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Rosario, Santa Fe, Argentina, 30 de Enero de 2007


Primer manual de estilos sobre redacción periodística en la web

lavoz.pngLa Voz del Interior de Córdoba ha sido pionera en la publicación de su Manual de Estilo, con la inclusión de un capítulo "que compila, de manera estructurada y preceptiva, reglas concretas para la escritura periodística en un diario digital" (e-periodistas), denominado "Normas de Estilo para la La Voz.com.ar y Cordoba.net" (PDF).

Según Clarín.com "el 79 % de los usuarios tan sólo 'scanean' el texto, sólo el 16 % lee palabra por palabra y la mayoría tan sólo permanece 7 minutos por día en los periódicos electrónicos. A partir de estas cifras, y de la experiencia de La Voz.com.ar con estos lectores-usuarios, el Manual les sugiere a los periodistas que le ofrezcan interactividad, multimedialidad, tiempo real e hipertextualidad a los 'escaneadores'."

Editado por Fernando Irigaray a las 04:50 PM | Palabras: [ 125 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 27 de Diciembre de 2006


La TVVómito

Feinmann.jpg

Por José Pablo Feinmann
Muchos pasan por la vida sin dejar huella alguna. Otros no. El señor Birome, por ejemplo, inventó la birome y él se llamaba así, Biro, por lo cual la inmortalidad le estuvo asegurada. Al menos hasta que apareció el señor Bic e inmortalizó el bolígrafo. Alguien, alguna vez, inventó la expresión “Guerra Fría”. Otro acortó las polleras e inventó la palabra “minifalda”. Otro las alargó e inventó “maxifalda”. Otro inventó la expresión “nouvelle vague”. Otro “nouvelle cuisine”. Otro “film noir”. Otro, un día, pegó un chicle a un tacho de basura y le llamó “intervención”. ¿A qué viene esto? Hará un par de semanas fui a un programa de TV. Me exhibieron una serie de fragmentos de eso que todo el día la gente ve y yo dije: “Esto es un vómito”. A partir de ahí –me han informado– surgió la expresión TVVómito. El programa era TV Registrada y lo conducen dos muchachos simpáticos y (fui descubriendo a lo largo del programa) críticos con lo que exhiben de la TVVómito. Son Sebastián Wainraich y Gabriel Schultz. Dos sábados después fue María Laura Santillán y, entre los fragmentos que le exhibieron, uno fue excepcional. No creo que pertenezca a la TVVómito. Difícil saber a qué TV pertenece. María Laura enmudeció y dijo que, en ese momento, me recordaba. Recordaba lo que yo había dicho sobre la TVVómito.

Pero lo exhibido, pienso, no pertenece a la TVVómito. Los conductores de TVR también permanecieron algo alelados y atribuyeron los dichos del personaje protagónico del hecho a cierto envejecimiento. “Por ahí está gagá”, o algo así. No parecía “gagá” el personaje. Se trata de un señor que hace como cuarenta años anda por la TV argentina. Se dedica al chismerío. Es el maestro del señor Rial, que hace lo mismo. Se llama Lucho Avilés. Lo recuerdo porque hace mucho tiempo lo vi humillar en pantalla a la actriz Julia Sandoval pidiéndole, muy seriamente, que “asumiera su papada”. La Srta. Sandoval negó tener papada. Por lo cual el señor Avilés le señaló su falta de autocrítica, su insinceridad consigo misma. Estaba en el programa China Zorrilla, que se enojó con el señor Avilés, apiadándose de Sandoval que ya lagrimeaba, y le dijo: “Lucho, aunque soy uruguaya como vos, no puedo tolerar que hagas esto”. Sandoval cobró coraje, se levantó y se fue. Fin del episodio. Muy pocas veces volví a ver al señor Avilés. Hasta que lo vi en TVR, el programa de Sebastián y Gabriel. Voy, simplemente, a describir el hecho porque no sé cómo analizarlo. El señor Avilés estaba hablando de los cartoneros. Manifestó su desagrado con esa gente y pidió que se los sacara de la calle. Y, luego, ofreció su propia propuesta: “Y si no –dijo–, en cada bolsa se pone una granada y cuando el tipo la abre la granada explota y ¡chau! le vuela la cabeza. Después pasa un camión y lo tiran por ahí”. Todo esto fue dicho en alta voz, con amplia gesticulación, con una gesticulación que graficó el hecho de “tirar por ahí” a alguien. Esto es más que TVVómito. Tal vez sea cierto y el tipo ya no sabe lo que dice. O tal vez sabe muy bien lo que dice y tanto lo sabe que dice lo que muchos piensan, razón por la cual lo escuchan y él, diciendo eso, aumenta su rating, alma profunda de la TV. Uno se queda como María Laura y los muchachos de TVR: no sabe qué hacer. Es tan desmedido lo que acaba de oír que no atina a reaccionar. Sólo se pregunta: ¿eso se puede decir por la televisión? ¿Eso se puede sugerir a través de un medio público? Eso, ¿qué es? ¿Es apología del crimen o una mera propuesta de ordenamiento urbano? ¿Quién se hace cargo de eso? ¿El Comfer? ¿El Ministerio del Interior? ¿La Policía? ¿Los Bomberos? ¿La Asistencia Pública? ¿Cáritas?

La TVVómito se extiende a los semanarios-vómito. El gran semanario-vómito de la Argentina es –desde el más remoto pasado– la revista que mi amigo Rep llama “Grasa y la actualidad”. Todos los años “Grasa y la actualidad” elige a los personajes del año. Algunos se mueren por salir en esa vidriera de vanidades de feria berreta. Otros nos queremos morir cuando vemos que algunos amigos están ahí escrachados, sonriendo bobamente y aplaudiendo a la mismísima nada. No importa. Uno ya se acostumbró. Ya en mi libro La historia desbocada está mi breve ensayo “‘Gente’, el medio y el mensaje”. Lo escribí cuando los Kirchner salieron como personajes del año. Al año siguiente no salieron. Esta vez tampoco. Menem salió durante todos los diez años de su mandato. Menem era parte de la farándula-boba. Menem inventó la TVBasura. La TVBasura empeoró y ahora es la TVVómito. De la “b” larga a la “v” corta, siempre peor. Alberto Segado, que es un gran actor, un gran amigo y una gran persona, suele decirme: “Nunca compro el número de los personajes del año de ‘Grasa y la actualidad’. Si veo quiénes están, tengo que tachar media libreta de direcciones”. Sin embargo, cada vez hay menos. Se la ve devaluada a “Grasa y la actualidad”. Durante todo el año entrega a sus lectores ese universo soft porno de la culocracia y la tetocracia. Ahí están ellas: siempre felinas. Las felinas del show business. Ya desde las tapas de los semanarios o desde esas revistas de diarios dominicales entregadas a la apología de la culo-teto-cracia, ya desde “Baile por un sueño” o desde donde sea, su misión en la vida es una: calentar a “la gilada”. Así llaman, con calidez, acaso con amor, los que arman estos amasijos de cuerpos hot a los pobres tipos que se detienen frente al kiosco de revistas y miran lo imposible o llegan a la casa y Tinelli les pone en la jeta a esa señorita Zalazar o usa su “cámara vagina” para entrar donde él, el pobre tipo, nunca va a entrar. Los semanarios suelen esmerarse y, en ese desborde imaginativo que los constituye, rocían a la felina de turno con algo que “da” sudor para que “la gilada” imagine que acaba de, digamos, “hacer el amor”. Todo esto que uno señala sin demasiado esmero ni esperanza alguna (nada de esto va a cambiar) es el modo en que transcurre la vida del hombre común, del ser cotidiano durante el inicio del siglo XXI en la Argentina. Y, en general, en todo Occidente. Basta ver E! Entertainment para advertir que aquí no se inventa mucho. Es todo igual, pero con un toque propio: es peor.

“Grasa y la actualidad” nunca deja, sin embargo, de asombrarme. Tomé coraje y abrí el número especial de 342 páginas del 19 de diciembre de 2006. (¿Qué hace usted ahí, Joaquín Morales Solá, qué le pasó, Kirchner no está y usted sí, “Grasa y la actualidad” defiende las “deterioradas instituciones de la república”?). Qué cosa con “Grasa” y su número de los personajes del año. Desde que hice la nota criticando a los Kirchner siempre alguien me la trae. Como si tuviera que ocuparme de esta cuestión. Bué, digamos que sí. Decía, entonces, que abrí el número al azar. Y así, al azar, caí en una foto en que se ve a Catherine Fulop (“Cathy”, le dicen los de “Grasa”) ¡con el ingeniero Blumberg! Uno sabe que en este mundo todo es posible. Está preparado para eso. La Belleza, el Bien y la Verdad (atributos del Ser para Platón) están sumergidos en el basurero, sin retorno. Pero el cambalache infame reina. De todos modos, no emitamos juicios. Limitémonos a describir. La foto es así: Cathy Fulop está muy bonita, se ve animada, como una fosforescencia, vea. Blumberg luce su melena cada vez más rubia, su barbita crecida, sonríe y lleva el luto por su hijo asesinado, Axel, en la solapa izquierda. El luto es una delgada tela sujeta por una traba dorada y que, acaso, haga juego con la corbata del ingeniero. El texto de la foto dice: “Coincidencia: Juan Carlos Blumberg y Cathy Fulop charlaron sobre la situación social de Venezuela. Ambos coincidieron en que tanto en aquel país como en la Argentina hace falta más justicia”. Habría trascendido la posibilidad de una fórmula Blumberg-Fulop para las próximas elecciones.

Es todo por hoy. O no, hay algo más: hará apenas unos días, a raíz de cumplirse 250 años del nacimiento de Mozart, hubo un concierto al aire libre en el Monumento a los Españoles. Asistieron 100.000 personas. A la gente no le gusta la mierda, pero si es lo único que le dan, si es lo único que come, va a seguir comiendo. Algo tiene que cambiar aquí. Se cumplen cinco años de diciembre del 2001: “¡Que se vayan todos!”. Con la TVVómito es muy fácil. Sólo hay que apagar el televisor.


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Editado por Cecilia Reviglio a las 04:35 PM | Palabras: [ 1476 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 22 de Diciembre de 2006


Desaparecido

Lopez ya.jpg

Por Sandra Russo

Hablamos un idioma y nos comunicamos a través de él. A través de un idioma es que estoy escribiendo e intentando comunicarme. Es decir: debo confiar en ese idioma y en mi manera de manejarlo, de usarlo al escribir. No me sirve de nada volcar aquí un par de reflexiones si del otro lado nadie va a entender, o a sentir, o a pensar. Pero la lengua tiende sus trampas y muchas de ellas, infinidad de ellas, nos pasan inadvertidas tanto para los que escribimos como para los que leemos. San Barthes lo explica muy bien, traducción mediante, incluso, cuando dice que “la lengua es fascista” y que “se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir”.

La lengua nos obliga a decir. Bien. Las palabras no vienen solas, sino cargadas de guirnaldas, olores, lanzas, truenos, vacíos, despertadores, somníferos. Es desde esa perspectiva que ha reaparecido entre nosotros la palabra desaparecido.

Voy a tomarle prestada una idea que Marcelo Figueras escribió en su blog. Uno de los efectos más visibles y personalmente verificables de la desaparición de Jorge Julio López es no sólo la reaparición de esa palabra que llega cargada, ella específicamente, de tormento, escalofríos y amenazas, sino la reconstrucción de cómo esa palabra se constituye, la locura y la confusión que implica. Lo que advirtió Figueras es que este caso, el caso López, recrea la figura de la desaparición en todo su poder siniestro, y parte de esa recreación-repetición fue la actitud inicial de su familia, atribuyendo la ausencia de López a un problema de estrés o vejez.

En esa duda, en esa vacilación primera es que la figura de la desaparición hace pie para iniciar su recorrido enloquecedor. Como sin pasado, como sin experiencia, como sin antecedentes, incluso en las circunstancias ardientes en las que se produjo esa desaparición, la desaparición es algo tan contra natura, tan demencial, que fue una palabra esquivada, casi meditada antes de sentirse, sentirnos listos para pronunciarla.

Desde que llegó la democracia, la palabra desaparecido estaba tan cargada de dictadura que prácticamente se limitó su uso para aludir a las desapariciones políticas. La gente perdida (los que se fugan, los que se pierden) no eran desaparecidos: la lengua obligaba a decir, junto con la palabra desaparecido, desaparecedor.

