos tipos convencionales de superestructuras y no de cada teoría que se preocupa por analizar los detalles correspondientes.
Como ejemplo típico de una conclusión implícita e indirectamente práctica volveremos a usar un ANUNCIO, cuya estructura básica, como vimos, es la conclusión implícita: COMPRA X O, aún más general: HAZ p.
Ilustrémoslo con un ejemplo concreto; para el fin de año de 1976/77 apareció en los periódicos holandeses un gran anuncio de la compañía Shell en el que se metía mucho ruido acerca de una “nueva” sustancia en la gasolina, el ASD (Amsterdam Super Detergent), un producto que, si se quiere dar crédito a los experimentos, mantiene más limpio el motor. El anuncio pretende ofrecer una demostración relativamente detallada de porque el ASD en la gasolina, o sea, en la gasolina de Shell, mantiene el motor más limpio, repercutiendo en un ahorro de gasolina. Vamos a reproducir los pasos de la argumentación en orden inverso, o sea realmente como justificación, empezando por la conclusión pragmático/ práctica de “COMPRA gasolina Shell”.
(6) (I) * Compra gasolina Shell (conclusión)
(II) La gasolina Shell contiene ASD (hecho)
(III) ASD limpia el motor (justificación)
(IV) Un motor limpio consume menos gasolina (refuerzo)
(V) (III / IV) demostrado mediante experimentos (ARG 2, hecho)
(VI) *Menos gasolina es más barata (refuerzo 2 )
(VII) * Ud. quiere conducir por poco dinero (motivación = justificación 2 )
(VIII) * Ud. no quiere gastar más porque sí (justificación 3 )
(IX) * Ud. conduce un coche (marco).
Entre paréntesis se indican las categorías ( en los distintos niveles) que constituyen los “pasos” del contenido de la argumentación que está en versalitas porque la argumentación es producida por la macroestructura del anuncio (y no por la respectivas oraciones originales).
A partir de esta argumentación “desmontada” resulta claramente que casi todos los puntos de partida generales quedan normalmente implícitos en el anuncio ( caracterizado aquí por un asterisco), inclusive el hecho (del marco) de que el anuncio se dirige únicamente a los conductores de automóviles. La justificación sobre la que se basa el hacer o dejar de hacer una acción la hemos llamado motivación; sin embargo podemos ver en el anuncio que esta diferencia entre “justificación” y “ refuerzo”, no siempre es muy marcada, sobre todo en los casos en los que el argumento se vuelve más complejo y cuando una argumentación (implícita) realmente está incluída en la argumentación real. Así, la justificación (III) es en realidad un hecho tomado del experimento mencionado, un componente de una argumentación “científica”, en la que (IV) representa una justificación explicativa de la conclusión final: (III a) LA GASOLINA ASD ES MÁS ECONÓMICA.
Esta claro que estos anuncios “cuasi- científicos” producen cierta confusión por el hecho de que ya hace tiempo que Shell tiene ASD en su gasolina (por lo que aquí no se ofrece nada “nuevo”) y, sobre todo, porque no solo la gasolina de Shell contiene ASD, con lo que simplemente no existe ninguna motivación válida para precisamente por eso comprar gasolina Shell. Por eso, la macroproposición (II) es incompleta y solo podría expresar una circunstancia condicionante si SOLO GASOLINA SHELL CONTIENE ASD fuera una afirmación verdadera, a la vez que la aseveración de que otras sustancias no mantienen el motor limpio en las mismas condiciones, fuera igualmente verdadera.
Este último ejemplo de un anuncio desconcertante nos aclara a la vez que existen condiciones expresas para una demostración correcta. El hecho de omitir circunstancias que puedan influir negativamente sobre la conclusión final, el no garantizar la validez general de una justificación, o el hecho de ser irrelevante debido a la ausencia de un refuerzo especial, como en el presente “caso”, puede llevar a una estructura argumentativa incorrecta.
Debido a la complejidad de muchos argumentos, en el contexto de la comunicación diaria no siempre resulta posible detectar esta incorrección, de manera que las demostraciones encaminadas a justificar una aseveración y que por lo tanto se emplean persuasivamente en un contexto activo, representan un instrumental frecuentemente empleado para la manipulación de conocimientos y opiniones de los hablantes.
Por eso consideramos que una de las tareas más importantes de la ciencia crítica del texto es analizar esta forma de influir en los conocimientos, las opiniones y las actitudes como consecuencia de determinadas estructuras textuales y concienciar a los hablantes ( por ejemplo la educación escolar) sobre estas relaciones.
Como preparación a estos aspectos socio –psicológicos de la ciencia del texto hemos analizado en este libro una serie de ejemplos en los que el estilo, la estructura retórica y ciertas superestructuras pueden dar pié a una manipulación de los sentimientos, las opiniones y las posturas de lectores y oyentes.
Evidentemente, una manipulación de este tipo no aparece directamente: el lector/ oyente primero percibirá las estructuras textuales correspondientes las entenderá y las almacenará en la memoria (véase próximo capítulo), y luego sacará sus conclusiones, que podrán modificar los conocimientos, las posturas y las intenciones de acción. En este proceso desempeñan un papel importante los conocimientos previos, las suposiciones sobre las intenciones del hablante (y su credibilidad, etc.), los criterios las posturas existentes, los deseos y los proyectos.
La elaboración extremadamente complicada y sin embargo hasta cierto punto sistemática del texto decide si un texto potencialmente persuasivo o manipulativo en realidad cumple con el efecto deseado. Por todo ello sería demasiado fácil pensar que existe una relación directa entre las estructuras textuales y el comportamiento social real(10).
Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L. en “Tratado de la argumentación. La nueva retórica”, Editorial Gredos, Madrid, 1994, pág. 65)
La variedad de los auditorios es casi infinita y, de querer adaptarse a todas sus particularidades, el orador se encuentra frente a innumerables problemas. Quizá sea ésta una de las razones por las cuales lo que suscita un interés enorme es una técnica argumentativa que se impusiera indiferentemente a todos los auditorios o, al menos, a todos los auditorios compuestos por hombres competentes o razonables.
