TEXTO COMPLEMENTARIO ir a Concepto de estrategias

DOLINA, Alejandro, " Táctica y estrategia de la escondida" de “ Crónica del Ángel Gris".
No se sabe muy bien cuáles eran los verdaderos fines de la Sociedad Amigos de la Escondida. En cambio está claro que tales fines no se cumplieron.
Sin embargo, hace ya algunos años, la identidad solventó la edición de un pequeño folleto titulado Reglamentos, tácticas y estrategia del juego de la escondida. En su momento, el trabajo despertó agudas controversias.
Hoy que los ánimos están amansados hemos querido exponer el asunto ante nuestros lectores, quienes seguramente ignoran la mayor parte de los detalles de este juego en vías de extinción.
CAPÍTULO l: DEL NÚMERO DE LOS JUGADORES
Puede jugar a la escondida un número cualquiera de jugadores. el mínimo es uno. Cabe señalar que en este caso el juego es especialmente aburrido: el único jugador se busca a sí mismo – lo que es aun más tedioso – busca a otros inexistentes jugadores hasta que se desalienta y abandona.
Con dos participantes se gana un poco de acción y puede decirse que el clima ideal se logra cuando intervienen más de seis y menos de veinte personas.
Asimismo cabe advertir que resulta sumamente engorroso desarrollar el juego con más de ochenta jugadores. Los buscadores equivocan los nombres de quienes se ocultan y con toda frecuencia se ven obligados a llevar un registro escrito en el que constan las personas que ya han sido descubiertas y las que aún permanecen en lugares desconocidos. Por otra parte, es fácil razonar que cuando mayor es el número de jugadores, más trabajoso será hallar escondites vacantes, con el consiguiente deslucimiento del juego.
CAPÍTULO II: EL LUGAR DONDE SE JUEGA
La escondida puede practicarse tanto en lugares abiertos como recintos cerrados. Siempre es preferible elegir horarios nocturnos, pues las tinieblas suelen mejorar la calidad de los escondrijos.
Así, cuando se juegue en casas o departamentos, convendrá atenuar las luces . Aquí se hace indispensable una aclaración fundamental: es necesario que antes de comenzar el juego se fijen expresamente los límites geográficos de su extensión. Fuera de ellos estará prohibido esconderse.
Alguno heresiarcas pasan por alto esta acotación y nos hallamos entonces ante un juego cuyo marco es el mundo entero. Es así como muchos jugadores se esconden en barrios alejados y aun en otras provincias, retrasando el desenlace de la competencia hasta el punto de arruinarla por completo.
Nota: el folleto no menciona la interesante opinión de Manuel Mandeb, quien creyó entender que la escondida era un juego sin límites. Para el pensador árabe la escondida perfecta debía ser jugada por toda la estirpe humana, su escenario era el universo y su duración la eternidad. Así, el propósito final de la Historia puede consistir en el nacimiento de un futuro Elegido, que se encargará de librar para todos los compañeros en un acto que marcaría el fin de los tiempos.
CAPÍTULO III: FINALIZACIÓN DEL JUEGO
La escondida no tiene ganadores ni perdedores. Por eso la finalización del juego debe fijarse en forma arbitraria , pero manifiesta. Muchas veces los jugadores abandonan la competencia sin avisar a nadie y muchos participantes tenaces permanecen ocultos durante horas, sin que nadie se moleste en buscarlos.
Los miembros de esta Sociedad conocen perfectamente algunos casos célebres de obstinación. Vale la pena mencionar la gesta del joven Luis C. Cattaldi, que permaneció catorce meses en el quicio de una puerta de la calle Morón, cogoteando sigilosamente en dirección a la Piedra. Los habitantes de la casa solían llevárselo por delante cuando salían y – a veces – le acercaban algún alimento. Finalmente Cattaldi regresó a su domicilio, gracias a los consejos de una comisión de esta misma Sociedad.
CAPÍTULO IV: DESARROLLO DEL JUEGO
La idea fundamental de la escondida es que todos los jugadores se oculten, con la excepción de uno, que será el encargado de encontrar al resto.
Para dar tiempo a la elección del escondite y a la correcta instalación de cada uno en el suyo, el buscador esconderá el rostro contra la pared, como si llorara, y permanecerá en esta posición durante algunos segundos. La medición de este lapso, la efectuará el propio buscador recitando la serie de número naturales en voz alta, hasta llegar a una cifra convenida con antelación (por ejemplo 50). Acto seguido, a modo de advertencia, deberá declamar algún pareado revelador. El más usual es ”Punto y coma, el que no se escondió se embroma”. El lugar donde el buscador realiza este ritual se conoce con el nombre de “Piedra”. Inmediatamente comienza la parte más divertida. el buscador recorre el campo de juego y revisa los lugares en donde sospecha que hay alguien. Cuando descubre a algún jugador oculto sale corriendo en dirección a la Piedra, la toca y grita “Piedra libre para Fulano”. Siempre deberá referirse a la persona descubierta de un modo tal que su identidad quede fuera de toda duda. Este punto es muy importante, como ya veremos en otro capítulo.
