Sol de Noche

La noche es refugio de soñadores, amantes, infieles, laboriosos, noctámbulos, jóvenes – y no tanto- que salen en busca de diversión. Además, oculta – aunque se pueda apreciar a simple vista- almas taciturnas que descansan en cajeros automáticos, rufianes, policías corruptos e inspectores deshonestos. En la oscuridad de la ciudad, se alzan las sombras de las más profundas perversiones, donde hay ciertos códigos, que se respetan a cualquier precio. De la misma forma, se esconde cierta clase de trabajadores/as nocturnos que no figuran en los registros del Instituto Provincial de Estadísticas y Censos (IPEC). En Rosario, de noche, es posible que hasta salga el sol.
Basta con abrir las páginas de algunos diarios para leer los avisos que todos los días se publican en la sección Clasificados, en los cuales, cientos de mujeres – y varios hombres - ofrecen servicios sexuales a cambio de dinero, o piden chicas para trabajar “full time”, con o sin vivienda. Y también con excedida reiteración –para la gravedad del caso– se conocen nuevos sitios en donde son reducidas y explotadas sexualmente por mafias organizadas. De los mismos se desprende la historia de Soledad, una joven Chilena, de diecisiete años que, a los quince – victima de una violación - escapo de su hogar, y luego quedó atrapada en una red de prostitución que la introdujo ilegalmente a la Argentina, y la llevó por varias provincias. Hace un año logró escaparse, y hoy trabaja junto a dos compañeras, en un departamento privado, a siete cuadras del Honorable Concejo Municipal de Rosario.
Inocencia interrumpida.
El martes 23 de Julio de 2003, bajo un frío temporal invernal que le quemaba los huesos, y que pudo haberla matado – aunque según ella, “estaba muerta por dentro”- Soledad, huía de su casa en la localidad chilena de Rancagua, apretando en su mano, un Rosario de la Virgen del Carmen de Guadalupe, un pequeño bolso de viaje, cinco mil pesos chilenos que guardaba bajo su cama en un frasquito de manjar (dulce de leche), y una foto de Carmen - su madre - a la que nunca más se atrevería a mirar a la cara por vergüenza. Atrás, quedaban los restos de su niñez, los recuerdos de Mario, su padre (muerto en un accidente carretero), sus amigas, sus juguetes. Ya no los necesitaba, sus sueños de niña se esfumaron la noche anterior, cuando su padrastro la violó salvajemente, aniquilando toda ilusión infantil, creando un profundo sentimiento de culpa, congelando su corazón.
Recorrió en micro, los ochenta y siete kilómetros que la separaban de Santiago de Chile, donde durmió varias noches en la Terminal de buses San Borja, hasta que conoció a Juan Carlos, un argentino que se encontraba en viaje de negocios, y que luego de escuchar una historia inventada, en la que soledad se fugaba por problemas familiares, le ofreció un futuro mejor en la Argentina, trabajando en una empresa de turismo, con un sueldo de mil quinientos dólares, papeles en regla, y hasta obra social. Le dijo que el contingente partía por la mañana, y la llevó a conocer a las otras chicas, que eran alrededor de veinte, de entre catorce y veintitrés años, y de distintas nacionalidades (Colombia, Republica Dominicana, Perú y Chile). El único inconveniente era la edad y los papeles para cruzar, ya que las únicas mayores de eran las Colombianas y las de Perú, pero luego de una abundante cena, quedo claro que el se encargaría de eso.