La búsqueda de una objetividad, cualquiera que sea su naturaleza, corresponde al ideal, al deseo de trascender las particularidades históricas o locales de forma que todos aceptan las tesis defendidas. Se asiste, sin embargo, a un debate secular entre los partidarios de la verdad y los de la opinión, entre filósofos, buscadores de lo absoluto, y retóricos, comprometidos en la acción. Con motivo de este debate, parece que se elabora la distinción entre persuadir y convencer, distinción a la que aludimos en función de una teoría de la argumentación y del papel desempeñado por ciertos auditorios.
Para aquel que se preocupa por el resultado, persuadir es más que convencer, al ser la convicción sólo la primera fase que induce a la acción.
Nosotros nos proponemos llamar persuasiva a la argumentación que sólo pretende servir para un auditorio particular y nominar convincente a que se supone que obtiene la adhesión de todo ente de razón. El matiz es mínimo y depende, esencialmente, de la idea que el orador se forma de la encarnación de la razón. Cada hombre cree en un conjunto de hechos, de verdades, que todo hombre “normal” debe, según él, admitir, porque son válidos para todo ser racional. Pero, ¿es así de verdad? ¿No es exorbitante la pretensión a una validez absoluta para cualquier auditorio compuesto por seres racionales? Incluso al autor más concienzudo no le queda, en este punto, más remedio que someterse al examen de los hechos, al juicio de los lectores. En todo caso, habrá hecho lo que está en su mano para convencer, si cree que se dirige válidamente a semejante auditorio.
La distinción que proponemos entre persuasión y convicción da cuenta, de modo indirecto, del vínculo que a menudo se establece, aunque de forma confusa, entre persuasión y acción, por una parte, y entre convicción e inteligencia, por otra. En efecto, el carácter intemporal de ciertos auditorios explica que los argumentos que le presentan no constituyan en absoluto una llamada a la acción inmediata.
Esta distinción, fundada en los rasgos del auditorio al que se dirige el orador, no parece, a primera vista, que explique la distinción entre convicción y persuasión tal como la siente el propio oyente. Pero, resulta fácil ver que se puede aplicar el mismo criterio, si se tiene en cuenta que este oyente piensa en la transferencia a otros auditorios de los argumentos que le presentan y se preocupa por la acogida que les estaría reservada.
Desde nuestro punto de vista, es comprensible que el matiz entre los términos convencer y persuadir sea siempre impreciso y que, en la práctica, se suprima. Pues, mientras que las fronteras entre la inteligencia y la voluntad, entre la razón y lo irracional pueden constituir un límite preciso, la distinción entre diversos auditorios es mucho más confusa, y esto tanto más cuanto que la imagen que el orador se forma de los auditorios es el resultado de un esfuerzo siempre susceptible de poder reanudarlo.
Es la naturaleza del auditorio al que pueden someterse con éxito los argumentos lo que determina, en la mayoría de los casos, no sólo el tono que adoptarán las argumentaciones sino también el carácter, el alcance que se le atribuirá. ¿Cuáles son los auditorios a los que se les atribuye el papel normativo que permite saber si una argumentación es convincente o no? Encontramos tres clases de auditorios, considerados privilegiados a este respecto, tanto en la práctica habitual como en el pensamiento filosófico:
el primero, constituido por toda la humanidad o, al menos, por todos los hombres adultos y normales y al que llamaremos el auditorio universal; el segundo, formado, desde el punto de vista del diálogo, por el único interlocutor al que nos dirigimos; el tercero, por último, integrado por el propio sujeto, cuando delibera sobre o evoca las razones de sus actos. A continuación, conviene añadir que, sólo cuando el hombre en las reflexiones consigo mismo o el interlocutor del diálogo encarnan al auditorio universal, éstos adquieren el privilegio filosófico que se le otorgan a la razón, en virtud del cual la argumentación que se dirige a ellos ha quedado asimilada, con frecuencia, a un discurso lógico. En efecto, si visto desde fuera, se puede pensar que el auditorio universal de cada orador es un auditorio particular, esto no significa que, a cada instante y para cada persona, exista un auditorio particular, cuyas reacciones conocemos y cuyas características, a lo sumo, hemos estudiado. De ahí la importancia primordial del auditorio universal en tanto que norma de la argumentación objetiva, puesto que el interlocutor y el individuo deliberadamente consigo mismo constituyen meras encarnaciones siempre precarias.
Perelman, Ch. y Olbrechts-Tyteca, L. en “Tratado de la argumentación. La nueva retórica”, Editorial Gredos, Madrid, 1994, pág. 47)
Para exponer bien los caracteres particulares de la argumentación y los problemas inherentes a su estudio, nada mejor que oponerla a la concepción clásica de la demostración y, más concretamente, a la lógica formal que se limita al examen de los medios de prueba demostrativos.
En la lógica moderna, la cual tuvo su origen en una reflexión sobre el razonamiento, ya no se establece una relación entre los sistemas formales y cualquier evidencia racional. El lógico es libre de elaborar como le parezca el lenguaje artificial del sistema que está construyendo, es libre de determinar los signos y las combinaciones de signos que podrán utilizarse.
A él, le corresponde decidir cuáles son los axiomas, o sea, las expresiones consideradas sin prueba alguna válidas en un sistema, y decir, por último, cuáles son las reglas de transformación que introduce y permiten deducir, de las expresiones válidas, otras expresiones igualmente válidas en el sistema. La única obligación que se impone al constructor de sistemas axiomáticos formalizados y que convierte las demostraciones en apremiantes, es la de elegir los signos y las reglas de modo que se eviten las dudas y ambigüedades.
Sin vacilar e incluso mecánicamente, es preciso que sea posible establecer si una serie de signos está admitida dentro del sistema, si su forma es idéntica a otra serie de signos, si se la estima válida, por ser un axioma o expresión deducible, a partir de los axiomas, de una forma conforme a las reglas de deducción.
Toda consideración relativa al origen de los axiomas o de las reglas de deducción, al papel que se supone que desempeña el sistema axiomático en la elaboración del pensamiento, es ajena a la lógica así concebida, en el sentido de que se sale de los límites del formalismo en cuestión.
La búsqueda de la univocacidad indiscutible ha llevado, incluso, a los lógicos formalistas a construir sistemas en los que ya no se preocupan por el sentido de las expresiones: se sienten satisfechos con que los signos introducidos y las transformaciones que les conciernen estén fuera de toda discusión. Dejan la interpretación de los elementos del sistema axiomático para quienes lo apliquen y tengan que ocuparse de su adecuación al objetivo perseguido.