A su turno, el jugador descubierto puede abandonar su refugio y abandonar su refugio y correr hacia la Piedra tratando de tocarla antes que el buscador. Si lo consigue, será el quien grite “Piedra libre” y a los efectos del juego se reputará que no ha sido hallado.
Por otra parte, todos los jugadores pueden abandonar su escondite y llegarse hasta la Piedra, aun cuando no hayan sido descubiertos. Pero si el buscador los sorprende en su excursión y se les adelanta en la carrera hacia la Piedra, se les considerará encontrados.
El primero de los jugadores que pierda la carrera hacia la Piedra recibirá – como castigo – la obligación de contar en el lance siguiente. Sin embargo, hay un recurso extremo: el último de los jugadores que permanezca escondido puede aventajar al buscador y gritar “Piedra libre para todos mis compañeros”. Cuando esto ocurre, el buscador deberá contar nuevamente.
Desde luego, ya puede colegirse que el participante capaz de culminar exitosamente esta jugada recibirá la admiración y el respeto de todos.
CAPÍTULO V: DISTINTAS TÁCTICAS
Existen buscadores conservadores y buscadores audaces.
Los primeros no se alejan jamás de la Piedra. Tratan, por lo general, de esperar que alguien cometa un error o trate de cambiar de escondite. Esta raza conspira contra la calidad del juego.
En cambio el buscador audaz abandona las inmediaciones de la Piedra y marcha hacia los confines del campo. Se trepa a los árboles, ingresa a los armarios y rastrea minuciosamente los yuyales. Claro, siempre corre el riesgo de ser sorprendido por los jugadores que se han ocultado en la zona opuesta. Pero el juego se torna vivaz y lleno de matices. Abundan las carreras, los rodeos y las sorpresas.
Existen también los jugadores zorros, que amagan dirigirse a la derecha para tentar a quienes se esconden por la izquierda. En cierto momento, salen disparados hacia el otro sector y así es como sorprenden a muchos jugadores novatos que abandonan prematuramente su refugio.
Entre los que se esconden, también hay distintas escuelas. Algunos prefieren los escondites sencillos pero de fácil salida, como los umbrales de las puertas. Otros los eligen complicados y de salida engorrosa: la copa de los árboles, el fondo del canasto de la ropa, etc. Hay también quienes van rotando su escondite y cambian de posición mientras observan los movimientos del buscador.
Los mejores son los exquisitos, que inventan guaridas que sólo ellos conocen y no las revelan jamás. Esta clase de jugadores es la más temida por los que cuentan, pues muy a menudo libran para todos los compañeros.
Sin embargo, el escondite no debe ser nunca impenetrable. A decir verdad, el escondite perfecto termina el juego.
En 1959, en una escondida que se realizó en Villa del Parque, el abogado Gerardo Joseph se escondió de un modo tan eficaz, que nunca más fue visto en ninguna parte. Todavía hoy muchos de sus amigos recorren la barriada gritándole que salga.
Un existoso cuento de Edgar Allan Poe insinúa que el mejor escondite es aquél que está a la vista de todos. En esa narración, todo el mundo busca infructuosamente una carta que en realidad había permanecido siempre a la vista.
Esta teoría podrá ser buena para los cuentos policiales, pero no sirve en la escondida. Infinidad de jugadores han pretendido pasarse de vivos parándose a un metro de la Piedra con cara de disimulo. El resultado siempre es el mismo: el buscador mira extrañado y luego, casi con estupor, murmura: “Piedra libre para el Pololo, que está ahí parado”.
CAPÍTULO VI: INFRACCIONES, ERRORES Y MALENTENDIDOS
Puede ocurrir que el buscador descubra a un jugador oculto, pero equivoca su identidad. esto es muy frecuente en los juegos nocturnos. ¡Cuántas veces se grita “Piedra libre para la Amanda”, después de haber visto a Julián!
El reglamento le permite a Julián denunciar el error al grito de ¡Sangre! Esta expresión debe traducirse como ¡Reclamo! o, mejor aun, ¡Objeción!
Si la gestión prospera y se comprueba la equivocación, el buscador deberá contar nuevamente.
El mismo recurso podrá imponerse cuando se sospeche que el buscador espía o cuando se produce algún hecho exterior que dificulta la normal prosecución del juego. (Por ejemplo, hay una grave lesión de uno de los jugadores o la súbita llegada de un tío al que hay que saludar)
CAPÍTULO VII: ESCONDITES INDIVIDUALES Y COLECTIVOS
Muchos deportistas prefieren esconderse solos. Otros, en cambio, se complacen en compartir su refugio, particularmente con personas del sexo opuesto.