Y así fue, la mañana siguiente, se repartió el grupo en dos camionetas, casualmente las mayores subieron a la blanca (primera en partir), y las más jovencitas a la gris, con Juan Carlos al volante, que arranco veinte minutos después. Luego de unas cuatro horas de viaje, al llegar a la aduana chilena, con toda la tranquilidad del mundo, el les dijo: “No levanten el avispero, miren hacia delante”. Pero Soledad no pudo evitar llevarse la instantánea de ese momento. Nadie dijo nada. Aunque el rostro apesadumbrado de Juleana - una de las colombianas con la que había conversado la noche anterior – que era detenida junto a las otras mujeres por los carabineros, permanecía en la mente de Soledad. Las habían entregado, junto con el dinero para cruzar la frontera. Al llegar a suelo argentino, luego de cruzar el Paso Internacional de Jama, el otro conductor bajo con un bolso pequeño de la camioneta, a entregar los papeles. Cuando volvió, emprendieron viaje. El bolso quedó, en la Aduana.
El delito más aberrante.
Las esperanzas de un futuro mejor, perecieron en La Banda, ciudad ubicada a ocho kilómetros al norte de Santiago del Estero (Capital). Ese fue el destino, de una parte del contingente, ya que las demás continuaban hacía Córdoba. Allí, se hospedaron en una vieja y gigantesca casona en calle Rivadavia, a solo una cuadra de las vías del ferrocarril. En ese lugar conocieron a Marita, a la que apodaron luego, despectivamente como “La Corchito Quemado” (por su baja estatura, robustez y su tez morena), quien sería su regente y la encargada de ordenar los abusos de todo tipo.
Lo sucedido la primera noche, se convirtió en el guión macabro, de una obra destinada a repetirse durante meses. Tanto Soledad, como las otras nenas, fueron obligadas a consumir drogas, sobre todo, Rohypnol con alcohol y marihuana, para luego ser ultrajadas y golpeadas, al principio por Juan Carlos, los demás cuidadores, y la misma Marita, que las iniciaba sexualmente con aparatos eróticos y luego, las maquillaba para aparentar más edad y ocultar las lesiones dejadas por las golpizas a las que eran sometidas cuando se resistían a atender clientes.
Una vez, moldeadas llegaron los consumidores de nivel. “La mayoría de las veces eran hombres vestidos de traje, de confianza para los jefes, o nos entregaban como parte de pago de favores a los muchachos de la Unidad Regional o a funcionarios”, asegura Soledad.
Para el resto de los parroquianos, estaban las adultas que trabajaban en el bar del centro (Felipe), sobre la calle Belgrano, lugar de reunión para marginales, a sólo dos cuadras de la Unidad Regional. Ellas también eran propiedad de Juan Carlos, que era el dueño del prostíbulo. A las que no tenían fiolo las secuestraban, las inyectaban con cocaína y las mantenían encerradas con una violencia brutal, golpeándolas, torturándolas. Las que aún se oponían a trabajar, desaparecían.
La reclutadora.
Luego de un año y tres meses de sometimiento con sus proxenetas Soledad comenzó, a no sólo prestar servicios sexuales sino a descubrir, puntear y a veces convencer a chicas pobres de La Banda y de Fernández, una ciudad a 50 kilómetros de Santiago, de ingresar al negocio. “Me convertí en marcadora, convencía a otras chicas de acostarse con clientes ricos a cambio de ropa, comida, casa y dinero”, afirmó. Cree que para ese entonces, eran unas cincuenta chicas menores, las que rotaban noche tras noche, hacía Santiago del Estero (Capital), Fernández, Termas de Río Hondo, Córdoba (Capital), y Concepción (Tucumán). Esta es una zona donde abundan los Chineteros, nombre que se le da en Santiago al hombre que anda con chinitas (niñas), las cuales son, en su mayoría de la calle, y que conforman el escabroso circuito de la prostitución infantil y del turismo sexual, que crece aceleradamente debido a las miserables condiciones de vida en el norte del país.
Libertad en especies.
Los últimos dos servicios que realizó en La Banda, fueron en el baño del Club Sirio-Libanés. Una hora, antes había salido a reclutar por última vez. Los clientes eran los dos chóferes del Micro de la empresa La veloz del Norte, que habían parado para comer. El pago de los servicios, fue un viaje a Buenos Aires. Llegó hasta Rosario.