Fue recién con el lento paso de los años y con el lento avance de la Justicia que fue posible la recuperación de esa palabra para designar desapariciones sin desaparecedores. Pero el caso López interrumpe ese proceso abruptamente. Nos reenvía colectivamente al espanto de saber que hay todavía personas dispuestas a secuestrar a alguien y borrar rastros, personas aparentemente mucho mejor entrenadas para esto que cualquier secuestrador extorsivo, que consiguen tragarse a alguien, eliminar sus huellas, atormentarlo o asesinarlo de modos tan sanguinarios y amorales como nunca se le ocurriría a ningún secuestrador extorsivo.

La puesta en escena de esa desaparición (justo antes de la condena a cadena perpetua a Miguel Angel Etchecolatz) tiene el brillo soez de las operaciones muy planificadas. Y la palabra desaparecido, que reapareció junto con la aparición, en ese mismo juicio, de la palabra genocidio, trepa por nuestros cerebros y baja hasta nuestros estómagos, atravesando la gruesa capa de defensas que le oponemos.

Nuevamente se produce una operación de sentido en la lengua que compartimos entre todos. Los perdidos vuelven a ser perdidos.

Desaparecido, está Jorge Julio López.

Publicado en Diario Página 12 del 20/12/2006

Editado por Cecilia Reviglio a las 07:30 PM | Palabras: [ 574 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 22 de Octubre de 2006


La frontera que separaba a periodistas y audiencias

Con los alumnos de mi comisión habíamos abordado algunos aspectos de observación y discusión sobre el periodismo actual a través de la entrevista a Eliseo Verón hace unas semanas atrás en la que, entre otros temas interesantes, se toca el de las influencias mutuas entre los periódicos de papel y los digitales. Esta entrevista a Jean François Fogel aporta nuevas especulaciones sobre esta relación entre los medios gráficos y el periodismo en internet, entre ellas, la idea de que las posibilidades de expresarse "han derribado la frontera que separaba a los periodistas de su audiencia".Fogel.jpg

Pero también hay otros aspectos más que novedosos en esta entrevista.
Les dejo el link para quienes se interesen en estas lecturas.

Editado por Ana María Margarit a las 08:15 PM | Palabras: [ 117 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 17 de Octubre de 2006


Periodismo y narración: desafíos para el siglo XXI

Por Tomás Eloy Martínez

Los seres humanos perdemos la vida buscando cosas que ya hemos encontrado. Todas las mañanas, en cualquier latitud, los editores de periódicos llegan a sus oficinas preguntándose cómo van a contar la historia que sus lectores han visto y oído decenas de veces en la televisión o en la radio, ese mismo día. ¿Con qué palabras narrar, por ejemplo, la desesperación de una madre a la que todos han visto llorar en vivo delante de las cámaras? ¿Cómo seducir, usando un arma tan insuficiente como el lenguaje, a personas que han experimentado con la vista y con el oído todas las complejidades de un hecho real? Ese duelo entre la inteligencia y los sentidos ha sido resuelto hace varios siglos por las novelas, que todavía están vendiendo millones de ejemplares a pesar de que algunos teóricos decretaron, hace dos o tres décadas, que la novela había muerto para siempre. También el periodismo ha resuelto el problema a través de la narración, pero a los editores les cuesta aceptar que esa es la respuesta a lo que están buscando desde hace tanto tiempo.

En The New York Times del domingo 28 de septiembre, cuatro de los seis artículos de la primera página compartían un rasgo llamativo: cuando daban una noticia, los cuatro la contaban a través de la experiencia de un individuo en particular, un personaje paradigmático que reflejaba, por sí solo, todas las facetas de esa noticia. Lo que buscaban aquellos artículos era que el lector identificara un destino ajeno con su propio destino. Que el lector se dijera: a mí también puede pasarme esto. Cuando leemos que hubo cien mil víctimas en un maremoto de Bangla Desh, el dato nos asombra pero no nos conmueve. Si leyéramos, en cambio, la tragedia de una mujer que ha quedado sola en el mundo después del maremoto y siguiéramos paso a paso la historia de sus pérdidas, sabríamos todo lo que hay que saber sobre ese maremoto y todo lo que hay que saber sobre el azar y sobre las desgracias involuntarias y repentinas. Hegel primero, y después Borges, escribieron que la suerte de un hombre resume, en ciertos momentos esenciales, la suerte de todos los hombres. Esa es la gran lección que están aprendiendo los periódicos en este fin de siglo.

Volvamos ahora a esa primera página de The New York Times, el domingo 28 de septiembre de 1997. Uno de los artículos a los que aludí versaba sobre la situación del Congo después de la caída y la muerte de Mobutu. Empezaba de esta manera: "Cuando Frank Kumbu se levanta cada mañana y observa el mundo desde el modesto escalón de cemento que hay a la entrada de su casa, las imágenes de los chicos jugando en las calles enlodadas, del tránsito con sus estelas de humo, y el ruidoso desfile de soldados, mendigos y buhoneros, le recuerda cómo las cosas fueron durante, más o menos, los últimos veinte años".

El otro artículo, sobre llamadas telefónicas gratis en Europa, estaba fechado en Viareggio, Italia, y estas eran sus primeras líneas: "Filippo Simonelli levanta el tubo de su teléfono, pulsa algunas teclas y una voz ladra en su oído: ¿Pizza recién hecha? Restaurante Buon Amico. Via dei Campi 24'. No, no se trata de una llamada a una pizzería. Es parte de un curioso experimento que ofrece a ciertos europeos llamadas de teléfono gratis a cambio de que acepten oír propagandas comerciales". Un tercero, sobre las tensiones raciales en Estados Unidos, tenía su origen en Durham, North Carolina, y este era su comienzo: "Para John Hope Franklin el problema era enloquecedor: las orquídeas que estaba cultivando desde hacía 37 años en la ventana de su apartamento de Brooklyn morían o se negaban a florecer. Su solución al problema fue típica de su aproximación al estudio sobre las relaciones raciales en América al que le había dedicado toda la vida: leyó todo lo que pudo sobre el tema".

Cuatro de los seis artículos que The New York Times publicó en su primera página ese domingo comenzaban como dije con la historia de un individuo; el quinto artículo narraba la historia de una familia; el sexto daba cuenta de ciertos acuerdos sobre impuestos entre los líderes republicanos del Congreso de los Estados Unidos. Si me detengo en esta característica del periodismo es porque no se trata de algo inusual. Casi todos los días, los mejores diarios del mundo se están liberando del viejo corsé que obliga a dar una noticia obedeciendo el mandato de responder en las primeras líneas a las seis preguntas clásicas o en inglés las cinco W: qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué.

Ese viejo mandato estaba asociado, a la vez, con un respeto sacramental por la pirámide invertida, que fue impuesta por las agencias informativas hace un siglo, cuando los diarios se componían con plomo y antimonio y había que cortar la información en cualquier párrafo para dar cabida a la publicidad de última hora. Aunque en todas las viejas reglas hay una cierta sabiduría, no hay nada mejor que la libertad con que ahora podemos desobedecerlas. La única dictadura técnica de las últimas décadas es la que imponen los diagramadores, y estos, cuando son buenos periodistas, entienden muy bien que una historia contada con inteligencia tiene derecho a ocupar todo el espacio que necesita, por mucho que sea: no más, pero tampoco menos.

De todas las vocaciones del hombre, el periodismo es aquella en la que hay menos lugar para las verdades absolutas. La llama sagrada del periodismo es la duda, la verificación de los datos, la interrogación constante. Allí donde los documentos parecen instalar una certeza, el periodismo instala siempre una pregunta. Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: esos son los verbos capitales de la profesión más arriesgada y más apasionante del mundo.

La gran respuesta del periodismo escrito contemporáneo al desafío de los medios audiovisuales es descubrir, donde antes había sólo un hecho, al ser humano que está detrás de ese hecho, a la persona de carne y hueso afectada por los vientos de la realidad. La noticia ha dejado de ser objetiva para volverse individual. O mejor dicho: las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una sola persona, todo lo que hace falta saber. Eso no siempre se puede hacer, por supuesto. Hay que investigar primero cuál es el personaje paradigmático de que podría reflejar, como un prisma, las cambiantes luces de la realidad. No se trata de narrar por narrar. Algunos jóvenes periodistas creen, a veces, que narrar es imaginar o inventar, sin advertir que el periodismo es un oficio extremadamente sensible, donde la más ligera falsedad, la más ligera desviación, puede hacer pedazos la confianza que se fue creando en el lector durante años. No todos los reporteros saben narrar y, lo que es más importante todavía, no todas las noticias se prestan a ser narradas. Pero antes de rechazar el desafío, un periodista de raza debe preguntarse primero si se puede hacer y, luego, si conviene o no hacerlo. Narrar la votación de una ley en el Senado a partir de lo que opina o hace un senador puede resultar inútil, además de patético. Pero contar el accidente de la princesa Diana a través de lo que vió o sintió un testigo suponiendo que existiera ese testigo privilegiado sería algo que sólo se puede hacer bien con el lenguaje, no con el despojamiento de las imágenes o con los sobresaltos de la voz.

Sin embargo, no hay nada peor que una noticia en la que el reportero se finge novelista y lo hace mal. Los diarios del siglo XXI prevelacerán con igual o mayor fuerza que ahora si encuentran ese difícil equilibrio entre ofrecer a sus lectores informaciones que respondan a las seis preguntas básicas e incluyan además todos los antecedentes y el contexto que esas informaciones necesitan para ser entendidas sin problemas, pero también o sobre todo un puñado de historias, seis, siete o diez historias en la edición de cada día, contadas por reporteros que también sean eficaces narradores.

La mayoría de los habitantes de esta infinita aldea en la que se ha convertido el mundo vemos primero las noticias por televisión o por Internet o las oímos por radio antes de leerlas en los periódicos, si es que acaso las leemos. Cuando un diario se vende menos no es porque la televisión o el Internet le han ganado de mano, sino porque el modo como los diarios dan la noticia es menos atractivo. No tiene por que ser así. La prensa escrita, que invierte fortunas en estar al día con las aceleradas mudanzas de la cibernética y de la técnica, presta mucha menos atención me parece a las más sutiles e igualmente aceleradas mudanzas de los lenguajes que prefiere su lector. Casi todos los periodistas están mejor formados que antes, pero tienen -habría que averiguar por qué- menos pasión; conocen mejor a los teóricos de la comunicación pero leen mucho menos a los grandes novelistas de su época.

Antes, los periodistas de alma soñaban con escribir aunque solo fuera una novela en la vida; ahora, los novelistas de alma sueñan con escribir un reportaje o una crónica tan inolvidables como una bella novela. El problema está en que los novelistas lo hacen y los periodistas se quedan con las ganas. Habría que incitarlos, por lo tanto, a que conjuren esa frustración en las páginas de sus propios periódicos, contando las historias de la vida real con asombro y plena entrega del ser, con la obsesión por el dato justo y la paciencia de investigadores que caracteriza a los mejores novelistas. No estoy preconizando que se escriban novelas en los diarios, nada de eso, y menos aún en el lenguaje florido y adjetivado al que suelen recurrir los periodistas que se improvisan como novelistas de la noche a la mañana. Tampoco estoy deslizando la idea de que el mediador de una noticia se convierta en el protagonista. Por supuesto que no.

Un periodista que conoce a su lector jamás se exhibe. Establece con él, desde el principio, lo que yo llamaría un pacto de fidelidades: fidelidad a la propia conciencia y fidelidad a la verdad. A la avidez de conocimiento del lector no se la sacia con el escándalo sino con la investigación honesta; no se la aplaca con golpes de efecto sino con la narración de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información precisa. Cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del escándalo está apagando con cenizas el fuego genuino de la información. El periodismo no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta.

Uno de los más agudos ensayistas norteamericanos, Hayden White, ha establecido que lo único que el hombre realmente entiende, lo único que de veras conserva en su memoria, son los relatos. White lo dice de modo muy elocuente: "Podemos no comprender plenamente los sistemas de pensamiento de otra cultura, pero tenemos mucha menos dificultad para entender un relato que procede de otra cultura, por exótica que nos parezca". Un relato, según White, siempre se puede traducir "sin menoscabo esencial", a diferencia de lo que pasa con un poema lírico o con un texto filosófico. Narrar tiene la misma raíz que conocer. Ambos verbos tienen su remoto origen en una palabra del sánscrito, gna, conocimiento.