Esta última variante es muy bien vista en los círculos elegantes y constituye una excelente oportunidad para acrisolar amistades y hasta para sellar romances.
Lo más apropiado es elegir un escondite alejado de la Piedra. El lugar debe ser pequeño para lograr un proximidad alentadora, oscuro para invitar a la confidencia y hermético para evitar ser sorprendidos.
Manuel Mandeb refiere una experiencia personal en su libro Mis amores frustrados. Veamos:
“En tres años de jugar a la escondida, jamás había tenido la ocasión de compartir un lugar con Beatriz Velarde. Siempre había alguien que se adelantaba. Al parecer, Beatriz tenía comprometidos sus escondites por varios años.
Una noche de primavera, en el callejón de la Estación Flores, mientras contaba el ruso Salzman, vi que Beatriz entraba solita a la casa amarilla y abandonada que hay en una esquina. Piqué tras ella y alcanzamos a acomodarnos debajo de un fogón en ruinas.
Estaba muy oscuro y alcancé a notar su aliento de chiclets Adams. Los arrabales de su pelo saludaban mi boca.
- Te quiero – le dije suavemente.
- Decímelo mejor – contestó Beatriz Velarde.
Empecé a pensar algo ingenioso, cuando entró el ruso Salzman y brutalmente señaló el final de mi romance.
- Piedra libre para el turco y Beatriz –
- Sangre, sangre – grité yo y era cierto, aunque no me lo creyeron.
Nunca más volví a estar a solas con Beatriz y aquella fue la última vez que jugué a la escondida.”
El folleto de la Sociedad Amigos de la Escondida tiene algunos otros capítulos de menor interés: la ropa más conveniente, uso y abuso de los ligustros, aprovechamiento de carros en marcha, ocultamiento en medio de un familión en tránsito, etc.
En estos días en que la Sociedad ya se ha disuelto y los chicos prefieren otros entretenimientos más científicos, no está demás recomendar calurosamente la práctica de la escondida. Este humilde escriba hace mucho tiempo que no encuentra ocasión de mostrar su destreza en tan apasionante disciplina.
Si algún lector piadoso desea invitarme a jugar, acepto complacido. Aunque me parece que ya es demasiado tarde.
TEXTO COMPLEMENTARIO | ir a Concepto de estrategias

BENEDETI, Mario
“Táctica y estrategia”
en “Antología poética”, Planeta, Buenos Aires, 1999
Mi táctica es
mirarte
aprender cómo sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
ni sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
TEXTO COMPLEMENTARIO | ir a Concepto de estrategias

BILANCIO, Guillermo “El futuro, esencia de la estrategia”
en Manual para el desarrollo empresario, Clarín, Nº 1, Buenos Aires, 2000. Adaptación de la Cátedra.
“La esencia de la dirección de empresas está en la negociación y en la comunicación o conversación, en la permanente búsqueda de interpretar los valores para resolver el conflicto entre la empresa y el contexto.
Los altos ejecutivos, así como los estadistas, no son (no deberían ser) tecnócratas, sino políticos que tienen como ambiente objetivo al hombre.
Deben tratar con las ideas, e impulsar la acción.
Aquellos altos ejecutivos que están focalizados en la acción trabajan en el campo de la administración; sólo los que privilegian las ideas están en el ámbito de la estrategia y el liderazgo.
Si realizamos una analogía entre empresa, gobierno y ejército, en un gobierno la estrategia diferencia al estadista de los burócratas, en tanto en un ejército los estrategas son diferentes a los cañoneros.
Si el estadista se ocupa de administrar, ¿quién se ocupará de la negociación y la comunicación? ¿quién se ocupará de interpretar la realidad para decidir el rumbo de la empresa?
La estrategia se ocupa de la resolución de conflictos, por eso la especulación como herramienta de negociación, por eso la comunicación para influir en otros actores cambiando su visión.
Si una empresa asume un propósito estratégico, tiene un verdadero sueño, que debe tener tal consistencia que permita orientar, descubrir y cohesionar.
El sentido de la orientación debe responder a las siguientes preguntas: ¿Qué empresa queremos ser? ¿Adónde queremos llegar?
Tener un propósito estratégico implica una visión sobre el futuro que sirve de guía para que todos los colaboradores de la organización puedan unidireccionalizar su esfuerzo.
En el ámbito de la empresa, el líder es aquel que desarrolla la capacidad de moverse en un ambiente de incertidumbre, de pensar lo que otros no piensan, el que ve lo que otros no ven.
Ideas tras ideas, prueba y error tras prueba y error, son casi la única opción de hacer de la estrategia una práctica.
