Ganarse la vida fuera del mercado laboral
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Carlos llegó del chaco cuando tenía 10 años, con su familia. Lo trajo el padre albañil, atraído por el auge de la construcción en Rosario. Ahora tiene 40 años y cuida coches los fines de semana en el bulevar Oroño, a metros de la feria de artesanos. Él también trabajó con el balde y la pala, pero no tiene esperanzas de que vaya a conseguir un nuevo trabajo estable. A veces junta unos pesos, otra come en las iglesias.
Walter tiene 24 años, también cuida coches en el bulevar; tiene mujer e hijo. Sabe dónde conseguir las monedas.
Sebastián es malabarista, tiene 20 años; está en la calle desde que tiene 12 años; vive en carpa a orillas del río Paraná. Quiere viajar, conocer gente. Nunca le pidió dinero a la familia, y nunca robó, cuenta; pero la policía lo molesta constantemente y hasta le quita lo que recaudó en el día para que lo dejen salir.
En la Plaza San Martín, cada lunes y cada miércoles, los productores locales, avalados por la municipalidad de Rosario, instalan carpas y mesas para ofrecer al público su mercancía.
Los fines de semana, desde el Monumento hasta la estación Rosario Norte, los artesanos y anticuarios también exponen su arte y sus productos.
De Lunes a Viernes, en fábricas recuperadas como Mil Hojas, o Carrocerías Dic, los obreros ponen en marcha las maquinas para producir.
Antes de que amanezca, durante el día, y ya caída la noche: los cirujas en carros, en bicicletas, a pie, los chicos que piden monedas junto a las casillas expendedoras de tarjetas magnéticas de transporte.
Son ejemplos, algunos, pocos, de los recursos a los que apelan quienes fueron excluídos por el mercado, el sistema. No hay salario mínimo para ellos; a veces ni siquiera alcanzan ese tope.