Cuando se trata de demostrar una proposición, basta con indicar qué procedimientos permiten que esta proposición sea la última expresión de una serie deductiva cuyos primeros elementos los proporciona quien ha construido el sistema axiomático en el interior del cual se efectúa la demostración.
¿De dónde vienen estos elementos?, ¿acaso son verdades impersonales, pensamientos divinos, resultados de experiencias o postulados propios del autor? He aquí algunas preguntas que el lógico formalista considera extrañas a su disciplina.
Pero cuando se trata de argumentar o de influir, por medio del discurso, en la intensidad de la adhesión de un auditorio a ciertas tesis, ya no es posible ignorar por completo, al creerlas irrelevantes, las condiciones psíquicas y sociales sin las cuales la argumentación no tendría objeto ni efecto. Pues, toda argumentación pretende la adhesión de los individuos y, por tanto, supone la existencia de un contacto intelectual.
Para que haya argumentación, es necesario que, en un momento dado, se produzca una comunidad efectiva de personas. Es preciso que se esté de acuerdo, ante todo y en principio, en la formación de esta comunidad intelectual y, después, en el hecho de debatir juntos una cuestión determinada. Ahora bien, esto no resulta de ningún modo evidente.
En el terreno de la deliberación íntima, existen condiciones previas a la argumentación: es preciso, principalmente, que uno mismo se vea como si estuviera dividido en dos interlocutores, por lo menos, que participan en la deliberación. Y, esta división, nada nos autoriza a considerarla necesaria.
Parece que está constituida sobre el modelo de la deliberación con los demás, por lo que es previsible que, en la deliberación con nosotros mismos, volvamos a encontrarnos con la mayoría de los problemas relativos a las condiciones previas a la discusión con los demás. Muchas expresiones lo testimonian. Mencionaremos algunas fórmulas, como “No escuches a tu mal genio”, “No discutas de nuevo este punto”, que aluden, respectivamente, a las condiciones previas que afectan a las personas y al objeto de la argumentación.
Ornato de la ciudad es el coraje varonil, del cuerpo la belleza, del alma la sabiduría, de la acción la virtud, de la palabra la verdad. Contrario de todo esto es el desorden. Hombre y mujer, palabra y obra, ciudad y acción, lo digno de elogio se debe honrar con el elogio, lo indigno débese cubrir de vituperio. Pues el mismo error y nesciencia es vituperar lo loable, que loar lo vituperable. Empeño es del mismo hombre proclamar correctamente el deber y reprobar a quienes vituperaron a Helena, mujer en torno a la cual se ha convertido en unanimidad de palabra y de sentimiento el testimonio de todos los poetas y la fama del nombre convertido en memorial de desgracias.
Mi intención es que, dotando de una cierta lógica este discurso, acabe con la acusación de ella, que tan mala fama tiene; y poniendo de manifiesto la mentira de quienes la vituperan y mostrando la verdad haga cesar la nescencia.
Que por naturaleza y linaje la mujer sobre la cual versa este discurso fue la primera entre los primeros hombres y mujeres, no es desconocido ni aun a pocos. En efecto, es manifiesto que su madre fue Leda y su padre auténtico un dios, el putativo un mortal, Tíndaro y Zeus: éste, puesto que lo era, lo parecía; aquél, puesto que lo representaba, era discutido; el primero el más poderoso de los hombres, el segundo el señor de todo.
Nacida de tales progenitores, poseyó una belleza parecida a una diosa; la recibió, y la poseyó sin esconder. En muchísimos provocó muchísimos deseos de amor, y con su solo cuerpo excitó a muchos cuerpos de hombres de altos designios para altas empresas, unos con grandes riquezas, otros con la gloria de la antigua nobleza, otros con el vigor de la fuerza personal, otros con la fuerza de una sabiduría adquirida; todos habían acudido por un amor codicioso de victoria y por un afán invencible de honores. Quién fue, y por qué y cómo, aquél que sació su amor casándose con Helena, no voy a decirlo. En efecto, decir a quien sabe lo que ya sabe produce credibilidad, no produce, empero, satisfacción. Omitiré, pues, en este discurso, aquella época y abordaré el comienzo del discurso que voy a pronunciar, a fin de presentar las razones por las cuales era natural que ocurriese la partida de Helena hacia Troya.
En efecto, o por disposición de la Suerte, o por disposición de los dioses, o por decreto de la Necesidad, ella lo que hizo, o arrebatada por la violencia, o persuadida por razones, (o cautivada por amor). Si, pues, se debió a la primera causa, el causante merece ser el encausado; ciertamente, el deseo de un dios es imposible de impedir por un propósito humano. De hecho, es natural que el más fuerte no sea obstaculizado por el más feble, sino que el más feble sea dominado y guiado por el más fuerte; el más fuerte guía, el más feble sigue. La divinidad es más fuerte que el hombre, en violencia, en sabiduría, en lo demás. Así, pues, si hay que imputar la responsabilidad a Fortuna o a un dios, hay que absolver a Helena del deshonor.
Si fue arrebatada por la violencia, si fue forzada contra ley, si fue violentada injustamente, es patente que el raptor es el culpable por haber hecho violencia, y que ella, la raptada, fue infortunada por haber sido violentada. Aquel bárbaro, por tanto, que emprendió una empresa bárbara, es imputable por la palabra, por la ley y por la acción: por la palabra, que sufra la acusación, por la ley, la infamia, por la acción, el castigo. Ella, violentada, privada de su patria, huérfana de sus amigos, ¿cómo no será con razón antes compadecida que difamada? Aquél hizo cosas terribles, ella las sufrió. Es justo, entonces, que se la compadezca, él que sea odiado.
Si fue la palabra lo que la convenció y engañó a su alma, tampoco en esto es difícil defenderse y disipar la culpa, de la siguiente manera:
La palabra es un gran soberano que con un cuerpo pequeñísimo y totalmente invisible realiza acciones divinas. Puede, en efecto, hacer cesar el miedo, eliminar el dolor, provocar el gozo, aumentar la compasión. Cómo sucede voy a explicarlo. Es preciso que lo explique para la opinión de los oyentes. Considero, así como lo digo, que cualquier clase de poesía es un discurso con medida; a quien la escucha penetra un escalofrío lleno de terror, una compasión que arranca las lágrimas, una codicia derretida de nostalgia; por efecto de la palabra el alma sufre un sufrimiento peculiar en relación a la suerte y al fracaso de hechos y personas ajenas.