La estrategia lidera las ideas.
TEXTO COMPLEMENTARIO | ir a Concepto de estrategias

Carl von Clausewitz
“La guerra no es más que un medio para un fin, fin que reside en la paz posterior. La Relación Táctica-Estrategia-Política es una relación derivada del encadenamiento de sus objetivos: las victorias tácticas contribuyen a la Estrategia, la que a su vez pretende contribuir al Fin Político de la Guerra, aunque el propósito de la política escapa al ámbito de la guerra, trascendiendo a la paz que la sucede, ciertamente una paz distinta para cada uno de los beligerantes.
“De aquí se deduce la existencia de dos acciones completamente distintas: la disposición y la conducción de estos combates y el combinarlos entre si para el fin de la guerra. La primera constituye la táctica, a la segunda la llamamos Estrategia."
TEXTOS COMPLEMENTARIOS | ir a Noción de Audiencia
Adaptación de la Cátedra del concepto de audiencia extraído de los Libros de Estilo de los diarios El País, La Nación y Clarín.
“El País. Libro de Estilo” (Ediciones El País).
Desde noviembre de 1977, fecha en la que se publicó la primera edición, muchos lectores se han interesado por poseer este instrumento de trabajo de la Redacción de El País, sin que hayamos podido satisfacer su demanda; en el archivo del redactor jefe de Edición y Formación del periódico, Alex Grijelmo, hay una verdadera montaña de peticiones del Libro de Estilo, y lo curioso es que una buena parte de ellas no tiene nada que ver, a priori, con ciudadanos relacionados con el mundo de la comunicación y sus aledaños. Son lectores curiosos con los modos de hacer un diario de las características de El País.
Desde que se fundó, en El País se ha considerado que son los lectores los propietarios últimos de la información, y los periodistas tan sólo los mediadores entre aquellos y ésta. Por ello entendemos que han de existir unas directrices que comprometan al periódico con sus lectores, una especie de control de calidad que defina quienes somos y cómo trabajamos. Aunque no hemos elaborado todavía un código deontológico en sentido estricto, tenemos reglas de conducta muy precisas, unas internas y otras que nos enlazan con el exterior. Las primeras están contenidas en el Estatuto de la Redacción, incluido por primera vez en este libro.
Las dos normas externas son el Libro de estilo del periódico y el Ombudsman o Defensor del Lector. El libro de estilo, además de los condicionamientos metodológicos que uniforman lo que aparece escrito desde el punto de vista formal, incluye al menos tres cláusulas que pueden considerarse como de conducta: la primera, que los rumores no son noticia; la segunda, que en caso de conflicto hay que escuchar o acudir a las dos partes, y, por último, que los titulares de las informaciones deben responder fielmente al contenido de la noticia. Estas tres reglas, además del uso honesto de las fuentes de información y la separación tajante entre información, opinión y publicidad, forman parte del equipaje básico que nos esforzamos en aplicar a diario.
El Ombudsman también tiene recogido su estatuto de actuación, en el que se estipula que garantiza los derechos de los lectores, y atiende sus dudas, quejas y sugerencias sobre los contenidos del periódico. También vigila que el tratamiento de las informaciones sea acorde con las reglas éticas y profesionales del periodismo. El Ombudsman, que es nombrado por el director del periódico entre periodistas de reconocido prestigio, credibilidad y solvencia profesionales, interviene a instancias de cualquier lector o por iniciativa propia. Este puesto tiene cuatro años de experiencia en El País y por él han pasado tres extraordinarios profesionales.
La libertad de expresión y el derecho a la información son dos principios esenciales para la existencia de la prensa libre, que es una de las instituciones básicas del Estado de derecho. Tanto es así que no se puede hablar de democracia en ausencia de una prensa que no tenga las garantías suficientes para desarrollar su labor. Los periodistas ejercemos estos dos derechos esenciales en nombre de la opinión pública, de nuestros lectores. Ello nos obliga ante la sociedad en una medida más amplia que el estricto respeto a las leyes, que debemos acatar como el resto de los ciudadanos. Cuando los periodistas exigimos información en nombre de la opinión pública o criticamos a personas o instituciones de la Administración o de la sociedad civil, contraemos una responsabilidad moral y política, además de jurídica. Es decir, que se puede abusar del derecho a la libertad de expresión o del derecho a la información sin infringir la ley.
De vez en cuando, la prensa española ofrece ejemplos que demuestran cómo el periodismo puede ser puesto al servicio de intereses ajenos a los lectores; cómo se desarrollan a la luz pública campañas de opinión que responden a oscuras pugnas financieras o mercantiles; cómo a veces la caza y captura de ciudadanos se disfraza de periodismo de investigación. Convertir los medios de comunicación en armas del tráfico de influencias al servicio de intereses que no se declaran es una práctica de abuso que crece a la sombra de la libertad. Por eso hemos procurado que las opiniones de El País, equivocadas o no, hayan sido siempre nítidas; sus dueños, conocidos; sus cuentas, auditadas desde el comienzo, y sus motivaciones, públicas.