El periodismo nació para contar historias, y parte de ese impulso inicial que era su razón de ser y su fundamento se ha perdido ahora. Dar una noticia y contar una historia no son sentencias tan ajenas como podría parecer a primera vista. Por lo contrario: en la mayoría de los casos, son dos movimientos de una misma sinfonía. Los primeros grandes narradores fueron, también, grandes periodistas. Entendemos mucho mejor como fue la peste que asoló Florencia en 1347 a través del Decamerón de Boccaccio que a través de todas las historias que se escribieron después, aunque entre esas historias hay algunas que admiro como A Distant Mirror de Barbara Tuchman. Y, a la vez, no hay mejor informe sobre la educación en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX que la magistral y caudalosa Nicholas Nickleby de Charles Dickens. La lección de Boccaccio y la de Dickens, como la de Daniel Defoe, Balzac y Proust, pretende algo muy simple: demostrar que la realidad no nos pasa delante de los ojos como una naturaleza muerta sino como un relato, en el que hay diálogos, enfermedades, amores, además de estadísticas y discursos.

No es por azar que, en América Latina, todos, absolutamente todos los grandes escritores fueron alguna vez periodistas: Borges, García Márquez, Fuentes, Onetti, Vargas Llosa, Asturias, Neruda, Paz, Cortázar, todos, aun aquellos cuyos nombres no cito. Ese tránsito de una profesión a otra fue posible porque, para los escritores verdaderos, el periodismo nunca es un mero modo de ganarse la vida sino un recurso providencial para ganar la vida. En cada una de sus crónicas, aun en aquellas que nacieron bajo el apremio de las horas de cierre, los maestros de la literatura latinoamericana comprometieron el propio ser tan a fondo como en sus libros decisivos. Sabían que, si traicionaban a la palabra hasta en la más anónima de las gacetillas de prensa, estaban traicionando lo mejor de sí mismos.

Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el reportero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacción como si fueran granos de maíz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. Puede que un periodista convencional no lo piense así. Pero un periodista de raza no tiene otra salida que pensar así. El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros mismos sentimientos.

Las semillas de lo que hoy entendemos por nuevo periodismo fueron arrojadas aquí, en América Latina, hace un siglo exacto. A partir de las lecciones aprendidas en The Sun, el diario que Charles Danah tenía en Nueva York y que se proponía presentar, con el mejor lenguaje posible, "una fotografía diaria de las cosas del mundo", maestros del idioma castellano como José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera y Rubén Darío se lanzaron a la tarea de retratar la realidad. Darío escribía en La Nación de Buenos Aires, Gutiérrez Nájera en El Nacional de México, Martí en La Nación y en La Opinión Nacional de Caracas. Todos obedecían, en mayor o menor grado, a las consignas de Danah y las que, hacia la misma época, establecía Joseph Pulitzer: sabían cuando un gato en las escaleras de cualquier palacio municipal era más importante que una crisis en los Balcanes y usaban sus asombrosas plumas pensando en el lector antes que en nadie.

De esa manera, por primera vez, fundieron a la perfección la fuerza verbal del lenguaje literario con la necesidad matemática de ofrecer investigaciones acuciosas, puestas al servicio de todo lo que sus lectores querían saber. Fue Martí el primero en darse cuenta de que escribir bien y emocionar al público no son algo reñido con la calidad de la información sino que, por lo contrario, son atributos consustanciales a la información. Tal como Pulitzer lo pedía, Martí y Darío pero sobre todo Martí usaron todos los recursos narrativos para llamar la atención y hacer más viva la noticia. No importaba cuán larga fuera la información. Si el hombre de la calle estaba interesado en ella, la leería completa.

Si hace un siglo las leyes del periodismo estaban tan claras, ¿por qué o cómo fueron cambiando? ¿Qué hizo suponer a muchos empresarios inteligentes que, para enfrentar el avance de la televisión y del Internet, era preciso dar noticias en forma de píldoras porque la gente no tenía tiempo para leerlas? ¿Por qué se mutilan noticias que, según los jefes de redacción, interesan sólo a una minoría, olvidando que esas minorías son, con frecuencia, las mejores difusoras de la calidad de un periódico? Que un diario entero está concebido en forma de píldoras informativas es no sólo aceptable sino también admirable, porque pone en juego, desde el principio al fin, un valor muy claro: es un diario hecho para lectores de paso, para gente que no tiene tiempo de ver siquiera la televisión.

Pero el prejuicio de que todos los lectores nunca tienen tiempo me parece irrazonable. Los seres humanos nunca tienen tiempo, o tienen demasiado tiempo. Siempre, sin embargo, tienen tiempo para enterarse de lo que les interesa. Cuando alguien es testigo casual de un accidente en la calle, o cuando asiste a un espectáculo deportivo, pocas cosas lee con tanta avidez como el relato de eso que ha visto, oído y sentido. Las palabras escritas en los diarios no son una mera rendición de cuentas de lo que sucede en la realidad. Son mucho más. Son la confirmación de que todo cuanto hemos visto sucedió realmente, y sucedió con un lujo de detalles que nuestros sentidos fueron incapaces de abarcar.

El lenguaje del periodismo futuro no es una simple cuestión de oficio o un desafío estético. Es, ante todo, una solución ética. Según esa ética, el periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez.

Cada vez que las sociedades han cambiado de piel o cada vez que el lenguaje de las sociedades se modifica de manera radical, los primeros síntomas de esas mudanzas aparecen en el periodismo. Quien lea atentamente la prensa inglesa de los años 60 reencontrará en ella la esencia de las canciones de los Beatles, así como en la prensa californiana de esa época se reflejaba la rebeldía y el heroísmo anárquico de los beatniks o la avidez mística de los hippies. En el gran periodismo se puede siempre descubrir y se debe descubrir, cuando se trata de gran periodismo los modelos de realidad que se avecinan y que aún no han sido formulados de manera consciente.

Pero el periodismo, a la vez como lo saben muy bien todos los que están aquí no es un partido político ni un fiscal de la república. En ciertas épocas de crisis, cuando las instituciones se corrompen o se derrumban, los lectores suelen asignar esas funciones a la prensa sólo para no perder todas las brújulas. Ceder a cualquier tentación paternalista puede ser fatal, sin embargo. El periodista no es un policía ni un censor ni un fiscal. El periodista es, ante todo, un testigo: acucioso, tenaz, incorruptible, apasionado por la verdad, pero sólo un testigo. Su poder moral reside, justamente, en que se sitúa a distancia de los hechos mostrándolos, revelándolos, denunciándolos, sin aceptar ser parte de los hechos.

Responder a ese desafío entraña una enorme responsabilidad. Ningún periodista podría cumplir de veras con esa misión si cada vez, ante la pantalla en blanco de su computadora, no se repitiera: "Lo que escribo es lo que soy, y si no soy fiel a mí mismo no puedo ser fiel a quienes me lean". Solo de esa fidelidad nace la verdad. Y de la verdad, como lo sabemos todos los que estamos aquí, nacen los riesgos de esta profesión, que es la más noble del mundo.

Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios. Y, para ir más lejos aún y ser más claro de lo que creo haber sido, un buen periódico no debería estar lleno de grandes reportajes bien escritos, porque eso condenaría a sus lectores a la saturación y al empalagamiento.

Pero si los lectores no encuentran todos los días, en los periódicos que leen, un reportaje, un solo reportaje, que los hipnotice tanto como para que lleguen tarde a sus trabajos o como para que se les queme el pan en la tostadora del desayuno, entonces no tendrán por qué echarle la culpa a la televisión o al Internet de sus eventuales fracasos, sino a su propia falta de fe en la inteligencia de sus lectores.

A comienzos de los años 60 solía decirse que en América Latina se leían pocas novelas porque había una inmensa población analfabeta. A fines de esa misma década, hasta los analfabetos sabían de memoria los relatos de novelistas como García Márquez y Cortázar por el simple hecho de que esos relatos se parecían a las historias de sus parientes o de sus amigos. Contar la vida, como querían Charles Danah y José Martí, volver a narrar la realidad con el asombro de quien la observa y la interroga por primera vez: esa ha sido siempre la actitud de los mejores periodistas y esa será, también, el arma con que los lectores del siglo XXI seguirán aferrados a sus periódicos de siempre.

Oigo repetir que el periodismo de América Latina está viviendo tiempos difíciles y sufriendo ataques y amenazas a su libertad por parte de varios gobiernos democráticos. En las dictaduras sabíamos muy bien a qué atenernos, porque la fuerza bruta y el absolutismo agreden con fórmulas muy simples. Pero las democracias cuando son autoritarias emplean recursos más sutiles y más tenaces, que a veces tardamos en reconocer. Los tiempos siempre han sido difíciles en América Latina. De esa carencia podemos extraer cierta riqueza. Los tiempos difíciles suelen obligarnos a dar respuestas rápidas y lúcidas a las preguntas importantes.

Cuando Atenas produjo las bases de nuestra civilización, afrontaba conflictos políticos y padecía a líderes demagógicos semejantes a muchos de los que hoy se ven por estas latitudes. Y sin embargo, Aristóteles imaginó las premisas de la democracia a partir de los rasgos que tenía entonces Atenas. En el siglo XVII nadie podía imaginar tampoco hacia dónde se encaminaba Inglaterra. Se sucedían las guerras de religión y de conquista, los reyes iban y venían del cadalso, pero del magma de esas convulsiones brotaron las grandes preguntas de la modernidad y las geniales respuestas de Locke, de Hume, de Francis Bacon, de Newton, de Leibniz y de Berkeley. Del caos de aquellos años nacieron las luces de los tres siglos siguientes.

Algo semejante está sucediendo ahora en América Latina. Cuando más afuera de la historia parecemos, más sumidos estamos sin embargo en el corazón mismo de los grandes procesos de cambio. En tanto periodistas, en tanto intelectuales, nuestro papel, como siempre, es el de testigos activos. Somos testigos privilegiados. Por eso es tan importante conservar la calma y abrir los ojos: porque somos los sismógrafos de un temblor cuya fuerza viene de los pueblos.

Es preciso ponernos a pensar juntos, es preciso ponernos a narrar juntos. Lo que va a quedar de nosotros son nuestras historias, nuestros relatos. Es preciso renovar también las utopías que ahora se están apagando en el cansado corazón de los hombres. Una de las peores afrentas a la inteligencia humana es que sigamos siendo incapaces de construir una sociedad fundada por igual en la libertad y en la justicia. No me resigno a que se hable de libertad afirmando que para tenerla debemos sacrificar la justicia, ni que se prometa justicia admitiendo que para alcanzarla hay que amordazar la libertad. El hombre, que ha encontrado respuesta para los más complejos enigmas de la naturaleza no puede fracasar ante ese problema de sentido común.

Tengo plena certeza de que el periodismo que haremos en el siglo XXI será mejor aún del que estamos haciendo ahora y, por supuesto, aún mejor del que nuestros padres fundadores hacían a comienzos de este siglo que se desvanece. Indagar, investigar, preguntar e informar son los grandes desafíos de siempre. El nuevo desafío es cómo hacerlo a través de relatos memorables, en los que el destino de un solo hombre o de unos pocos hombres permita reflejar el destino de muchos o de todos. Hemos aprendido a construir un periodismo que no se parece a ningún otro. En este continente estamos escribiendo, sin la menor duda, el mejor periodismo que jamás se ha hecho. Ahora pongamos nuestra palabra de pie para fortalecerlo y enriquecerlo.

Conferencia pronunciada ante la asamblea de la SIP el 26 octubre 1997, Guadalajara, México.

Editado por Victoria Arrabal a las 10:20 AM | Palabras: [ 4176 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 29 de Agosto de 2006


¿Qué es el pensamiento lateral?

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Por Adrián Paenza

A uno le presentan un problema que no contiene la información suficiente para poder descubrir la solución. Para avanzar, se requiere de un diálogo entre quien lo plantea y quien lo quiere resolver. En consecuencia, una parte importante del proceso es hacer preguntas. Las tres respuestas posibles son: sí, no o irrelevante.

Cuando una línea de preguntas se agota, se necesita avanzar desde otro lugar, desde una dirección completamente distinta. Y aquí es cuando el pensamiento lateral hace su presentación. Para algunas personas, es frustrante que un problema “admita” o “tolere” la construcción de diferentes respuestas que “superen” el acertijo. Sin embargo, los expertos dicen que un buen problema de pensamiento lateral es aquel cuya respuesta es la que tiene más sentido, la más apta y la más satisfactoria.

Es más: cuando uno finalmente accede a la respuesta, lo que se pregunta es: “¡¿cómo no se me ocurrió?!”. *

Quiero plantear ahora un ejemplo muy interesante. No sé si es el mejor que conozco, pero sí el que generó y genera muchísimas controversias.