Ea, pues, volvamos al discurso que llevamos. Los hechizos inspirados por medio de las palabras se convierten en creadores de placer, eliminadores de tristeza. Pues, mezclada con la opinión, la fuerza del encantamiento del alma la hechiza, persuade y transporta por su seducción.
Dos artes de seducción y de hechicería se inventaron: son los errores del alma y los engaños de la opinión. Cuántos han persuadido a cuántos sobre cuánto, y siguen persuadiendo forjando un discurso mentiroso. Pues si todo el mundo poseyese de todas las cosas el recuerdo de las pasadas, (la conciencia) de las presentes, la previsión de las futuras, el mismo discurso no sería como es: para nadie hay ahora la posibilidad de recordar el pasado ni de examinar el presente ni de adivinar el futuro. De manera que, sobre muchas cuestiones, la mayor parte de la gente entrega su alma a la opinión como consejera. La opinión, por ser vacilante e insegura, proyecta en quien se sirve de ella unas situaciones vacilantes e inseguras.
¿Qué motivo impide, pues, creer que Helena fue impelida por las palabras, pero no por la propia voluntad, como si fuese arrebatada por la violencia? Así se puede ver la fuerza de la persuasión: no tiene forma de inexorabilidad, pero tiene su potencia. La palabra, pues, que ha persuadido a un alma coacciona al alma que ha persuadido a cumplir los dictados y a consentir en los hechos.
Aquel, pues, que persuadió es el culpable, puesto que actuó forzando; quien obedeció es inútilmente difamada puesto que se vio forzada por la palabra. Y puesto que la persuasión, cuando se añade a la palabra, sella el alma como quiere, hay que aprender, en primer lugar, los discursos de los meteorólogos, los cuales eliminando una opinión, construyendo otra, hicieron aparecer a los ojos de la opinión cosas increíbles y obscuras; en segundo lugar, los debates oratorios forzosos en los que un solo discurso, aunque no pronunciado según verdad, pero redactado con arte, deleita y convence a una gran multitud; en tercer lugar, las contiendas de los discursos filosóficos: en ellas se pone de manifiesto con qué rapidez el pensamiento hace cambiar las creencias de la opinión. Hay una analogía entre la potencia del discurso y la regulación del alma, y entre la regulación de las medicinas eliminan de los cuerpos ciertos humores y otras otros, y unas pueden hacer cesar el dolor, pero otras la vida, así mismo, unos discursos pueden provocar pena, otros deleite, otros terror, otros disponen a los oyentes a la valentía, otros, con una cierta persuasión nefasta, drogar y seducir el alma.
Entonces, ha sido demostrado que si se la persuadió con la palabra, ella no es culpable, sino infortunada.
Pero expondré la cuarta causa con un cuarto razonamiento. Si fue, efectivamente, amor quien produjo todas estas cosas, no será difícil que sea absuelta de la culpa que se le imputa. La naturaleza de las cosas que vemos no es como nosotros queremos, sino tal como cupo a cada cosa. Por la vista el alma recibe una impresión de acuerdo con lo que son las circunstancias. Por ejemplo, si la vista repara en enemigos armados de bronce y de acero, el uno para la defensa, el otro para el ataque, se perturba y perturba el alma, hasta tal punto que a menudo, aterrorizados, huyen del peligro como si fuese inminente. Pues la fuerza de costumbre se ve percutida por el miedo producido por la vista, la cual, cuando se presenta, hace descuidar la belleza que proviene de la ley y el bien que nace de la victoria. Algunos, al ver cosas pavorosas, en aquel instante pierden las entendederas que todavía conservan: hasta tal punto el terror sofoca y elimina el intelecto. Muchos fueron a caer en vanos afanes, en terribles enfermedades, en locuras incurables: de esta manera la vista imprimió en la conciencia las imágenes de las cosas vistas. Prescindo de muchas cosas espantables; aquellas de las que prescindo son como aquellas de las que he hablado.
Además, los pintores, cuando a partir de muchos colores y volúmenes llegan a dar perfecta forma a un solo cuerpo y a una sola figura, deleitan la vista; la creación de estatuas humanas y el tallado de esculturas divinas procuran un placentero espectáculo a los ojos. Así también, ciertas cosas producen naturalmente dolor a los ojos, otras los atraen. Muchas cosas en muchos consiguen forjar amor y deseo de muchos objetos y personas. Así, pues, si la visión de Helena al gozar del cuerpo de Alejandro provocó en su alma un deseo y un impulso de amor, ¿qué maravilla hay? Si el amor es un dios que tiene la fuerza divinal de los dioses, ¿cómo será capaz, quién es más feble de eliminarlo y precaverse? Si es una enfermedad humana y una ignorancia del alma, no hemos de recriminarlo como una falta, sino considerarlo como una desgracia. Pues llega como llega, por saqueos de fortuna y no por decisión de la inteligencia, por ineluctabilidad del amor, no por artificiosas componendas.
¿Cómo, pues, se puede tener por justo el vituperio de Helena, la cual, tanto si hizo lo que hizo plenamente enamorada o persuadida por un discurso o raptada por la violencia, o bien forzada por una fuerza divina, ha de ser absuelta totalmente de la culpa? ineluctable
Eliminé con este discurso el deshonor de una mujer, me mantuve en la norma que había establecido al iniciar el discurso. Intenté abolir la injusticia del vituperio y la nescencia de la opinión. Quise escribir este discurso como un elogio de Helena, como un juego para mí.
en “La argumentación : lo mismo y lo nuevo” de “Temas de Argumentación” de Marafioti, Roberto (compilador), Editorial Biblos, Buenos Aires, 1995, pág. 19. Adaptación de la cátedra.
Aristóteles define la retórica como una disciplina argumentativa. “Entendamos por retórica la facultad de conocer en cada caso aquello que puede persuadir. Éste no es el objeto de ningún arte; pues cada uno de los demás enseña y persuade respecto de sus propias materias como la medicina que trata de lo que sirve para sanar y de lo que daña a la salud...Pero la retórica, por así decirlo, parece que puede conocer, respecto de un asunto propuesto, aquello que es apto para persuadir”.(Aristóteles: Retórica I,1355b, citado en Jordi Berrio: ob.cit.,p.24.)