La defensa de la libertad de expresión pasa por el establecimiento de mecanismos de transparencia en el ejercicio de esta profesión, a fin de no arruinar el único patrimonio de nuestro oficio: la credibilidad. Entre esos mecanismos figura por propios méritos este Libro de Estilo, que servirá, si somos capaces de utilizarlo bien, para defender a los lectores del sensacionalismo, el amarillismo y el corporativismo de los profesionales. Porque a veces ocurre que en la mención abusiva de la libertad de información y de expresión se escudan sus enemigos para negar las críticas legítimas y la labor de control del poder, incluido el de los propios periodistas.
“La Nación. Manual de Estilo y Etica Periodística.”(Espasa)
“Es un axioma de nuestra profesión que el estilo claro tiende a responder a las funciones periodísticas de la comunicación: rapidez de lectura, mínimo esfuerzo posible de interpretación y máxima concentración informativa.
Los estudios, y no pocas polémicas, sobre la comprensibilidad de textos y facilidad de lectura periodísitica se iniciaron después de la Segunda Guerra Mundial. La agencia de noticias AP, por ejemplo, contrató a Rudolf Flesh, autor de “El arte de la escritura leíble”, para analizar el estilo de la prosa y proponer un aprendizaje del estilo. La agencia UPI encargó la misma labor a Robert Grunning que desarrolló el “Fox Index” para medir la complejidad de la escritura. Parece que el “Index de confusión” de éste y las mediciones de Flesh, que llegó a la conclusión de que generalmente se sobreestima el bagaje de información que tienen los lectores y se desestima su inteligencia, siguen siendo normas fructíferas para ambas agencias.
Lo cierto es que los países que han puesto los estudios estadísticos sobre la comprensibilidad del lenguaje en la base de la técnica de la escritura tienen hoy libros de texto, revistas y diarios más legibles que los confiados en la improvisación, voluntariosa, pero deficiente casi siempre.
Los ecos de la polémica resuenan aún. Escribir con claridad, ¿es fácil?, ¿es difícil?, ¿es un arte que se aprende? En Italia, cada intelectual y periodista y el simple lector dieron su respuesta a una encuesta de 1968. Alguno recordó cómo Jimmy Carter había lanzado una campaña para simplificar el lenguaje de la administración pública, partiendo del presupuesto, sacrosanto, de que así como todos pagan los impuestos, todos tienen derecho de comprender lo que dicen el Estado y sus funcionarios.
La claridad o la falta de claridad del lenguaje periodístico no son sólo una elección del estilo, sino también una elección de público. Hablar y escribir con claridad es, entonces, una opción vital. Y ese público quiere leer y entender.
Y por ser parte de nuestras normas de estilo, recordamos las cualidades primordiales del buen estilo periodístico: brevedad, claridad y precisión, dicen unos; claridad, concisión, sencillez, naturalidad, añaden otros maestros de este oficio, que alertan: claridad no es superficialidad; ni concisión, laconismo; ni sencillez y naturalidad significan vulgaridad, plebeyez, ordinariez.”
Clarín.“Manual de Estilo”, Clarín-Aguilar UTE.
“ El texto periodístico es un tipo de discurso autónomo, que se diferencia de la ficción, el discurso científico, los informes judiciales o policiales. Posee, por lo tanto, sus propias reglas de construcción y uso. La producción del texto se desarrolla en tres registros: informativo, argumentativo y narrativo, lo que da lugar a géneros específicos según se trate de la cobertura de la actualidad (informativo), el análisis y la opinión (argumentativo), o el relato de sucesos, historias o personajes (narrativo). Si bien en cada género predomina uno de los registros, la redacción de la noticia requiere flexibilidad y admite recurrir a otros registros cuando es necesario.
Todos los textos periodísticos provienen de un primer paso en la edición diaria: la selección y evaluación de la información que se va a publicar. Los criterios básicos para la construcción del texto periodístico, en términos generales, son:
a) La secuencia interna, especialmente en las crónicas, responde a la relevancia informativa, esto es, el ordenamiento de la información según su importancia.
b) Claridad, concisión y precisión. Estas condiciones se ven facilitadas cuando el periodista conoce el tema o ha podido interiorizarse de los rasgos esenciales del acontecimiento. Es aconsejable no recurrir a frases subordinadas porque dificultan la lectura.
c) Evitar los supuestos, dar por sabido información que el lector no tiene por qué conocer ni haber leído en ediciones anteriores. La necesidad de contexto (o background) dentro de una crónica responde a este criterio, y está acotada por el espacio disponible y las exigencia puntuales de la información en cuestión.”