Aquí va: recuerde que no hay trampas, no hay cosas escondidas, todo está a la vista. Algo más: si no conoce el ejemplo, permítame una sugerencia. Trate de pensarlo solo porque vale la pena, en particular, porque demuestra que lo que usted cree sobre usted mismo a lo mejor no es tan cierto. O, en todo caso, es incompleto.

Antonio, padre de Roberto, un niño de 8 años, sale manejando desde su casa en la Capital Federal y se dirige rumbo a Mar del Plata. Roberto, va con él. En el camino se produce un terrible accidente. Un camión, que venía de frente, se sale de su sector de la autopista y embiste de frente al auto de Antonio.

El impacto mata instantáneamente a Antonio, pero Roberto sigue con vida. Una ambulancia de la municipalidad de Dolores llega casi de inmediato, advertida por quienes fueron ocasionales testigos, y el niño es trasladado al hospital.

No bien llega, los médicos de guardia comienzan a tratar al nene con mucha dedicación pero, luego de charlar entre ellos y estabilizarle las condiciones vitales, deciden que no pueden resolver el problema de Roberto. Necesitan consultar. Además, advierten el riesgo de trasladar al niño y, por eso, deciden dejarlo internado allí, en Dolores.

Luego de las consultas pertinentes, se comunican con el Hospital de Niños de la Capital Federal y finalmente conversan con una eminencia en el tema a quien ponen en autos de lo ocurrido. Como todos concuerdan que lo mejor es dejarlo a Roberto en Dolores, la eminencia decide viajar directamente desde Buenos Aires hacia allá. Y lo hace.

Los médicos del lugar le presentan el caso y esperan ansiosos su opinión. Finalmente, uno de ellos es el primero en hablar: “¿Está usted en condiciones de tratar al nene?”, pregunta con un hilo de voz. Y obtiene la siguiente respuesta: “¡Cómo no lo voy a tratar si es mi hijo!”.

Bien, hasta aquí, la historia. Está en usted el tratar de pensar una manera de que tenga sentido. Como no compartimos la habitación, o donde sea que usted esté, le insisto en que no hay trampas, no hay nada oculto. Y antes de que lea la solución, quiero agregar algunos datos:

a) Antonio no es el padrastro.

b) Antonio no es cura.

Ahora sí, lo dejo a usted y su imaginación. Eso sí, le sugiero que lea otra vez la descripción del problema y, créame, es muy, muy sencillo.

Solución

Lo notable de este problema es lo sencillo de la respuesta. Peor aún: no bien la lea, si es que usted no pudo resolverlo, se va a dar la cabeza contra la pared pensando, ¿cómo puede ser posible que no se me hubiera ocurrido?

La solución o, mejor dicho, una potencial solución, es que la eminencia de la que se habla, sea la madre.

Este punto es clave en toda la discusión del problema. Como se advierte (si quiere vuelva y relea todo), nunca se hace mención al sexo de la eminencia. En ninguna parte. Pero nosotros tenemos tan internalizado que las eminencias tienen que ser hombres que no podemos pensarla mujer.

Y esto va mucho más allá de que puestos ante la disyuntiva explícita de decidir si una eminencia puede o no puede ser una mujer, creo que ninguno de nosotros dudaría en aceptar la posibilidad tanto en una mujer como en un hombre. Sin embargo, en este caso, falla. No siempre se obtiene esa respuesta. Más aún: hay muchas mujeres que no pueden resolver el problema y cuando conocen la solución se sienten atrapadas por la misma conducta machista que condenan.

En fin, creo que es un ejercicio muy interesante para testear nuestras propias complicaciones y laberintos internos.

* Es muy vasta la bibliografía sobre Pensamiento Lateral. Con todo, es Edward de Bono, un psicólogo de origen maltés, también médico y escritor, quien se adjudica el haber “acuñado” ese nombre. El propio De Bono escribió un libro El Pensamiento Lateral, publicado por Editorial Paidós. También se puede encontrar mucho material en Internet. Algunos de los sitios más relevantes son:

1) http://www.edwdebono.com/debono/lateral.htm
2) http://es.wikipedia.org/wiki/Pensamiento_lateral
3) http://en.wikipedia.org/wiki/Lateral_thinking
4) http://eluzions.com/Puzzles/Lateral/

Contratapa de Página 12 del viernes 18 de agosto de 2006.

Editado por Victoria Arrabal a las 10:13 AM | Palabras: [ 873 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 15 de Agosto de 2006


Marcos Palacios: "En la blogósfera la edición del material se torna proceso colectivo"


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Entre los días 27 y 29 de julio el Dr. Marcos Palacios estuvo en la Facultad de Ciencia Política y RR.II de la UNR, desarrollando el seminario de posgrado "Periodismo digital y comunicación multimedia" y conversamos en torno a la comunicación digital, periodismo participativo y la web 2.0.

Marcos Palacios (Brasil) es Doctor en Sociología por la Universidad de Liverpool (Inglaterra). Realizó un Posdoctorado sobre ciudades digitales en la Universidade da Aveiro (Portugal). Es Profesor Titular de la Universidade Federal da Bahia, Consultor Ad-hoc del Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico, de la Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo, de la Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior y de la Universidade Federal de Minas Gerais.

Pertenece al Grupo de Pesquisa em Jornalismo On-line (GJOL), es editor del blog colectivo Jornalismo & Internet. Es miembro de la Red Iberoamericana de Comunicación Digital (Red ICOD). Ha escrito infinidad de artículos y libros sobre comunicación multimedia, periodismo on-line y ciberculturas.

Comenzó la entrevista hablando sobre las competencias que un periodista digital tiene que tener en esta era de la información, donde enfatizó que el periodista está por encima de los formatos de producción y que tiene que tener una formación general muy fuerte evitando caer en una visión instrumentalista de la tecnología. Además hizo hincapié en la dimensión ética que todo profesional debe poseer y fundamentalmente en la noción de noticiabilidad. "Entender que es periodismo en cuanto a una forma de comprensión de conocimiento de lo real, y operazionalizar las categorías que constituyen la noticiabilidad".


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[Leer y escuchar] la entrevista completa en Facultad de Ciencia Política y RR.II

Editado por Fernando Irigaray a las 04:36 PM | Palabras: [ 287 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 05 de Junio de 2006


Todos con Herminia

Les dejo aquí el link para que lean completa esta noticia aparecida en Tercermundoonline de la fecha.

TODOS CON HERMINIA

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Panfletos difamatorios firmados por una tal Juventud Cristiana Argentina, aparecieron por el barrio donde vive Herminia Severini, histórica militante de Derechos Humanos e integrante de Madres de Plaza de Mayo de Rosario. En los panfletos, acusan a la mujer, de 80 años, de "terrorista, narcotraficante y anticristiana". Además, el repulsivo anónimo va más allá, al expresar que su hija -Adriana María Bianchi, desaparecida el 4 de enero de 1977 en Santa Fe- está viva y es parte del ejército Castro-Guevarista de Cuba. Cientos de organizaciones políticas, gremiales, de derechos humanos y sociales; siguen adhiriendo y convocando a la conferencia de prensa-acto que se desarrollará hoy desde las a las 16.30, en la calle Brasil 486 de Rosario, frente al domicilio de Herminia.

Panfletos difamatorios, firmados por una tal Juventud Cristiana Argentina, aparecieron por el barrio donde vive Herminia Severini, histórica militante de Derechos Humanos e integrante de Madres de Plaza de Mayo de Rosario. En los panfletos, acusan a la mujer, de 80 años, de "terrorista, narcotraficante y anticristiana". Además, el repulsivo anónimo va más allá, al expresar que su hija -Adriana María Bianchi, desaparecida el 4 de enero de 1977 en Santa Fe- "está viva y es parte del ejército Castro-Guevarista de Cuba".

Editado por María Elena Sánchez a las 03:35 PM | Palabras: [ 224 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 09 de Febrero de 2006


Una mujer común: Azucena Villaflor

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Quería compartir con los visitantes de la página un multimedia sobre Azucena Villaflor, una mujer común, una madre que ante la desaparición de su hijo ejerció el básico derecho de averiguar dónde estaba, de reclamar por su vida. En ese intento de mujer, de madre, se convirtió en Madre y luego en Madre de Plaza de Mayo y luego en mujer y madre desaparecida.

Últimamente también es el nombre de una calle en la muy caté Puerto Madero.

A propósito, el trabajo se encuentra en el sitio de Clarín, busquen en la barra de la derecha, hacia abajo;está incluido en la sección Multimedia, Informes Especiales.

A los que incursionen sobre el trabajo de investigación sobre Azucena Villaflor les invito a que ensayen alguna idea al respecto. Me llegó con la fuerza de aquello que decía el chileno poeta Nicanor Parra en su poesía: "cabeza fría, corazón caliente".

Editado por Ana María Margarit a las 10:50 PM | Palabras: [ 147 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 01 de Febrero de 2006


El folleto de Bioy de Borges

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Por Miguel Wiñazki

Cuenta Adolfo Bioy Casares que en 1937, su tío, uno de los dueños de la tradicional lechería La Martona, le pidió que escribiera un folleto sobre la leche cuajada y el yogur a cambio de 16 pesos por página. Bioy le propuso entonces a Jorge Luis Borges que lo escribieran juntos. Cuenta Bioy que efectivamente lo escribieron en el comedor de su estancia, mientras crepitaban las ramas de eucalipto en la chimenea. Y cuenta también que aquel folleto significó para él un valioso aprendizaje. Confiesa que después de su redacción “era otro escritor, más experimentado y avezado”.

El asunto deja algunas enseñanzas interesantes. Para los grandes escritores, no existe la literatura pequeña. La palabra merece respeto allí donde se la escriba y la tarea de escribir mejora a quien la practique con conciencia absoluta y absoluta dedicación.

Con el periodismo cabe un análisis semejante. Naturalmente, no es fácil hallar autores en éste campo de la altura de Borges o Bioy, pero se puede decir que los mejores periodistas son los que no desprecian las tareas menores. Un epígrafe bajo una foto, requiere, idealmente, de la misma concentración y cuidado que el remate de una nota de tapa. Un pequeño recuadro, si está escrito por un buen periodista estará bien escrito, y si, por alguna razón, no resulta inmejorable a los ojos de quien lo ha redactado, éste, si lleva la profesión en el alma, lo sentirá y no olvidará la imperfección perpetrada.

Es relativamente común, por el contrario, encontrar “periodistas” principiantes que se sienten despreciados si deben escribir una nota breve sin su firma rimbombante al pie. Confunden extensión con importancia, y consideran que todo lo que hacen merece su rúbrica. Olvidan que los textos de la página principal de los medios, la tapa, no llevan la autoría explicitada.

Bioy Casares evoca en su Memorias una sabia y ardua decisión existencial que tomó una vez: “quería arremeter contra la vanidad porque había descubierto que es incompatible con la dicha”.
Es muy profundo: los vanidosos son infelices.

La vanidad, además, no sólo es incompatible con la dicha. Es un error que antepone el propio Yo, a los demás, y que por lo tanto considera menor e indigno toda tarea que no beneficie primero a su autor.
Escribió Bioy: “Yo creía, y sigo creyendo, que el autor debe anteponer la obra al amor propio”.

Una vez, cuando él vivía en San Telmo, pasé una tarde dialogando con Tomás Eloy Martínez en torno de su insoslayable “Santa Evita”. Cuando finalizaba la charla Tomás recordó que debía darme una misiva para alguien. Un pequeño mensaje escrito. Nada más. Se acercó a una máquina de escribir que tenía en una de las habitaciones. No era una computadora, aunque no hace mucho tiempo de esto. Se sentó, colocó minuciosamente el papel en el cilindro de la máquina, y se le transfiguró la cara. Parecía hipnotizado. Los ojos se fijaron en la hoja y un silencio irrebatible inundó la sala. Yo no atiné a decir una palabra, tal era el grado de concentración que la mirada de Tomás Eloy imponía en el aire.

Demoró 20 minutos en escribir cinco líneas. Leía y releía cada palabra. Y cuando consideró que lo redactado era correcto, me lo entregó casi con solemnidad.

Aprendí entonces que cinco líneas son inmensamente valiosas, si es que alguien valora a las palabras.
Porque es con ese respeto que se hacen las cosas dignas.