Aristóteles escribió dos libros referidos específicamente a los fenómenos discursivos: uno es la Poética y otro es El arte de la retórica. El primero se refiere con fenómenos estilísticos y estéticos. La poética es un arte imitativo y según sea la imitación igual, mejor o peor que lo que se da en la realidad se tendrá la tragedia, la épica, la comedia. El arte de la retórica se refiere a los fenómenos de la comunicación cotidiana, del discurso público.
Aristóteles combate la idea de la retórica como un mero arte empírico y rutinario. El ejercicio retórico debe apoyarse en el conocimiento de la verdad pero no se puede considerar sólo como un pasaje de ella. En la transmisión pura y simple de la verdad no se presta atención a la persona a la que se comunica; en la persuasión de lo verdadero por medio de la retórica la personalidad del oyente es crucial.
El orador, el que tiene que emplear un discurso y persuadir al auditorio, tiene que ver qué dice pero además cómo lo dice. Porque el discurso se conforma de tres elementos, del que habla (hoy diríamos el argumentador), de aquello acerca de lo cual se habla (el tema) y de aquél a quien se dirige, el o lo oyente/s (el auditorio o el argumentatario)
La retórica genera en el discurso los siguientes tipos de operaciones:
1.- Inventio. El establecimiento de las pruebas o razones. La acción de encontrar qué decir.
A partir de la inventio se orientan dos líneas:
Una lógica: convencer y
Otra sicológica: conmover.
La primera se maneja con un aparato lógico que ofrece pruebas que fundamentan la argumentación. La segunda, para emocionar, lleva a pensar la estrategia argumentativa desde aquel que debe recibir el mensaje, empleando recursos morales o subjetivos.
Aristóteles dice: “... Se persuade por medio del carácter moral cuando se pronuncia el discurso de tal manera que haga al orador digno de ser creído, porque a las personas buenas les creemos más y con mayor rapidez, en general, en todos los asuntos pero principalmente en aquello en que no hay evidencia sino una opinión dudosa. Pero conviene también que esto suceda por medio del discurso y no porque la opinión haya anticipado este juicio respecto del orador... Se persuade por medio de la disposición de los oyentes cuando fueren conmovidos por el discurso... Se persuade a los oyentes por medio del discurso cuando demostramos lo verdadero o lo verosímil sobre la base de lo que en cada caso es apto para persuadir.”
Los componentes de la inventio son fragmentos de lenguaje que deben insertarse en otro orden que es el discurso. Aquí ya existe una puesta en palabras.
2.- Dispositio. La ubicación de esas pruebas a lo largo del discurso de acuerdo con un orden.
La dispositio debe ser entendida como las grandes partes que conforman el discurso y, a pesar de las diferencias de clasificación que los retóricos han dado a esta porción, existen coincidencias en cuanto a los segmentos que pueden ser reconocidos. Esas partes son:
a) Exordio: sólo se inicia en el momento en que se descubre el objeto y la finalidad del discurso. En él se busca capturar la atención y la complicidad del auditorio y se enumeran las divisiones que se harán y provoca la distensión al hacérsele conocer al oyente aquello que puede esperar.
b) Exposición o narratio: es el relato de los hechos que conforman la causa pero este relato está compuesto sólo desde el punto de vista de la prueba. No es un relato en el sentido literario sino una estructura argumentativa. Cumple la función de preparar para el despliegue argumentativo. Incluye dos componentes: los hechos y las descripciones.
c) Demostración, prueba o confirmatio: es la exposición de los argumentos.
d) Peroración o epílogo: es la parte final. Brinda el impulso final para que el auditorio se vuelque a favor o en contra de lo que se le ha presentado. Aristóteles reconoce cuatro componentes.
- disponer bien al oyente respecto de aquello que se está argumentando y mal respecto de aquello que se está contraargumentando;
- amplificar o atenuar;
- exaltar las pasiones en el oyente, y
- traer nuevamente las cosas a la memoria.
Debe componerse de una parte panegírica y una parte didáctica: debe conmover las pasiones y ganar la adhesión de los oyentes.
3.- Elocutio. La composición verbal de los argumentos, introducción de los adornos (tropos) y las figuras.
Dice Aristóteles que no basta tener qué decir, además es necesario decirlo como conviene y esto es fundamental si se orienta a que el discurso aparezca dotado de características peculiares para convencer al auditorio. Barthes propone traducir elocutio por “enunciación” con toda la carga que tiene este último vocablo para dar cuenta de la presencia del sujeto en el acto de poner un discurso argumentativo en funcionamiento.
Dentro de la elocutio se debe considerar la elección de las palabras apropiadas y la reunión de ellas en un discurso.
4.- Actio. La puesta en escena del discurso desde el punto de vista del orador, del destinatario y del mensaje mismo.
5.- Memoria. El recurso a la memoria de otros textos que operan como estereotipos.
Las dos últimas operaciones fueron rápidamente dejadas de lado por la tradición retórica posaristotélica ya que se trata de mecanismos extratextuales o que remiten al uso que el orador hace con aquello que dice. Sin embargo, sería importante volver sobre ellas en la medida en que en los medios masivos se le da una importancia fundamental a la escenificación de los discursos. Allí no vale tanto qué se dice como la espectacularidad generada por el discurso y por aquel que lo presenta.
La finalidad de este trabajo es revisar los conceptos aristotélicos por la vigencia que ellos mantienen. Sin embargo, será necesario desde el punto de vista del análisis del discurso tener presente que otras perspectivas más vinculadas a los aportes que realiza la lingüística o la semiología conforman un conjunto de instrumentos que nos permite tener una mayor precisión en la labor de desmontar los mecanismos de constitución de los textos, de producción de sentido, los efectos que ellos y sus organizadores se plantean con vistas a ganar la voluntad del auditorio.
en “ Producción de textos” de Marro, Mabel y Dellamea, Amalia, Fundación Universitaria a distancia “Hernandarias”, Buenos Aires, 1993, pág. 377.
Ya en siglo V antes de Cristo, en la Grecia antigua – modelo originario de las sociedades democráticas contemporáneas – la palabra hablada y escrita había logrado unas proporciones de importancia considerables en la defensa del sistema democrático. En este contexto sobresalían los sofistas, oradores que habían conseguido desarrollar estrategias argumentativas sumamente eficaces para obtener la adhesión de las audiencias a quienes dirigían sus mensajes. Este hecho dio origen al desarrollo de la retórica.