TEXTO COMPLEMENTARIO | ir a Dimensión compleja de la escritura
IPARRAGUIRRE, Sylvia, “La tierra del fuego”, Alfaguara, Buenos Aires, 1998. Adaptación de la Cátedra.
“Hace más de una semana que llegó la carta y compruebo que el acto de sentarme a escribir ha ordenado mi vida de una manera singular. (...)
Caigo en la cuenta que escribir de día a la luz natural y escribir de noche, a la luz de la vela, son actos diversos. De día me asalta el deseo de hablar de la casa, de los sucesos cotidianos y hasta he vencido, como ahora, la objeción de contar estas insignificancias, por ejemplo que en este momento la pared del fondo se ilumina con el sol poniente, hecho mínimo pero irrepetible que no puedo dejar de admirar. Hacia la tarde me va ganando la invencible melancolía de la llanura y en la noche me vuelvo febril, como si en vez de escribir luchara contra algo. Es a esa hora cuando se hacen presentes imágenes innombrables, cosas que vi o viví y que acuden como si exigieran que el relato no las excluya: prostíbulos tristes de Madagascar, árboles centenarios cuyas raíces imbatibles perforan las paredes de templos abandonados, islas a las que se debe parecer el Paraíso, puertos de Babel impregnados hasta la pesadilla por la condición humana.
Pero si esto no concierne a la narración, hay algo que sí debo apuntar.
En estos días de silencio y espontánea castidad he reflexionado. Me he visto obligado a reflexionar. Ha sido inevitable.” ( pág. 33)
Qué es escribir
“...el acto de escribir se justifica a sí mismo y no requiere de ninguna explicación...” (pág. 38)
Relatar una historia: tan difícil como maniobrar un barco.
...” La carta ha operado en mí como un organismo extraño del que me defiendo envolviéndolo en la hebra sin fin de este relato para nadie. Y más allá de esto, ¿podré considerar esta historia como “mi perla”.? La actividad extraña a la que me he arrojado hace que me pregunte si las palabras no nos conducen, a veces, a la sinrazón.
Más sencillamente, el hecho es que me abruma la historia por contar. Caigo en cuenta de que tal vez sea más fácil maniobrar un barco que poner en palabras el pasado.” (pág.83)
Un relato es para nadie o hay que crear un lector
“...Hace semanas que concluí el relato. Desde entonces, acostado en el catre, he contemplado impasible el transcurrir de los días y las noches. (...) Hoy, finalmente, me dispuse a anotar unas palabras finales y a fechar las partes de este escrito, como para darles algún orden.(...) Graciana me mira como si me reconociera, contenta porque me levanto y retomo una actividad que ya le es familiar. Como si algo empezara de nuevo.
Mañana, o tal vez esta noche si encuentro voluntad, voy a despejar la mesa, voy a plantar en el medio el candil y le voy a enseñar a sostener la pluma, a entintarla, a trazar y a comprender los signos enigmáticos con los que, pacientemente, me ha visto convivir tantos meses. Si éste es un relato para nadie, quizá yo mismo deba crearle un lector, y tal vez sea ella, la que algún día pueda alcanzar el sentido de estos papeles sin destino. “ (pág.284)

TEXTO COMPLEMENTARIO | ir a Dimensión compleja de la escritura
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel, “Notas de Prensa”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1992, pág. 320.
Me preguntan con frecuencia qué es lo que me hace más falta en la vida, y siempre contesto la verdad: ”Un escritor”. El chiste no es tan bobo como parece. Si alguna vez me encontrara con el compromiso ineludible de escribir un cuento de quince cuartillas para esta noche, acudiría a mis incontables notas atrasadas y estoy seguro de que llegaría a tiempo a la imprenta. Tal vez sería un cuento muy malo, pero el compromiso quedaría cumplido, que al fin y al cabo es lo único que he querido decir con este ejemplo de pesadilla. En cambio, no sería capaz de escribir un telegrama de felicitación ni una carta de pésame sin reventarme el hígado durante una semana. Para estos deberes indeseables, como para tantos otros de la vida social, la mayoría de los escritores que conozco quisieron apelar a los buenos oficios de otros escritores.