Editado por Victoria Arrabal a las 02:30 PM | Palabras: [ 572 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 26 de Octubre de 2005


Más entrevistas asincrónicas sobre periodismo digital

Editado por Fernando Irigaray a las 10:46 PM | Palabras: [ 108 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 15 de Octubre de 2005


Elogio de la dificultad

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Una de las alumnas de la Comisión de los lunes a las 15 hs, Ana Taleb, me acercó el texto de Guillermo Martínez que publico a continuación. El escritor reflexiona sobre la maravillosa dificultad de la lectura.

Aquí va completo. Que disfruten la lectura es el deseo de Ana y el mío...

Elogio de la dificultad

por Guillermo Martínez


Cada vez que se habla de lectura, maestros, escritores y editores se apresuran a levantar las banderas del hedonismo, como si debieran defenderse de una acusación de solemnidad, y tratan de convencer a generaciones de adolescentes desconfiados y adultos entregados a la televisión de que leer es puro placer. Interrogados en suplementos y entrevistas, hablan como si ningún libro, y mucho menos los clásicos, desde Don Quijote a Moby Dick, desde Macbeth a Facundo, les hubiera opuesto ninguna resistencia y comosi fuera no sólo sencillo llegar a la mayor intimidad con ellos, sino además un goce perpetuo al que vuelven en sus lecturas de cabecera todas las noches.
La posición hedonista es, por supuesto, simpática, fácil de defender y muy recomendable para mesas redondas, porque uno puede citar de su parte a Borges: “ Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber interviniera en aficción tan personal como la adquisición de libros, ni probé fortuna dos veces con autor intratable, eludiendo un libro anterior con un libro nuevo…”
Y bien, yo me propongo aquí la defensa más ingrata de los libros difíciles y de la dificultad en la lectura. No por un afán especial de contradicción, sino porque me parece justo reconocer que también muchas veces en mi vida la lectura se pareció al montañismo, a la lucha cuerpo a cuerpo y a las carreras de fondo, todas actividades muy saludables y a su manera placenteras para quienes las practican, pero que requieren, convengamos, algún esfuerzo y transpiración. Aunque quizá sea otro deporte, el tenis, el que da una analogía más precisa de lo que ocurre en la lectura. El tenis tiene la particular ambivalencia de que es un juego extraordinario cuando los dos contrincantes son buenos jugadores, y extraordinariamente aburrido si alguno de ellos es un novato y no alcanza a devolver ninguna pelota. Las teorías de la lectura creen decir algo cuando sostienen el lugar común tan extendido de que es el lector quien completa la obra literaria. Pero un lector puede simplemente no estar preparado para enfrentar a un determinado autor y deambulará, entonces, por la cancha recibiendo pelotazo tras pelotazo, sin entender demasiado lo que pasa. La versión que logre asimilar de lo leído será obviamente pálida, incompleta, incluso equivocada. Si esto parece un poco elitista, basta pensar que suele suceder también exactamente el caso inverso, cuando un lector demasiado imaginativo o un académico entusiasta lanza sobre el texto, como tiros rasantes, conexiones, interpretaciones e influencias que al pobre escritor nunca se le ocurrieron.
En todo caso, la literatura, como cualquier disciplina del conocimiento, requiere entrenamiento, aprendizajes, iniciaciones, concentración. La primera dificultad es que leer, para bien o para mal, es leer mucho. Es razonable la desconfianza de los adolescentes cuando se los incita a leer aunque sea un libro. Proceden con la prudencia instintiva de aquel niño de Simone de Beauvoir que se resistía a aprender la “a” porque sabía que después querrían enseñarle la “b”, la “c” y toda la literatura y la gramática francesas. Pero es así: los libros, aun en su desorden, forman escaleras y niveles que no pueden saltearse de cualquier manera. Y sobre todo, sólo en la comparación de libro con libro, en las alianzas y oposiciones entre autor y autor, en la variación de géneros y literaturas, en la práctica permanente de la apropiación y el rechazo, puede uno darse un criterio propio de valoración, liberarse de cánones y autoridades, y encontrar la parte que hará propia y más querida de la literatura.
La segunda dificultad de la lectura es, justamente, quebrar ese criterio; confrontarlo con obras y autores que uno siente en principio más lejanos, exponerse a literaturas antagónicas, mantener un espíritu curioso, impedir que las preferencias cristalicen en prejuicios. Y son justamente los libros difíciles los que extienden nuestra idea de lo que es valioso. Son esos libros que uno está a punto de soltar y, sin embargo, presiente que si no llega al final se habrá perdido algo importante. Son esos libros contra los que uno puede estrellarse la primera vez y aun así misteriosamente vuelve. Son a veces carromatos pesados y crujientes que se arrastran como tortugas. Son libros que uno lee con protestas silenciosas, con incomprensiones, con extrañeza, con la tentación de saltar páginas. No creo que sea exactamente un sentimiento del deber, como ironiza Borges, lo que nos anima a enfrentarnos con ellos, e incluso a terminarlos, sino el mismo mecanismo que lleva a un niño a pulsar enter en su computadora para acceder al siguiente nivel de un juego fascinante. Y los chicos no ocultan su orgullo cuando se vuelven diestros en juegos complicados, ni los montañistas se avergüenzan de su atracción por las cumbres más altas.
Hay una última dificultad en la lectura, como una enfermedad terminal y melancólica, que señala Arlt en una de sus aguafuertes: la sensación de haber leído demasiado, la de abrir libro tras libro y repetirse al pasar las páginas: pero esto ya lo sé, esto ya lo sé. Los libros difíciles tienen la piedad de mostrarnos cuánto nos falta.

Publicado en Clarín, el 22 de abril de 2001

Editado por Cecilia Reviglio a las 09:40 AM | Palabras: [ 915 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 13 de Octubre de 2005


El cable de Télam sobre el 12 de octubre

Se cumplen 513 años del mayor genocidio de la historia

Marta Gordillo

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El genocidio más grande de la historia, la conquista y colonización de América, cumple mañana 513 años de su acto inicial, cuando Cristóbal Colón pisó por primera vez una tierra que lejos de pertenecer a un "nuevo" mundo, era habitada por distintas culturas desde hacía miles de años.

Los pueblos con organizaciones socio-políticas más complejas comenzaron a desarrollarse desde dos mil años antes de Cristo, y a la llegada de los españoles no había una, dos o tres culturas como suele enseñarse y difundirse, había infinidad de culturas a lo largo de todo el territorrio americano.

No obstante, normalmente se conoce y se nombran sólo a aquellos pueblos que entraron en contacto con el español, los que además tenían una organización expansionista.

La multiplicidad de situaciones y la heterogeneidad cultural es una característica de este largo período americano conocido y reducido al término de "precolonial" dejando en una nebulosa la riqueza cultural del continente.

Sobre esa riqueza accionaron los europeos a partir de 1492.

Con la llegada de los conquistadores se inició un exterminio que arrasó con 90 millones de pobladores de la región y quebró el desarrollo cultural de este lado del Atlántico.

Un mundo que fue invadido por el apetito imperial y la soberbia eurocentrista, y sumió en la desolación la cosmovisión milenaria de la vida americana.

Definido primero como "Descubrimiento de América", luego como "Día de la Raza", más tarde como Encuentro de Culturas, la llegada de los peninsulares fue, para los pueblos originarios y para la historia universal, una conquista, una invasión, una masacre.

El poder en América comenzó a recorrer el camino de la aculturación, de la evangelización, la colonización, la destrucción de las economías autóctonas, y todo pasó a ser dominio de los invasores, tanto las riquezas naturales cuanto los hombres.

Las riquezas se fueron a la metrópoli y los hombres murieron en los socavones, en el dolor frente a tanta barbarie, en las enfermedades que llegaron de Europa.

Siglos después se abrieron los procesos de independencia con luchas que recorrieron el continente y que fueron lideradas por los criollos, quienes expulsaron a los españoles.

Más tarde, los criollos edificaron los Estados Nacionales pero dejaron afuera a los pueblos originarios, invadieron sus tierras y los persiguieron.

Se imponía una concepción racista al interior de los poderes locales.

No obstante, en las márgenes de esta historia y en medio de la destrucción, de la atomización y del dolor más profundo, hubo permanentes luchas de resistencia.

Y continuaron circulando los valores de las viejas culturas, que se fueron transmitiendo de abuelos a nietos en la más absoluta intimidad y clandestinidad.

"Ser" fue la aspiración que las distintas culturas originarias buscaron en forma subterránea.

Hoy mantienen vivo su origen y su cultura entre 50 y 60 millones de habitantes de Latinoamérica, según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Bolivia, Perú, Guatemala y Ecuador son los países donde la población es mayoritariamente indígena, luego sigue México y Honduras y el conjunto del subcontinente, donde el mestizaje testimonia las huellas originarias.

No obstante, las cifras sobre población indígena son difíciles de precisar por la misma discriminación y negación que sufren los pueblos originarios.

Distintos historiadores coinciden en que el 12 de octubre no hay nada que celebrar, que no se puede celebrar la conquista y destrucción de pueblos.

Coinciden en que el festejo como "acto civilizatorio" -que es la idea que rigió para justificar su conmemoración- niega el valor de la vida humana, desconoce a los pueblos originarios y a los avances en las investigaciones de las ciencias sociales, que revelan "la otra historia".

Los pueblos originarios contemporáneos fueron los primeros en oponerse al festejo del 12 de octubre y organizaron un contrafestejo el día anterior como el último momento de libertad.

Como parte del contrafestejo, los reclamos por sus derechos vienen de lejos, la tierra, los recursos naturales, la identidad, la lengua, y abarcan todo el territorio latinoamericano.

Editado por María Elena Sánchez a las 03:13 PM | Palabras: [ 663 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 12 de Octubre de 2005


Este día sigue siendo polémico

Año a año nos sentimos comprometidos a decir algo sobre el famoso feriado del Día de la Raza. O, por lo menos, acercar algún escrito como para que la polémica no se olvide.genocidio.jpg
Hoy, todos los medios, se hicieron eco de un informe de Telam. Pego un artículo de La Nación completo porque, seguramente, en unos días nos costará trabajo encontrarlo. Es sólo para que empiecen a leer sobre el tema.


Controvertido artículo de la agencia oficial Télam considera la conquista de América el mayor genocidio
Varios historiadores expresaron su asombro

Por Susana Reinoso
De la Redacción de LA NACION


Un despacho de la agencia oficial de noticias Télam consideró ayer que la conquista y la colonización de América, de cuyo descubrimiento se conmemoran hoy 513 años, fue “el genocidio más grande de la historia”, y que “con la llegada de los conquistadores se inició un exterminio que arrasó con 90 millones de pobladores de la región y quebró el desarrollo cultural de este lado del Atlántico”.

El cable señala también que la cultura existente en estas tierras antes de la colonización “fue invadida por el apetito imperial y la soberbia eurocentrista y sumió en la desolación la cosmovisión milenaria de la vida americana”. Y que “distintos historiadores coinciden en que el 12 de octubre no hay nada que celebrar, que no se puede celebrar la conquista y destrucción de pueblos”.

Firmado por la periodista Marta Gordillo, el artículo tuvo dos controles dentro de la agencia. El de la editora de Información General, Roxana Barone, según informó ayer la agencia, y uno posterior en la mesa de edición, cuyo autor no pudo ser identificado por LA NACION, pero que responde a las iniciales “jfp”.

Cuatro historiadores consultados por LA NACION –Félix Luna, María Sáenz Quesada y Enrique Mayochi– expresaron su asombro por la versión recogida por el artículo de Télam y le asignaron una posición más próxima al alegato político que a la mirada histórica.

LA NACION preguntó al presidente de Télam, Martín Granovsky, si la opinión reflejada en el cable es suscripta por el gobierno nacional, cuáles son las razones por las que la agencia ha puesto de relieve esta versión de la historia y si la autora de la información era historiadora.

Por correo electrónico, respondió textualmente: "El cable que usted menciona está firmado por Marta Gordillo con su nombre y su apellido completos, un hecho que, como usted sabrá, es poco habitual. El texto representa, pues, la opinión de Marta Gordillo, que trabaja como periodista en Télam. Aprovecho para informarle que la función de Télam no es actuar como agencia vocera del Gobierno, sino como agencia pública. Le informo también que en los regímenes democráticos como el argentino escriben o hablan de historia los ciudadanos, sean funcionarios o no, y no los Estados como tales. Las historias oficiales, cerradas y únicas son típicas de gobiernos autoritarios".

LA NACION consultó también al vocero del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y al subsecretario de Cultura de la Nación, José María Paolantonio, pero no hubo respuestas. El secretario de Cultura, José Nun, viajó anteayer a París, con motivo de una reunión de la Unesco, y no regresará hasta el 21 del actual.