Se bajo a la Estación de Ómnibus Mariano Moreno con solo la ropa que traía puesta. Se dirigió al baño con uno de los chóferes, y trabajo por primera vez en suelo rosarino, para poder pagar algo que comer. Después, entro en un bar, donde ceno, y buscó trabajo en las páginas de un suplemento de avisos clasificados de uno de los diarios locales.
Así conoció a Vicki, una estudiante universitaria de veintiún años que buscaba compañera para un departamento privado en el centro de la ciudad. Esta le dio la dirección, y le dijo que se tome un taxi, que la esperaría en la entrada. Y así fue. Hoy hace un año, que trabajan juntas.
Departamento VIP
La confortable residencia de dos dormitorios, se encuentra a pocas cuadras de la Peatonal Córdoba, y tiene una ubicación privilegiada para este negocio, debido a su cercanía con varias playas de estacionamiento, algo que para los clientes es importante cuando necesitan discreción.
Aparte de Sol y Vicki, también, hay una tercera acompañante llamada Antonella de dieciséis años. Todas, poseen looks diferentes, y son – dentro de los parámetros de este negocio – de alto nivel, o nivel VIP, es decir, las más cotizadas, tal vez, porque a los hombres les atraen más las chiquitas. Las cifras rondan, entre los ochenta y ciento cincuenta pesos por servicio, y dependiendo de la duración y complejidad del mismo. Trabajan de diez de la mañana, hasta las tres de la madrugada del día siguiente.
Nunca tuvieron problemas, para realizar su trabajo, ni tampoco por la edad. Tienen un arreglo con la comisaría Tercera, en el cual, pagan tres mil pesos mensuales, para que atiendan sin inconvenientes, y para protección, en el caso de tener problemas con algún cliente, o cuando hacen un servicio a domicilio.
Lo que no se ve.
Están allí, solo separadas por un llamado telefónico, o unas paredes que ocultan la miseria humana
detrás de un negocio infame, repugnante y delicado. Quizás, la falta de educación, el estado de necesidad, y la falta de contención, sean los factores clave, para iniciar a las niñas en la prostitución. A veces, son sus cuidadores, padres o padrastros, cuando no sus madres. Hay que ser sinceros y entender que no solo existe una prostitución infantil organizada, sino que muchas veces, se da una prostitución barrial, que no por su forma de ser ejercida deja de ser traumática.
Es totalmente repudiable, e inaceptable la prostitución organizada y cuidada por algún infame funcionario, sea este judicial o policial, porque es cierto que aquellas organizaciones que reclutan a los jóvenes o los secuestran para la explotación sexual, solo pueden funcionar con una cierta protección que les de la invisibilidad, y la impunidad para funcionar.
Es por eso, que siempre estarán en un riesgo latente, hoy más acentuado con las nuevas tecnologías, si las mujeres son víctimas de psicópatas informáticos, más aún lo son los niños, que sin la experiencia para detectar a estos sujetos, pueden ser confundidos e inducidos a encuentros que generalmente terminaran mal.
Han proliferado los prostíbulos disfrazados como saunas, spa, o sexy bar, pero que hasta son burdos para disimular sus verdaderos servicios, los hay para todos los gustos y niveles, generalmente los de un nivel alto ofrecen una amplia variedad de servicios y obviamente son donde se encuentran las menores, ya que estos poseen la infraestructura necesaria para la impunidad, cámaras con circuitos cerrados, protección policial, y el burócrata amigo que a cambio de una suma de dinero, avisa cualquier investigación en curso o advierte algún allanamiento.
De los ciudadanos depende el cambio, denunciando y acompañando las denuncias, exigiendo a las autoridades; lo demás es solo un lavado de conciencia personal, los niños necesitan de nuestro compromiso más que de nuestras palabras. Y aunque de esta forma, no se pueda terminar con el siniestro negocio, se estará salvando a muchos de ser víctimas.