Los autores clásicos de la teoría de la argumentación coinciden en señalar que la retórica recibió un tratamiento sistemático en la ciudad de Siracusa, en Sicilia, durante la primera parte del siglo V antes de Cristo, en especial gracias a las obras de Corax y Tisias. Posteriormente, las técnicas retóricas fueron perfeccionadas por Protágoras (480-410) y por Gorgias (483-390).
Protágoras diseñó el principio que funciona como base de la retórica y subyace, en consecuencia, en todo texto argumentativo, de que El que no piensa como nosotros, se engaña. Siguiendo este principio, todo comunicador que intenta persuadir a otros se esmerará en recopilar la mayor cantidad y la mejor calidad de argumentos para mostrar que la única manera posible de interpretar la realidad, o por lo menos la más conveniente, es la que él muestra.
Los retóricos clásicos establecieron otra de las máximas generales de la producción de textos argumentativos: la eficacia del orador reside principalmente en el hecho de que conozca en profundidad lo que el auditorio sabe o piensa (conocimientos previos, creencias, prejuicios, sentimientos, actitudes, deseos) y también lo que ignora.
En este sentido, las principales corrientes de estudio de la argumentación señalan también a Protágoras como el pensador que desarrolló el concepto de lugares comunes o tópicos argumentativos, es decir el cúmulo de premisas de carácter general que los oradores podían utilizar para armar sus argumentaciones. Por este motivo, los lugares designaron los rótulos bajo los cuales podían clasificarse los argumentos pertinentes para cada caso y, en consecuencia, donde era posible agrupar el material necesario, con el fin de que el orador pudiera encontrarlos con facilidad, según la definición que brindó Aristóteles. Fue esta misma característica de acumulación la que más tarde llevó a Marco Tulio Cicerón (106-43) a definir los tópicos o lugares como depósitos de argumentos.
Aristóteles estableció la diferencia entre persuadir y convencer. El filósofo deja para el convencimiento el camino del razonamiento puro, es decir la lógica formal que puede juzgarse en términos de verdad o de falsedad. En cambio, para la persuasión asignó la retórica, en tanto actitud psicológica que aspira a emocionar al auditorio. La retórica permite entonces elaborar argumentaciones en las que interesan más los resultados que desea obtener el orador o escritor, que el proceso lógico que sigue para conseguirlo. En este sentido, el orador puede utilizar recursos retóricos lógicos y no lógicos, porque sus resultados serán evaluados en términos de eficacia y verosimilitud, y no de verdad o falsedad.
Por ejemplo, un razonamiento deductivo como el que sigue puede ser evaluado en términos de verdad o falsedad, en tanto que existen mecanismos de prueba para determinar la pertinencia lógica de las premisas y de la conclusión:
Ejemplo 1:
Todos los nombres son mortales - Premisa mayor
Juan es hombre - Premisa menor
Por lo tanto, Juan es mortal - Conclusión
En cambio, en el siguiente proceso argumentativo no es posible determinar la verdad o falsedad, ni existen mecanismos de prueba eficientes al respecto.
Ejemplo 2:
En la Argentina se ha registrado en los últimos meses un incremento en la cantidad de suicidios de jubilados.
Los jubilados sufren graves penurias económicas.
Por lo tanto, es la situación económica la que empuja a los jubilados al suicidio.
Esta estrategia discursiva ha sido utilizada con frecuencia en los medios de comunicación de la Argentina. En este caso, y a tenor de lo que opinan los expertos en psicología y sociología, la situación económica de los jubilados, aunque constituye un factor relevante, opera como un emergente, al que deben sumarse otra serie de factores, como la escasa posibilidad de inserción social de la tercera edad en la sociedad argentina; los pobres niveles de participación en decisiones familiares, grupales u políticas; el abandono y el desamparo; la sensación de fracaso y frustración; entre otros muchos factores que determinan una decisión irreversible como la de dar término a una vida.
En consecuencia, el suicidio de una persona no se deriva necesariamente de una situación económica calamitosa, aunque esto no implique negar que en algunos casos las penurias económicas pueden resultar una razón suficiente. En este sentido, el lector podrá notar que en el primer ejemplo, el razonamiento presentado se dirime en términos de verdad o falsedad, pues se trata de cuestiones comprobables, en tanto que son verificables empíricamente.
En el segundo ejemplo, en cambio, se trata de una cuestión controvertible, es decir, opinable. La conclusión no se deriva necesariamente de la premisa presentada, aunque la estrategia discursiva del escritor resulta pertinente en el sentido de que en definitiva es plausible que alguien decida suicidarse debido a que atraviesa por una situación económica adversa. Sin embargo, el escritor da por sentado que el suicidio y, por lo tanto, todos los suicidios de jubilados, se deben a motivos económicos, como si se tratara de la única conclusión posible, dadas tales premisas.
En el presente siglo, el estudio de la retórica cobró nuevos bríos, especialmente gracias a los desarrollos de la escuela de Bruselas, creada por el investigador polaco Chaim Perelman. Este autor revisó las distintas concepciones de la disciplina, desde la antigüedad hasta la década de 1950, y devolvió a la retórica los principios y funciones con que la había concebido Aristóteles. La retórica había ido perdiendo sus características originarias para convertirse, especialmente debido a las corrientes de pensamiento de la Edad Media, en mero ornato de los textos, en un catálogo de figuras con que los escritores y oradores podían embellecer sus textos.
En su planteo de La Nueva Retórica, Perelman (1970) destaca que si bien es indudable que la función ornamental determina en gran parte la eficacia de las argumentaciones, no pueden dejarse de lado una serie de cuestiones referentes a la estructuración de los textos argumentativos, las técnicas discursivas pertinentes, las pautas de selección de los argumentos y sus particulares medios de prueba, entre muchos otros aspectos.
En este sentido, conviene tener en cuenta que la filosofía y la ciencia utilizan técnicas discursivas lógicas para exponer sus razonamientos, con el objetivo de convencer sobre la verdad de los planteos bajo consideración. En estos casos se habla de convencimiento, puesto que este tipo de argumentación acude a oraciones cuya verdad o falsedad es mensurable, verificable (Núñez Ladevéze, 1979). Por lo tanto, en la búsqueda del convencimiento, propia de la filosofía o la ciencia, se recurre sólo a la capacidad de razonar de los individuos, y en consecuencia se deja fuera la apelación a los sentimientos y las emociones; es decir, a los elementos irracionales del hombre.