La visión de la historia

En otro párrafo, el cable informativo destaca que "el poder en América comenzó a recorrer el camino de la aculturación, de la evangelización, la destrucción de las economías autóctonas, y todo pasó a ser dominio de los invasores", y que "las riquezas se fueron a la metrópoli y los hombres murieron en los socavones, en el dolor frente a tanta barbarie, en las enfermedades que llegaron de Europa".

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Con sorpresa, el profesor Mayochi dijo: "Es una contradicción evidente que el gobierno de la República declare feriado el 12 de Octubre, en recuerdo de un hecho auspicioso, y la agencia oficial transmita un artículo que se opone a esa celebración. ¿Por qué se celebra el 12 de Octubre entonces? ¿Porque fue un hecho auspicioso o porque fue un genocidio? Esa información contradice los fundamentos del decreto que fijó el feriado".

Para Sáenz Quesada, la visión de Télam "es parte de una distorsión del pasado que se ha hecho en otras épocas. Es absurda, porque se refiere a un acontecimiento del cual surge la América tal como es hoy. Se trata de una visión politizada de la historia, que poco tiene que ver con la historia y sus circunstancias, y mucho que ver con el alegato político. El asunto es más serio porque no se trata de la visión de una entidad indigenista, que defiende los derechos indígenas, sino de una agencia oficial de noticias".

Agregó que "somos americanos y descendemos de un encuentro entre las culturas milenarias aborígenes y las culturas europeas. Este es un continente mestizo, y para entender nuestros problemas actuales no alcanza la sola visión indigenista ni la sola visión europeísta".

Para Sáenz Quesada, "en un país que habla español y cuyas ciudades se organizaron de acuerdo con la cultura hispánica, una versión como la comentada parece una forma ridícula de ejercicio del poder de comunicación oficial".

Por su parte, Félix Luna precisó que la versión apuntada "es sesgada y unilateral. Por supuesto que, al hablar de conquista, hubo violencia y crueldades, pero decir que fue el mayor genocidio de la historia es una exageración, y me asombra".

En tren de destacar lo que la cultura hispánica dejó en América, el historiador señaló: "Desde el caballo hasta la fe cristiana y, fundamentalmente, la lengua. El artículo está fuera de lo que puede esperarse de una versión oficial de la historia".

También el historiador Cortés Conde puso de relieve que "las muertes ocurridas durante la conquista española no fueron una instrumentación generalizada que tenía por meta destruir la población indígena al estilo de Hitler, por eso no fue un genocidio. Esa versión periodística que usted señala es un disparate y un desconocimiento de la historia; es simplemente panfletaria".

Agregó que "durante la conquista hubo mortandad por diversas causas, entre las cuales se hallaban la alimentación y el cambio en el sistema de trabajo. Hay toda una discusión de historiadores al respecto. En el mundo de esa época, los conquistadores maltrataban a los conquistados, pero no tenían la deliberada intención de eliminar una cultura".

Aclaró también que en el período precolombino "el tipo de dominación llevaba a matarse los unos a los otros, porque no había capacidad de sostener el aumento de población y la gente seguía reproduciéndose. Había más población que recursos".

La información, que ayer sorprendió a los historiadores, refleja también que entre 50 millones y 60 millones de habitantes descendientes de etnias originarias de América mantienen vivo su origen y su cultura, según datos de la Organización Internacional del Trabajo.


Editado por María Elena Sánchez a las 11:01 AM | Palabras: [ 1120 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 11 de Octubre de 2005


Noticias, crónicas, blogs

En la misma edición de La Nación de la cual Male rescató los relatos de Mastretta y Pérez Reverte, yo encontré otras historias.

El hombre labura de bloggero sus 6 horas por día y por ahora su eficacia comunicativa se va traduciendo en dólares destinados a la proyección geométrica de la blogosfera. El periodismo en la red ya es noticia dentro del periodismo "de papel" y fiel al estilo de las noticias de papel, al menos por ahora, se describe con cifras, con información cuantificada.

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Luego tenemos a los blogviajeros que relatan sus viajes con palabras y con fotos. Pero también lo noticiable se mide con cifras: las consultas sobre los viajes a Cuzco merecen citarse sólo porque son muchas.

Estas noticias que quería compartir con los habitantes de la página me produjeron una asociación: en las dos se menciona directamente o no que el bloggear parece que tiende a integrar varios recursos como la conversa, el correo y la publicación electrónicos, lo cual suena parecido a esto del aula integrada que hablábamos en el congreso de la Educared. ¿Será parecido o viene por otro lado? ¿Qué dicen ustedes?

Aparte de estas asociaciones , me llama a pensar - o más bien a interpelar- lo siguiente: Nosotros nos inclinamos siempre más por valorar la investigación cualitativa en tanto ese método nos encamina a búsquedas que estimamos nos llevarán a sus vez a hallazgos significativos.

También en este sentido escrutamos el valor del weblog que estamos usando. Ahora, parece que, en otras perspectivas el valor de la cifra cuando hablamos de blogs es determinante. No sólo infiero desde estas noticias sino también desde el hecho que la propia página tiene unos índices apoyados en la cifras y no deben estar ahí porque sí. En fin. Sólo estoy pensando en voz alta y por fin me decidí a escribirlo sin estar tan pendiente de publicar una idea terminada de pensar sino como va ocurriendo. Y como va esperando que otras voces acudan a darle forma a estas inquietudes.

Es una bitácora del pensamiento, chico.

Editado por Ana María Margarit a las 06:30 PM | Palabras: [ 342 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 09 de Octubre de 2005


Prólogo de Ficciones verdaderas

Tomás Eloy Martínez

Ficciones verdaderas. Hechos reales que inspiraron grandes obras literarias. Planeta, Buenos Aires, 2000

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Prólogo

Corregir la realidad, transfigurarla o, al menos, disentir de la realidad, es uno de los deseos centrales del narrador. Pero para que la corrección tenga sentido, debe haber una realidad previa pesando, ejerciendo una fuerza de gravedad, sobre la imaginación del narrador: una experiencia de vida, una lectura, algo que lo excita, que lo saca de quicio. Eso no explica, por supuesto, la densidad literaria de un texto, porque la literatura no es una mera corrección de la realidad, un trazo que altera la imagen original – como los bigotes que los niños dibujan sobre las reproducciones de la Gioconda -. Sino otra realidad, diferente pero no adversaria de la realidad del mundo: un deseo de otra realidad y de otro orden dentro de la realidad, a la vez que un desplazamiento de la realidad hacia el territorio de la imaginación.

Un antiguo saber común supone, con cierta simpleza, que la literatura es el lugar de la imaginación y que el periodismo o la historia son los lugares de la verdad. Los conceptos de representación, de verosimilitud, y lo que Roland Barthes llamaba la ilusión referencial, mezclan los tantos y sitúan la verdad en cualquier parte o en ninguna. La escritura literaria tiende a crear verdades que coexisten con otros objetos reales, pero que no son la realidad sino, en el mejor de los casos, una representación que tiene la misma fuerza de la realidad y engendra una ilusión igualmente verdadera.

La escritura de ficciones es una decisión absoluta de la libertad, pero aún así, no puede moverse fuera de ciertos límites. Para que una ficción tenga eficacia, debe ser creída y, por lo tanto, debe aludir a un mundo que otros comparten, en el que otros se reconocen o cuyas leyes pueden aceptar, como sucede con las obras de Lewis Carroll, con las de Raymond Roussel o con las novelas de fantasía científica.

Si bien toda ficciones una reelaboración de algo real, en el caso de las ficciones verdaderas el gesto de apropiación de la realidad es más evidente y su interdependencia con el imaginario de la comunidad dentro de la cual el texto se produce y con el momento en el cual se produce es, también, mucho más clara. Esa actitud puede no ser deliberada, pero sin duda es inequívoca.

Tal vez sea más fácil entender ese proceso si se comparan las estrategias de la ficción con las de la historia y el periodismo narrativo. El periodismo pone en escena datos de la realidad que la cuestionan pero no la niegan. Puede subrayar algunos acontecimientos nimios por encima de otros acontecimientos resonantes, puede dramatizar detalles triviales, pero siempre es pasivo (o, si se prefiere, siempre es fiel) ante la realidad. Mientras la historia reordena la realidad y al mismo tiempo reflexiona sobre ella, el periodismo convierte en drama ( o en comedia) las notas al pie de página de la historia. En los textos del periodismo narrativo la realidad se estira, se retuerce, pero jamás se convierte en ficción. Lo que allí se pone en duda no son los hechos sino el modo de narrar los hechos.

Por comprensiva y vasta que sea, por más avidez de conocimiento que haya en su búsqueda, la historia no puede permitirse las dudas y las ambigüedades que se permite la ficción. Tampoco, ciertamente, se las puede permitir el periodismo, porque la esencia del periodismo es la afirmación : esto ha ocurrido, así fueron las cosas. No bien la historia tropieza con hechos que no son de una sola manera debe abstenerse de contarlos o dejaría de ser historia.

La ficción se mueve, en cambio, dentro de un territorio donde la realidad nunca es previsible: la realidad no está obligada a ser como hace un instante fue. Todo lo que ahora es así podría ser distinto al volver la página, y sin duda será distinto cuando se lo lea en otro tiempo. Cada novela crea, como se sabe, su universo propio de relaciones, sus crepúsculos, sus lluvias, sus primaveras, su propia red de amores y de traiciones. Ese conjunto de leyes no tiene por qué ser igual a las leyes de la realidad. Su única obligación es engendrar una verdad que tenga valor por sí misma, que sea sentida como verdadera por el lector. Que el lector diga: he aquí otro mundo que se parece al mío, que difiere del mío, pero donde todo está en su sitio. No es el mundo de la historia ni el de los periódicos, pero es un mundo necesario. Sin él, la vida y, en consecuencia, también la historia, serían incompletas.

Toda escritura es un pacto con el lector. En la escritura periodística, el pacto está determinado por el lugar que ocupa esa escritura: ese lugar es el lugar de la verdad. Quien toma un diario o una revista se dispone a leer la verdad. Lo sorprendería que la información fuera otra cosa. En el caso del periodismo y de la historia, entonces, es el medio, el género, lo que decide que allí está la verdad. Para un escritor de ficciones, el lugar de la verdad está en el lugar de la imaginación. Desplaza la verdad hacia donde soplan los vientos de su inteligencia y de sus sentimientos. El Bolívar de Salvador de Madariaga o el de O´Leary son aproximaciones más o menos certeras del Bolívar histórico; pero el Bolívar de Gabriel García Márquez ya no es sólo Bolívar sino también García Márquez.

La mejor definición que conozco de ficción verdadera es la que dio Stendhal en De lámour, una colección de fragmentos publicada en 1822. Allí Stendhal enuncia su célebre “teoría de la cristalización” en este breve párrafo: “ En las minas de sal que hay en Salzburgo se deja caer a veces una rama sin hojas al fondo de un pozo en desuso. Dos o tres meses más tarde, cuando se recupera al rama, está cubierta por brillantes cristalizaciones. Las ramas más chicas, semejantes a las patas de una golondrina, se adornan con innumerables diamantes deslumbradores, y ya no es posible reconocer la rama original. Lo que yo llamo cristalizaciones es la operación mental que extrae de todo lo que la rodea el descubrimiento de que el objeto amado tiene ocultos perfecciones”. Aunque el fragmento alude ante todo a la ilusión del amante, puede leerse también como una explicación cabal de la transfiguración que se opera en un dato trivial cuando un novelista de talento lo rescata para narrarlo a su manera, tiñendo la rama original con los colores del arco iris.

A fines de 1827, Stendhal leyó en la Gazette des Tribunaux los pormenores del juicio contra el seminarista Antoine Berthet, acusado de asesinar a una mujer casada a la que había servido como maestro de los hijos. Tres años más tarde, la crónica del caso salió cristalizada en una novela genia, El rojo y el negro.

Jorge Luis Borges, que comenzó ejercitándose en las ficciones verdaderas porque desconfiaba de su propia imaginación - como Stendhal-, declara en la Autobiografía que sus primeros “cuentos legítimos asumían la forma de falsificaciones y seudo ensayos”. “En Historia universal de la infamia – escribe- no quise repetir lo que hizo Marcel Schwob en sus Vidas imaginarias. Schwob inventó biografías de hombres reales sobre los que hay escasa o ninguna información. Yo, en cambio, leí sobre personas conocidas, y cambié y deformé deliberadamente todo a mi antojo.”