Una buena prueba del sentido casi bárbaro del honor profesional lo es sin duda esta nota que escribo todas las semanas, y que por estos días de octubre va a cumplir sus primeros dos años en sociedad. Sólo una vez he faltado en este rincón, y no fue por culpa mía: por una falla de última hora en los sistemas de transmisión. La escribo todos los viernes, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, con la misma voluntad, la misma conciencia, la misma alegría y muchas veces con la misma inspiración con que tendría que escribir una obra maestra. Cuando no tengo el tema bien definido me acuesto mal la noche del jueves, pero la experiencia me ha enseñado que el drama se resolverá por sí solo durante el sueño y que empezará a fluir por la mañana, desde el instante en que me siente ante la máquina de escribir. Sin embargo, casi siempre tengo varios temas pensados con anticipación, y poco a poco voy recogiendo y ordenando los datos de distintas fuentes y comprobándolos con mucho rigor, pues tengo la impresión de que los lectores no son tan indulgentes con mis metidas de pata como tal vez lo serían con el otro escritor que me hace falta. Mi primer propósito con estas notas es que cada semana les enseñen algo a los lectores comunes y corrientes, que son los que me interesan, aunque esas enseñanzas les parezcan obvias y tal vez pueriles a los sabios doctores que todo lo saben. El otro propósito – el más difícil – es que siempre estén bien escritas como yo sea capaz de hacerlo sin la ayuda del otro, pues siempre he creído que la buena escritura es la única felicidad que se basta de sí misma.
Esta servidumbre me la impuse porque sentía que entre una novela y otra me quedaba mucho tiempo sin escribir, y poco a poco – como los peloteros – iba perdiendo la calentura del brazo. Más tarde, esa decisión artesanal se convirtió en un compromiso con los lectores, y hoy es un laberinto de espejos del cual no consigo salir. A no ser que encontrara, por supuesto, al escritor providencial que saliera por mí. Pero me temo que ya sea demasiado tarde, pues las tres únicas veces en que tomé la determinación de no escribir más estas notas me lo impidió, con su autoritarismo implacable, el pequeño argentino que también yo llevo dentro.
La primera vez que lo decidí fue cuando traté de escribir la primera, después de más de veinte años de no hacerlo, y necesité una semana de galeote para terminarla.
La segunda vez fue hace más de un año, cuando pasaba unos días de descanso con el general Omar Torrijos en la base militar de Farallón, y estaba el día tan diáfano y tan pacífico el océano que daban más ganas de navegar que de escribir. “Le mando un telegrama al director diciendo que hoy no hay nota, y ya está”, pensé, con un suspiro de alivio. Pero no pude almorzar por el peso de la mala conciencia y, a las seis de la tarde, me encerré en el cuarto, escribí en una hora y media lo primero que se me ocurrió y le entregué la nota a un edecán del general Torrijos para que la enviara por télex a Bogota, con el ruego de que la mandaran desde allí a Madrid y a México. Sólo al día siguiente supe que el general Torrijos había tenido que ordenar el envío en un avión militar hasta el aeropuerto de Panamá, y desde allí, en helicóptero, al palacio presidencial, desde donde me hicieron el favor de distribuir el texto por algún canal oficial.
Escribo la novela todos los días
La última vez, hace ahora seis meses, cuando descubrí al despertar que ya tenía madura en el corazón la novela de amor que tanto había anhelado escribir desde hacía tantos años, y que no tenía otra alternativa que no escribirla nunca o sumergirme en ella de inmediato y de tiempo completo. Sin embargo, a la hora de la verdad, no tuve suficientes riñones para renunciar a mi cautiverio semanal, y por primera vez estoy haciendo algo que siempre me pareció insoportable: escribo la novela todos los días, letra por letra, con la misma paciencia, y ojalá con la misma suerte, con que picotean las gallinas en los patios, y oyendo cada día más cerca los pasos temibles de animal grande del próximo viernes. Pero aquí estamos otra vez, como siempre, y ojalá para siempre.
Ya sospechaba yo que no escaparía jamás de esta jaula desde la tarde en que empecé a escribir esta nota en mi casa de Bogotá y la terminé al día siguiente bajo la protección diplomática de la embajada de México; lo seguí sospechando en la oficina de Telégrafos de la isla de Creta, un viernes del pasado julio, cuando logré entenderme con el empleado de turno para que transmitiera el texto en castellano. Lo seguí sospechando en Montreal, cuando tuve que comprar una máquina de escribir de emergencia porque el voltaje de la mía no era el mismo del hotel. Acabé de sospecharlo para siempre hace apenas dos meses, en Cuba, cuando tuve que cambiar dos veces las máquinas de escribir porque se negaban a entenderse conmigo. Por último, me llevaron una electrónica de costumbres no tan avanzadas que terminé escribiendo de mi puño y letra y en un cuaderno de hojas cuadriculadas, como en los tiempos remotos y felices de la escuela primaria de Aracataca. Cada vez que me ocurría uno de estos percances apelaba con más ansiedad a mis deseos de tener alguien que se hiciera cargo de mi buena suerte: un escritor.
Con todo, nunca he sentido esa necesidad de un modo tan intenso como un día de hace muchos años en que llegué a la casa de Luis Alcoriza, en México, para trabajar con él en el guión de una película.