En cambio, en la argumentación, además del acuerdo por vía de la razón, se busca el asentimiento por vía de la apelación a lo emocional, es decir a la esfera de lo menos racional de las personas.
Mientras que en la lógica pura se razona fuera del tiempo, ya que como se ha visto, las conclusiones obtenidas pretenden valer universalmente; en los procesos argumentativos los argumentos esgrimidos dependen de los condicionamientos temporales y, por lo tanto, sólo resultan válidos para un presente.
Como se ha podido observar en el ejemplo 2, concluir que los jubilados se suicidan exclusivamente por la situación económica imperante es válido sólo para el momento histórico en que ocurren los suicidios. En este contexto también podría ser tan pertinente concluir el razonamiento de otro modo, como decir que los jubilados se suicidan por el sentimiento de fracaso o por la escasa probabilidad que tienen de aportar su sabiduría acumulada gracias a sus vivencias, o bien por la sensación de desamparo que los angustia.
Por otra parte, conviene tener en cuenta que las conclusiones que se extraen en los razonamientos científicos resultan inmodificables, lo que los convierte en razonamiento formal. En contraposición, las conclusiones obtenidas por un proceso argumentativo no están definitivamente clausuradas, es decir, pueden ser modificadas e incluso reforzadas a lo largo del tiempo (Núñez Ladevéze, 1979).
En este sentido, los razonamientos de la filosofía y las ciencias son actividades contemplativas, en tanto ejercicio intelectual; la argumentación, en cambio, busca una adhesión con el objetivo primordial de transformarla en una acción concreta. Por ejemplo, la compra de un shampoo, la participación activa en una causa social o cultural, o la formación de una opinión favorable a lo que esperaba el escritor u orador que produjo el mensaje.
La eficacia de las argumentaciones, y especialmente de las que se incluyen en los medios de comunicación social, dependen de la verosimilitud con que el escritor presente los hechos, juicios y conclusiones, y de la consistencia con que logre encadenarlos en el texto.
Inicialmente era sólo la retórica el procedimiento utilizable para obtener la adhesión, y todavía sigue conservando un rol central en esta materia. Sin embargo, los estudios referentes a los procedimientos para lograr la persuasión se han enriquecido actualmente con una serie de técnicas científicas modernas desarrolladas por la psicología social, la antropología, la lingüística, la semiología, la propaganda, la publicidad, la sociología, la psicolingüística y el análisis discursivo.
Marafioti, Roberto; Zamudio de Molina, Bertha y Rubione, Alfredo, en “Temas de Argumentación”, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1995, pág. 33. Adaptación de la cátedra.
Abordar la argumentación es una tarea harto complicada por las complejidades que presenta, al punto que resulta difícil encontrar una definición que dé cuenta de ella en forma exhaustiva.
La mayoría de los estudiosos del tema prefieren definirla por su intencionalidad. En este sentido, convencer o persuadir resultan las metas más usuales. Algunos autores hablan de “...provocar o aumentar la adhesión de los espíritus a las tesis presentadas para su asentimiento”; otros más sencillamente se limitan a afirmar que la argumentación intenta al menos obtener que el destinatario adhiera no a las tesis sino al menos a las razones que se invocan en la elaboración de algunos argumentos.
En la línea de “persuadir y convencer” están quienes conciben al destinatario como un auditorio ideal y universal. Tal perspectiva asimila la argumentación a la retórica, definida desde Aristóteles como la disciplina que estudia las técnicas que se utilizan en la persuasión.
Otros, en cambio,2 consideran la argumentación como una actividad esencialmente dialógica, modulada por las réplicas explícitas o implícitas de un oponente que puede contraargumentar, negociar y aun hacer fracasar con un contradiscurso el que le ha sido dirigido.
Esta visión de la argumentación como actividad de intercambio la asimila a la dialéctica por su aspecto confrontativo. El proceso discursivo está regulado aquí en forma de una división cooperativa del trabajo entre proponentes y oponentes, que se lleva a cabo mediante la tematización de un objeto de discurso, y las razones que fundamentan un punto de vista que se pretende válido.
Finalmente la argumentación puede ser considerada desde el punto de vista de la estructura interna de los argumentos. Aquí se busca producir argumentos pertinentes que convenzan en virtud de sus propiedades intrínsecas, perspectiva que la identifica con la lógica.
Diferentes abordajes
Otro aspecto complejo de la argumentación aparece cuando se consideran los múltiples enfoques con los que puede ser encarada.
Es cosa sabida que todo discurso se inscribe necesariamente en el seno de una sociedad. Surge entonces el problema de establecer la influencia de las instituciones sociales en los discursos argumentativos. Éstos varían según los contextos de acción y tales contextos pueden caracterizarse en relación con las instituciones correspondientes: tribunales de justicia, congresos, universidad, etc. Tal pluralidad puede reducirse a algunos campos sociales en cuyo seno se producen distintos tipos de argumentación y argumentos con diferente fuerza. Se trata de estudios que conducen a una sociología de la argumentación.
También se puede abordar la argumentación desde una perspectiva psicolingüística y ocuparse del estudio de la psicogénesis y del desarrollo de la competencia argumentativa. En esta perspectiva interesan aspectos relativos a la relación entre argumentación y cognición tales como los saberes y presupuestos compartidos y las inferencias que, según el contexto cognitivo, se desencadenan en cada situación.
También la argumentación puede estudiarse en el marco de la teoría de la enunciación. La tarea del investigador se encaminará , a partir de los datos lingüísticos, a establecer la manera cómo se inscribe el sujeto en la argumentación, cómo maneja la información implícita y de qué recursos se vale para apelar, convocar, desafiar, interpelar, convencer a su auditorio. También en esta perspectiva interesa el papel que juegan en la argumentación las denominadas “formaciones discursivas”, 3discursos sociales sin sujeto identificable que con su poder de interpelación de índole argumentativa se apoderan del lugar de los sujetos y los convierten en centros de emisión de premisas y conclusiones cuya responsabilidad no siempre es asumida por los locutores.
Para la retórica tradicional el texto argumentativo debía ajustarse a un esquema rígido: el exordio, la narratio, la confirmatio y el epílogo. Sin embargo, con el correr del tiempo y frente a otras demandas sociales se proponen otros esquemas más adecuados a campos ajenos a la oratoria.