Uno de los propósitos de aquellos ejercicios era complacer al público. “Esos relatos-advierte Borges- estaban destinados al consumo popular en las páginas de Crítica y eran deliberadamente pintorescos.” En el periodismo, todo texto está al servicio del público. En las ficciones verdaderas, hay una mutua complicidad entre el autor y el lector, un diálogo de iguales, en el que aquél expone todos los sentimientos , modos de ser, rumores y culturas que ha recogido de su comunidad como un espejo con el cual el lector acabará identificándose porque las experiencias a las que alude el texto literario son reconocidas por el lector como propias o como el eco de algo propio.

Arthur Miller escribió The Crucible en 1953con la certeza de que la superchería de las brujas de Salem – cuyos procesos tuvieron efecto en 1692 – serían percibidos por el público norteamericano como una parábola sobre el macartismo. La flecha, disparada con toda premeditación, apunta hacia un blanco que está en el imaginario común. Dentro de ese imaginario, la ficción rescata un pasado que ilumina y enriquece el presente. Cuando una ficción verdadera es eficaz, se parece al laúd suspendido de Béranger. Apenas alguien lo toca, resuena.

Si las ficciones verdaderas reflejan una conciencia plena de la época de producción es porque su origen deriva de hechos que definen esa época. Un determinado episodio de la realidad suscita en el narrador un inmediato interés, acaso no por el episodio en sí mismo, sino por toda la red de significaciones que desata. A veces, ese episodio se convierte, durante años, en una obsesión personal de la que el autor no puede desprenderse hasta que la escribe: el crimen de Berthet en El rojo y el negro, la tragedia después de la boda en Crimen de una muerte anunciada y en Bodas de sangre de Federico García Lorca, el falso atentado anarquista en El agente secreto de Joseph Conrad, el filicidio de una esclava en Beloved de Toni Morrison.

Así también, la civilización de la barbarie que se impone en Los sertones de Euclides da Cunha acabará transfigurándose en la condena a las intolerancias de La guerra del fin del mundo, la novela de Mario Vargas Llosa. En Beloved, la hija asesinada de las crónicas de 1856 sigue resucitando ciento treinta años después porque la esclavitud persiste bajo otras formas.

Todo acto de narración es, como se sabe, un modo de leer la realidad de otro modo, un intento de imponer a lo real la coherencia que no existe en la vida. T todo narrador, a la vez, es una esponja que absorbe lo que ve y lo que lee para devolverlo transfigurado. El relato selecciona imágenes, palabras, órdenes de palabras –Joyce ya dictaminó que en el lenguaje hay sólo un orden posible-, acciones que se dan de otra manera en la realidad. Algo sucede, y ese algo, al conmoverlo de manera íntima, personal, estimula al narrador a producir un relato que no es necesariamente la copia fiel del suceso original, sino – en los mejores ejemplos- la traducción de una atmósfera común a la época y a los intereses profundos de los lectores.

La perennidad de El rojo y el negro tiene poco que ver con el crimen de Berthet. Lo que Stendhal vio en ese crimen fue la destrucción de un orden – el orden esclerosado del Ancien Régime- y la aparición de un orden nuevo, burgués, que permitía la coexistencia en el teatro, en los cafés, en las iglesias y en las salas de lectura, de personajes con poca relación entre sí. Berthet o Julien Sorel eran los lectores de la Francia de 1830: éstos podían reconocerse en la novela de aquéllos.

La declaración de Borges sobre la falsificación de hechos en Historia universal de la infamia acierta con dos de los estímulos mayores de las ficciones verdaderas: llenar un vacío de la realidad, como en el caso de Schwob, escribir lo omitido, plantar la bandera de la imaginación en sitios por los que no se ha aventurado la historia, o bien rehacer la realidad, rescribirla, transfigurando según las leyes del propio deseo o, como bien señala Borges, del placer.

Al primer grupo pertenecen novelas como El general en su laberinto, de García Márquez, La princesa de Clèves de madame de La Fayette, o las novelas sobre Lee Harvey Oswald que escribieron Norman Mailer y Don De Lillo. Ninguna de ellas es lo que convencionalmente se llama novela histórica. Pueden ser más bien consideradas como un duelo de versiones narrativas entre la ficción y la historia o, si se prefiere, una metáfora de la historia: los personajes son ciertos, el trasfondo histórico coincide con el de los documentos, pero la lectura de los hechos es otra.

Siempre la veracidad de un texto se establece a partir de un pacto con el lector. De acuerdo con se pacto, los hechos históricos son como se dicen que son, pero suelen resultar insuficientes para describir la realidad. A la verdad que la historia considera como la única posible, le añade otras verdades, abre los ojos y la brújula de los significados hacia otras direcciones.

Hemigway escribió en el prólogo de París era una fiesta: “Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que antes fueron contadas como hechos”. Esa idea no es nueva. Puesto que las palabras son convenciones, y el modo en que ordenamos los hechos responde a una interpretación de esos hechos, el escritor puede violar esa interpretación y, situándose en el otro lado, en el lado de la imaginación y de la fabulación, descubrir algunas construcciones de la verdad más legítimas aún que las construcciones fundadas en las viejas relaciones racionalistas de causa efecto.

Todos los textos de esta antología son rescrituras de hechos de la realidad. A veces hay en ellos un deliberado apego a los documentos, como en los ejemplos de Carpentier, Vargas Llosa, García márquez, Borges, Defoe, Melville; otras veces, el autor parte de los documentos para crear algo diferente, como en los casos de Flaubert, Dumas y García Lorca. Pero siempre o casi siempre la rama seca del origen sale irreconocible del pozo donde fue sumergida, luciendo los infinitos destellos nuevos de la sal cristalizada.

En teoría, podría ser incluida en este libro toda ficción que, aún de manera no deliberada, reelabora datos de la realidad y se apropia de ellos permitiendo que las fuentes sean reconocidas por el lector. Otras formas de la literatura se obstinan en borrar los trazos pero en ésta la marca es clara, a veces descarada.

De hecho, esta antología podría ser el comienzo de una antología infinita, que incluiría también a Homero y Petronio, a Chuacer y Boccacio, a Don Manuel y Chrétien de Troyes. Antes del romanticismo, la originalidad no era un valor, y no hay casi texto narrativo que no derive de un suceso famoso, de una crónica o de otro libro. Donde aparece Macbeth se podría haber incluido cualquiera de los dramas históricos o de las tragedias de Shakespeare, que derivan de fuentes probadas. Los tres mosqueteros pudo ser sustituida por otra novela mayor de Dumas y Benito Cereno pudo dejar su espacio a cualquier fragmento de Moby Dick o al capítulo de una novela de Dickens.

La lista podría enriquecerse con obras de Jane Austen, Gogol, Thomas Mann, Heinrich Boll, José Lezama Lima e via dicendo. La posibilidad de añadir nuevos textos es infinita, porque no hay casi textos que no deriven de alguna fuente que la paciencia terminará por desentrañar.

La selección en la que coincidimos Jennifer French y yo debe, por lo tanto, más al azar y al placer personal que a un escrutinio definitivo. Jennifer French estaba a punto de completar su doctorado en Literatura Comparada en Rutgers University cuando le referí la idea de Ficciones verdaderas y le propuse continuar una investigación que yo llevaba meses postergando. Su imaginación y su tenacidad fueron decisivas en el hallazgo de algunas fuentes imposibles. Ella sugirió diversos cambios a mi selección original de textos e impuso con pasión a dos de sus autores favoritos, Borges y Conrad. Le debo también el primer borrador en inglés de los prólogos que preceden a cada uno de los capítulos y la revisión de lo que escribí en español.

Las antologías son incompletas por naturaleza, pero ésta lo es más que ninguna. En compensación, tiene la virtud de dejar espacios en blanco que el lector podrá ir llenando cada vez que descubra un dato de la realidad cristalizado en un texto donde ese dato, tal vez trivial, tal vez fugaz, ha sido transfigurado en algo imperecedero.

Nota de edición:

Me encargué personalmente de digitalizar el prólogo que me servirá como inicio al tema. Pero hay que complementarlo con la lectura de alguno de los capítulos donde se desarrollan primero, un resumen de la historia real y, luego, un fragmento de la obra literaria.
Está a disposición de la cátedra. Si Mauri lo devuelve.


Editado por María Elena Sánchez a las 06:23 PM | Palabras: [ 2741 ]
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Dos relatos

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Hoy aparecieron en La Nación dos relatos que pueden servir para trabajar narración. Ambos tienen muy buenas descripciones.

De viaje por Ángeles Mastretta

El niño del tren por Arturo Pérez-Reverte

Editado por María Elena Sánchez a las 05:53 PM | Palabras: [ 30 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 20 de Septiembre de 2005


POEMAS

flores.jpg En el día de los novios, de la primavera, les acerco unas poesías de Virginia Piacentini, ex alumna de Redacción quien resultó finalista del "IX Certamen Literario Internacional de Poesía y Narrativa" organizado por la editorial Nuevo Ser, de Capital Federal. Siete obras de su autoría integran la antología "La nueva Literatura de Habla Hispana"

CUANDO TE VUELVA A VER

El aire se teñirá de jazmines.
El cielo se vestirá de tu cobriza tez.
Serán cercanos del mundo los confines.
Cuando te vuelva a ver.

Cuando te vuelva a ver
no habrá para los cuentos fines
porque sé que cuando éstos terminen
ya nada mágico podrá ser.
Cuando te vuelva a ver
tendré estrellas en mi pelo, miles.
Y el cielo con sus manos
cubrirá tu desnudez.

Tendré entonces alas
y me iré a volar contigo.
Mientras con tus caricias,
rayos de luna, te encargas de mi piel.
Y, ebria de tus besos,
murmuraré en tus oídos
que siempre te he amado
y que he estado esperando
volverte a ver.

Cuando te vuelva a ver
se bañará de plata mi pecho
y de oro mi corazón,
porque no querré que encuentres
otro refugio
ni siquiera en brazos de Dios.


PARA QUEDARME EN TI

Para quedarme en ti
dormiré en tus pupilas,
te daré mil mañanas,
me haré de espuma
para acariciar tu bahía.
Seré coral enamorado
de tus algas marinas,
te daré mil ilusiones
para hacer tu alma mía.

Para quedarme en ti
acunaré tus sueños,
seré sombra y piel de tu cuerpo,
para que sepas que sin ti
no soy, no estoy,
me muero.

Para quedarme en ti
haré tuyo el pensamiento,
clamaré en nombre de Dios tu nombre,
no dejaré tu puerto.
Seré cielo para tus tierras,
seré las olas de tu océano,
me haré de caracolas
buscándote en el viento.
Porque para quedarme en ti
mi corazón soñará despierto
y haré del tiempo del amor,
de tu alma, el tiempo.

Editado por Victoria Arrabal a las 09:09 AM | Palabras: [ 328 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 13 de Septiembre de 2005


Sobre la Universidad

Chicos estudiando.jpg

Hoy encontré esta nota a Christian Ferrer sobre la Universidad en Argentina en el diario "Página 12" y me pareció interesante para compartir y reflexionar.

“Es preciso promover una suerte de eros asociado al conocimiento”
El ensayista Christian Ferrer sugiere pensar una universidad vital, que no se limite a formar “cerebros” cuyo destino es la fuga.
Por Javier LorcaFrente a la mirada que victimiza a la universidad argentina, desbaratada a bastonazos hace 39 años y ajustada desde los ’90, entre otras calamidades que configuran el “relato de un martirologio”, Christian Ferrer, sociólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), sugiere “prestar atención a la notable vida existencial” que habita las facultades y propone una erótica vinculada al saber para “construir una institución vital”, cuyos estudiantes y egresados no tengan como única meta la carrera individual y su habitual corolario, los cerebros en fuga. El planteo de Ferrer –esbozado en un debate que organizó el Plan Fénix– comienza pensando la universidad desde ciertas metáforas encarnadas por la comunidad académica. Página/12 le preguntó por qué.
–Los modos en que una institución se imagina a sí misma dicen mucho acerca de sus mitos, sus potencias y sus temores. Es habitual entre nosotros el lamento por la universidad de “excelencia” perdida hace 40 años, por la universidad “comprometida” desbaratada hace tres décadas, y por la universidad “sometida al ahogo presupuestario” de la última década y media. Es el relato de un martirologio, verdadero sí, pero riesgoso si solamente es enfatizada la condición de víctima.