Lo encontré consternado a las diez de la mañana, porque su cocinera le había pedido el favor de escribirle una carta para el director de la Seguridad Social. Alcoriza, que es un escritor excelente, con una práctica cotidiana de cajero de banco, que había sido el escritor más inteligente de los primeros guiones para Luis Buñuel y, más tarde, para sus propias películas, había pensado que la carta sería un asunto de media tarde. Pero lo encontré, loco de furia, en medio de un montón de papeles rotos, en los cuales no había mucho más que todas las variaciones concebidas de la fórmula inicial: por medio de la presente, tengo el gusto de dirigirme a usted para...Traté de ayudarlo, y tres horas después seguíamos haciendo borradores y rompiendo papel, ya medio borrachos de ginebra con vermouth y atiborrados de chorizos españoles, pero sin haber podido ir más allá de las primeras letras convencionales. Nunca olvidaré la cara de misericordia de la buena cocinera cuando volvió por su carta a las tres de la tarde y le dijimos sin pudor que no habíamos podido escribirla. “Pero si es muy fácil”, nos dijo, con toda humildad. “Mire usted”. Entonces empezó a improvisar la carta con tanta precisión y tanto dominio que Luis Alcoriza se vio en apuros para copiarla en la máquina con la misma fluidez con que ella la dictaba. Aquel día – como todavía hoy – me quedé pensando que tal vez aquella mujer, que envejecía sin gloria en el limbo de la cocina, era el escritor secreto que me hacía falta en la vida para ser un hombre feliz.

TEXTO COMPLEMENTARIO | ir a Dimensión compleja de la escritura
SARLO, Beatriz, “ Intantáneas. Medios, ciudad y costumbres en el fin de siglo”, Ariel, Buenos Aires, 1997, pág. 193.
Leer: una de las operaciones más complejas. No es sorprendente que adquirir un manejo de la máquina de leer sea difícil y, en períodos de mutación cultural, se corra el riesgo de perder la máquina y la destreza para manejarla. Para decirlo con algunas comparaciones evidentes: es más difícil aprender a leer que aprender a conducir un coche o una bicicleta, jugar al tenis, cocinar comida china, andar a caballo o tejer. Por supuesto, aunque vale la pena recordarlo, es más difícil aprender a leer que a mirar televisión.
En lo escrito hay una clave de bóveda del mundo. Todavía no se ha inventado nada más allá: los hipertextos, Internet, los CDROM y los programas de computadora suponen la lectura, obligan a la lectura y no son más sencillos que los libros tal como los conocimos hasta hoy. Quien afirme algo diferente nunca vio un CDROM ni un programa de hipertexto, o quiere engañarnos haciendo barato populismo tecnológico. Si el futuro son las computadoras, la lectura es indispensable. Téngalo en cuenta quienes profesan la optimista superstición del futuro.
Pero no querría hablar del futuro, porque ya los suplementos de ciencia de los diarios exaltan suficientemente el mundo maravilloso que nos espera. Querría hablar del pasado y del presente. La lectura opera con una máquina del tiempo que hasta hoy no ha igualado ninguna otra máquina: bajo la forma de página impresa o de pantalla de computadora que imita o perfecciona la página impresa, están el mundo que fue y el mundo que es. Hasta hoy, nuestra cultura (quiero decir la cultura llamada occidental en sus diversas versiones) es visual y escrita. Esto no la hace superior a las grandes culturas orales del pasado: simplemente, marca su diferencia y el ser de su diferencia. Se puede valorar la oralidad, pero no se puede volver a ella como instrumento básico de la continuidad cultural. Se podrá prever un futuro donde la lectura resigne su hegemonía frente a otras formas de transmisión, pero ese futuro todavía no ha llegado y, si llega, llegará por la lectura y no a pesar de ella.
Es indiferente el soporte material de la lectura: ¿una página impresa, un microfilm, la pantalla de una computadora, un holograma? En el límite, todos exigen esa capacidad infinitamente difícil: interpretar algo que ha sido escrito por otro. Leer es, siempre, de algún modo, traducir.
La máquina de leer pide ser accionada con sutileza. Pero admite que se la ponga en marcha en las condiciones más libres. Difícilmente pueda ponerse en otra máquina que sea, a la vez, tan complicada en su manejo y tan abierta a los usos más personales, secretos, innovadores, transgresivos. La máquina de leer nos permite prácticamente todo.
La máquina está allí: mucho menos servil que un televisor, mucho más compleja que una computadora, pero también más esquiva porque exige más de quien la opera. La máquina de leer, instalada en la larga duración de la historia, sigue funcionando cuando otros instrumentos hoy sólo pueden ser vistos como curiosidades en los museos de la técnica. La máquina de leer: una hipermáquina, una nave espacial, una cápsula de tiempo, un espejo, un Aleph.”