En la actualidad se consideran también argumentaciones, discursos que carecen de esquemas fijos o aquellos en los cuales tales esquemas deben ser reconstruidos por estar implícitas una o más de sus partes, tal es el caso de la argumentación indirecta, en la que el interpretante se ve compelido a completar según sus propias representaciones la información encubierta. Cada actividad de reconstrucción del interpretante puede originar estructuras que le son propias, es decir, que no son comunes para todos.
También pueden ser objeto de estudio las superestructuras del texto argumentativo. El autor que despliega esta posición es Teun van Dijk. Denomina “superestructura” a las estructuras globales que caracterizan el tipo de un texto. Expresado de otro modo, una superestructura es un tipo de forma del texto, cuyo objeto, el tema, es el contenido del texto.
Finalmente, un objeto cultural como la conversación proyectará su estructura básica de turnos4 a un discurso argumentativo como en los casos de las discusiones, debates, polémicas, etcétera.
Resumiendo: de lo visto hasta ahora puede concluirse que la argumentación puede estudiarse, en sus aspectos retórico, dialéctico y lógico, desde puntos de vista que van de la sociología y la psicología hasta aspectos más cercanos a la lingüística como las estrategias de enunciación y las estructuras textuales.
Otro enfoque que en los últimos tiempos ha despertado el interés de ciertos estudiosos es la lógica de la argumentación. Es decir, en el estudio de la argumentación pueden abordarse aspectos textuales o contextuales pero el discurso argumentativo procede por razonamientos; motivo por el cual muchos autores se interesan actualmente en el estudio de las relaciones entre lógica y argumentación.
Marafioti, Roberto en “Temas de Argumentación”, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1995, pág. 11. Adaptación de la cátedra.
La dimensión social del hombre se manifiesta de diferentes modos. Uno de los más evidentes es por medio de la comunicación. Existen mecanismos comunicativos que utilizamos cotidianamente de manera casi inconsciente, hay incluso instituciones que organizan y regulan las posibilidades de comunicaciones de los hombres. Cuando nos comunicamos ponemos en funcionamiento diferentes modalidades en la organización de nuestro discurso, narramos, describimos, argumentamos. Incluso se puede afirmar que esta última modalidad condiciona las restantes.
Las formas de estructurar la argumentación que se dan en las diversas comunidades son aspectos fundamentales que organizan la relación con el universo externo. De allí la importancia de recorrer sus formas de articulación, sus manifestaciones y, sobre todo, las huellas que, durante más de veinticinco siglos, se han ido organizando y perduran en el presente alrededor de este fenómeno.
Siempre que tomamos contacto con otra persona o con una institución nos encontramos en una situación en la que se argumenta o nosotros argumentamos de alguna manera para provocar una conducta sobre el o los otros, para hacer que otro crea o deje de creer tal o cual cosa. Es más, incluso podemos afirmar, por ejemplo, que tanto los sistemas educativos como los medios de difusión social están estructurados sobre la base de regular de manera firme y sólida esta situación.
A lo largo del devenir histórico existieron distintas instituciones en las que se plasmó esta intención de cohesión y coerción sociales. La Iglesia, la escuela, los medios masivos, corresponden a distintas etapas en las que siempre se manifestó la voluntad de regular la imposición de puntos de vista sobre conglomerados cada vez más vastos.
Abordar la problemática de la argumentación lleva en forma inmediata a rozar temas de importancia y complejidad indudables. Supone en consideración la noción de público, de auditorio, de opinión pública.
Vivimos cotidianamente en medio de contextos en los que se nos intenta hacer creer, convencer o manipular acerca de todo tipo de cuestiones, desde las más triviales hasta aquellas que ponen en juego nuestro destino. Incluso fenómenos absolutamente nuevos como el de poder asistir de modo simultáneo a lo largo y a lo ancho del planeta a estar informados, o relativamente informados, acerca del desarrollo de situaciones de extrema complejidad implican realidades nuevas pero con profundas consecuencias que no pueden ser pasadas por alto. Del mismo modo es preciso estudiar los mecanismos a partir de los cuales toda la información que se vierte desde los medios masivos va modelando y estructurando nuestra forma de pensar.
En una sociedad no sólo se negocian bienes y productos mensurables por el dinero; también se producen intercambios que incorporan formas de valoración diversa en donde los fenómenos argumentativos resultan centrales ya que influyen incluso en los procesos económicos. La verdad o falsedad en el intercambio de ideas, el efecto de creencia provocado, las conductas asumidas, son aspectos que no siempre se tienen en cuenta en primer lugar mientras se atiende preferentemente a los recursos de presentación de los razonamientos, esto es, a los dispositivos argumentativos.
El poder que ostentan los medios masivos no se expresa sólo en relación con la extrema complejidad tecnológica que han alcanzado, también está en juego la capacidad de control y de influencia que ejercen sobre los distintos segmentos sociales.
Es hoy claro que cualquiera que pretenda tener un lugar social relevante debe resolver la forma de llegada y de permanencia con relación a los medios. Pero, además, tiene que considerar su capacidad argumentativa para mantenerse como interlocutor válido. La velocidad ( a veces también hay que hablar de superficialidad fruto de la homogeneización) es una condición característica, por ello se recurre a razonamientos generales que, en muchos casos, desencadenan procesos plurales que deben ser completados por los receptores; procesos que llamaremos “entimémicos”.
Así, al ver programas de opinión es muy fácil advertir que, como existen videoclips musicales, también se pueden descubrir videoclips argumentativos. Las opiniones allí no son más que sobrevoladas, pero cuentan con un alto grado de impacto y aceptabilidad en virtud del tipo de organización. Es ésta la razón por la que tienen éxito personajes que no están en condiciones de hacer grandes desarrollos de sus pensamientos pero sí de ideas breves, con una habilidad para su presentación y vinculación.
Cuando hablamos de argumentación es necesario recordar la perspectiva que aporta Ch. Perelman en su Tratado de argumentación desde la cual enfoca la argumentación eficaz y afirma que es “ la que consigue aumentar esta intensidad de adhesión de manera que desencadene en los oyentes la acción prevista (acción positiva o abstención), o, al menos, que cree en ellos una predisposición que se manifestará en el momento oportuno”. (Perelman, Tratado de argumentación, Gredos, Madrid, 1989, p.91)