–¿Qué otra mirada se puede ensayar?
–Prefiero prestar atención a la notable vida existencial que prospera en la Universidad de Buenos Aires, a su capacidad de supervivencia ante condiciones adversas, a su continua resurrección contra todo pronóstico, a la entrega casi física de sus profesores y alumnos más allá de retribuciones dignas o indignas, y a su labor de difusión cultural y política hacia la comunidad. La universidad no sólo forma profesionales o produce conocimiento, es también una “idea” que se encarna en vidas esforzadas y promotoras de curiosidad por lo humano. Si se descuida este aspecto, sólo se acentúa la frustración a la vez que opaca, incluso para sus propios integrantes, la consideración de su energía y sus recursos vitales. Promover la ilustración cultural de la Nación es una de sus misiones, porque la misión de una “casa de estudios” superiores no se condensa únicamente en laboratorio y evaluaciones. En un microscopio o en una “ficha” bibliográfica tintinean reservas espirituales.
–¿Qué imaginarios están tras las ideas que elige como exponentes de la historia reciente: la universidad de excelencia (tras 1955), las metáforas de la interrupción (1966) y la reconquista (1983)?
–La “interrupción” y la “represión” de sus momentos cumbre o felices son palabras grabadas a fuego en la memoria universitaria. Luego de 1984 la épica reconstructiva fue el móvil de los miembros de la comunidad académica, conscientes de la necesidad de dejar atrás el frío glacial y oscuro de los años de dictadura. Por entonces, la “refundación” de la UBA era una consigna que se acompañaba de un contexto de entusiasmo político y de frescura, diría, un poco ingenua. Pero los ’90 fueron años frustrantes y confusos.
–¿Por qué?
–La universidad se percibió “sitiada” y acosada. A la vez, y gracias a la “convertibilidad” monetaria, fue una época de mucha circulación de graduados y profesores hacia posgrados del exterior, de búsqueda de contextos tranquilos y pudientes para desarrollar carreras académicas en laboratorios y campus de Europa y Estados Unidos, y de expectativas malogradas. Curiosamente, la “resistencia” universitaria a los planes presupuestarios del gobierno de Menem convivió con los “incentivos” a los investigadores y con cierto “desamor” por la propia institución, plagada de rencillas insensatas y de dirigentes estudiantiles acoplados a partidos políticos cuyos cimientos crujirían en poco tiempo. Encima, las metáforas dominantes sobre la “inevitable” globalización, que se acompañaron de jergas teóricas estériles, tampoco ayudaron a pensar la tormenta que se cernía sobre el país ni a percibir el daño institucional interno. Las respuestas académicas a la idea de globalización, hoy en retirada, fueron mayormente defensivas, y no excesivamente imaginativas, quizás demasiado obsesionadas con los aspectos económicos y políticos de la cuestión, tanto como fascinadas por las actualizaciones tecnológicas de la época.
–Con la crisis de 2001, advierte la recuperación de una metáfora, “la fuga de cerebros”, ya aparecida en 1966 y 1973/4. ¿Por qué persiste, a qué cualidades de la sociedad se anuda?
–De la metáfora de la “fuga de cerebros” suelen realzarse sus condicionamientos negativos, es decir la pobreza presupuestaria, las volubles o inexistentes políticas científicas y las interrupciones institucionales del pasado. Pero raramente se analizan algunos condimentos de la “mentalidad” de muchos emigrantes que ha sido formateada por el propio sistema universitario argentino. Aludo a la idea de “carrera individual”. La universidad argentina forma excelentes “cerebros” cuyo destino es necesariamente el exterior, pues la posibilidad de obtener subsidios sustanciosos para investigación en el país es casi una fantasía, salvo en algunos nichos específicos. De modo que la tentación de “fuga” a fin de impedir que la propia carrera académica sea amenazada urge a muchos egresados, quienes a su vez ingresan en los dispositivos “de captación” de cerebros de las universidades del “primer mundo”. Pero la mayoría de los emigrados, en definitiva, sólo consigue un trabajo bien pago. Pocos son los casos rituales de “compatriotas que triunfan en campus del exterior”, que suelen ser celebrados en los diarios. Y aun así, habría que discutir la orientación política y comercial de buena parte de la investigación científica contemporánea, tanto como los criterios de evaluación de la producción científica que se impusieron en los ’90. Por otra parte, es llamativo que personas que pueden haber recibido educación gratuita en los niveles primario, secundario y universitario, e incluso en el jardín de infantes, se imaginen como emigrantes potenciales hacia “centros de excelencia” cuyo lema no es precisamente la gratuidad.
–¿Cómo aportar a la construcción de otro imaginario que no empuje a la fuga?
–Bueno, brotes de una épica existencial existen en nuestra universidad. Pero si se desea construir una institución vital no alcanza con enfatizar el rol de la universidad de proveedora de títulos profesionales para el mercado de trabajo o de productora de saberes. Es preciso promover una suerte de “eros” asociado al conocimiento. El entusiasmo de un estudiante o de un profesor se marchita si su energía se desgasta en rutinas o en continuos combates por mejorar su sueldo. Una erótica ilustrada, no desgajada de las condiciones espirituales que nos tocaron en suerte a los argentinos actuales, sería la savia imprescindible para la universidad, y también para su dignidad.

Editado por Cecilia Reviglio a las 03:34 PM | Palabras: [ 1103 ]
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Rosario, Santa Fe, Argentina, 10 de Septiembre de 2005


Los titulares de mañana

En el diario La Nación de hoy, aparece un artículo que está relacionado con los temas planteados en las entrevistas que realizó Fernando Irigaray y que aparecen en el post previo.


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Caricatura: Alfredo Sabat en La Nación del sábado 10 de setiembre del 2005


Los titulares de mañana
Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION


HIGHLAND PARK, N. J.

Los últimos tres días de agosto, en la candente ciudad de Monterrey, al norte de México, un centenar de periodistas de las Américas y de España se reunió para discutir sobre lo que puede pasar con la profesión en las próximas décadas. El encuentro siguió a otro, que la Fundación para un Nuevo Periodismo había organizado en Cartagena y Bogotá a finales de junio, y las conclusiones fueron, en los dos casos, tan inesperadas como diversas.

En el seminario de Colombia coincidieron teóricos lúcidos como Jean-François Fogel, el director de la edición virtual de Le Monde, de París; Joaquín Estefanía, director de la escuela de periodismo de El País, de España, y Jon Lee Anderson, el célebre corresponsal de guerra de The New Yorker. En Monterrey, las figuras centrales fueron Gabriel García Márquez y el dibujante rioplatense Hermenegildo Sábat, que ganó este año el gran premio de la Fundación por su trayectoria profesional.

Quizá la más notable de las ideas que se enunciaron durante esos días, aunque no la menos evidente, es que Internet está cambiando el periodismo, a tal punto que la información no es ya controlada sólo por los medios sino, más bien, por los usuarios. Mientras la mayoría de los grandes diarios tiene que hacer esfuerzos formidables para que sus cifras de venta no caigan aceleradamente, ciertos sitios virtuales, como el de Ricardo Noblat, en Brasil, logró más de un millón setecientos mil conexiones únicas en agosto, con un promedio de doscientos mil lectores asiduos por día.

Noblat era un periodista sin prestigio y un desocupado crónico. La desesperación -o la desesperanza- lo indujeron a abrir un boletín informativo personal -lo que en la jerga virtual se llama blog- tan influyente que algunos periodistas de Veja y de O Globo suelen pedirle que los mencione en sus informes para captar más lectores. El éxito de Noblat demuestra que cualquier reportero con talento e imaginación podría ahora convertirse en un empresario respetable y afortunado casi de la noche a la mañana. Algunos de esos blogs sirven como herramientas de propaganda a políticos astutos.

Cuantos más lenguajes nuevos aparecen, más grietas amenazan a la prensa. La decadencia no se debe tan sólo a los cambios técnicos y a las embestidas de la radio, la televisión e Internet, sino, sobre todo, al abismo que se ha ido abriendo entre esos medios y las necesidades de sus lectores. A lo largo de muchas décadas, los medios tradicionales han forjado un tejido de intereses con el poder político y los anunciantes, y esa dependencia ha creado agendas que a veces se oponen a los intereses del público. Aun medios independientes como The New York Times han sido arrastrados por el vértigo y se han visto obligados a imaginar formas de comunicación alternativas, como el periódico gratuito que el Times ha empezado a distribuir en estos días.

Si bien la radio y la televisión son ahora los canales informativos más usuales en América latina, ambos lenguajes se preocupan abrumadoramente más por impresionar que por informar a los ciudadanos. En muchos casos, están en manos de comunicadores improvisados, que se dirigen a sus audiencias como si la compusiera una mayoría de analfabetos. La televisión, sobre todo, tiende cada vez más a tomar partido en el orden de las ideas, como sucede con el muy conservador canal de noticias Fox.

A Monterrey asistió Aram Aharonian, director general de la cadena TeleSur, que intenta convertirse en el equivalente de Al Jazeera de la América hispana y que, como se sabe, está sostenida por el gobierno venezolano en un 60%, con participaciones menores de Cuba, Argentina y Uruguay. Las objeciones al nuevo canal llovieron sobre Aharonian. Se le dijo que Al-Jazeera, a pesar de que su presupuesto depende del emirato de Qatar, ha dado incontables señales de independencia y que acaso no sea tan fácil para él afrontar las presiones de Hugo Chávez y de Fidel Castro. Con razón, Ahraronian pidió que se le diera tiempo, al menos hasta octubre, para juzgar los resultados de su gestión y aseguró que TeleSur pertenece a los Estados que la pagan, no a los gobiernos. Cuando las voces de escepticismo se volvieron torrenciales, prometió solemnemente que, ante la menor presión oficial o el menor acto de censura, entregaría su renuncia.

Otro curioso intercambio de ideas se produjo entre Carlos Mesa, ex presidente de Bolivia, y Francisco Velasco, director de la emisora FM La Luna, en Quito. Mientras Mesa se quejaba del papel devastador de algunas emisoras irresponsables que contribuyeron a desestabilizar la democracia de su país a comienzos de junio pasado, Velasco se ufanaba de haber convocado a cacerolazos y protestas civiles para derrocar al presidente Lucio Gutiérrez, el 21 de abril último, con el argumento de que las sublevaciones populares son el recurso final contra los déspotas. Velasco suscitó cierta admiración por su verba florida, pero reprobación por sus métodos, aun entre aquellos que disentían del populismo golpista de Gutiérrez.

Aunque los medios audiovisuales y la red fueron el centro de la atención en Monterrey, lo que va a suceder en el futuro con los diarios y revistas se revisó en todos los almuerzos, después de haber sido tema central de reflexión en el seminario de Bogotá. Los medios gráficos no van a desaparecer ni a perder influencia, por supuesto. La exigencia de una mayor calidad narrativa valdrá tanto para ellos como para la radio, la televisión e Internet, que corren con franca desventaja en ese terreno.

Es posible que se vendan menos ejemplares, pero los lectores de diarios tendrán mayor poder político, económico e intelectual. Rosental Calmon Alves, director de la escuela de periodismo de la Universidad de Texas, en Austin, se arriesgó a profetizar que un diario con una venta promedio de 300 mil ejemplares en 2005, venderá cinco veces menos al final de la década, pero al mismo tiempo editará 400 mil ejemplares de un periódico gratuito y tendrá nichos de información dentro de la Red. "El poder de la empresa periodística va a depender de la calidad de su audiencia", dijo.

En Bogotá me tocó reflexionar no sobre los medios, sino sobre el periodista como emisor de información y, sobre todo, como conciencia de su comunidad. Me atreví a esbozar un programa de diez puntos a partir de una charla informal que di a redactores de LA NACION un mediodía de 1998. Al final de la charla, el entonces secretario de Redacción del diario, Germán Sopeña, me entregó un resumen tan generoso de lo que yo había dicho que -me parece- supera de lejos la pobreza de mi lección original.

Con esa lista se dio fin a la reunión de Bogotá. Quiero creer que a Sopeña no le disgustaría verla también como cierre de esta columna.

He aquí el decálogo: 1) El único patrimonio del periodista es su buen nombre. Cada vez que se firma un artículo insuficiente o infiel a la propia conciencia, se pierde parte de ese patrimonio, o todo. 2) Hay que defender ante los editores el tiempo que cada quien necesita para escribir un buen texto y el espacio que necesita dentro de la publicación. 3) Una foto que sirve sólo como ilustración y no añade información alguna no pertenece al periodismo. Las fotos no son un complemento, sino noticias en sí mismas. 4) Hay que trabajar en equipo. Una redacción es un laboratorio en el que todos deben compartir sus hallazgos y sus fracasos. 5) No hay que escribir una sola palabra de la que no se esté seguro, ni dar una sola información de la qu