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“El escritor dejó en sus cuentos, la marca de su propia epopeya”

La profesora Hilda Muñoz es la encargada del museo Horacio Quiroga en plena selva misionera. Hace doce años que cumple esta función. Oriunda de Buenos aires se instaló en 1994 en San Ignacio, Misiones, “atraída por la belleza y el encanto de los paisajes”, apunta Hilda.

Minutos después nos invita a recorrer las habitaciones de madera donde se encuentran los tesoros que se conservan del escritor.
Hilda cuenta que “el museo es visitado por muchos turistas, pero principalmente los provenientes de la provincia de Santa Fe” y ello lo corroboramos en los comentarios de las páginas del libro de visitas.
De todos modos, la casa donde habitó Quiroga es la Meca para los amantes de las letras y de la ficción. Una visita imperdible.

-¿Por qué Horacio Quiroga se instaló en ese lugar?

-Quiroga conoció San Ignacio en 1903, como fotógrafo de una expedición a las ruinas jesuitas, encargada por el Ministerio de Instrucción Pública al escritor Leopoldo Lugones, su maestro. Quiroga pisó la selva vestido de blanco, y alterado por el asma y la dispepsia tenaz, su conducta fue exasperante. Por ejemplo, se negaba a subirse a una mula y exigía un caballo. Pero Misiones fue un bálsamo: las enfermedades desaparecieron. Entonces en 1906 compró unas 185 hectáreas sobre el río Paraná y levantó un bungalow de madera con sus propias manos.

-¿La selva fue su mayor inspiración?

-Si. También la selva fue su refugio al huir de un pasado trágico…

-¿A qué se refiere con un pasado trágico?

-Primero la muerte accidental de su padre, a quien se le escapó un tiro de escopeta mientras descendía de un bote, cuando Quiroga tenía sólo 2 meses. La pérdida de dos hermanas, Pastora y Prudencia, que murieron de fiebre tifoidea en el Chaco argentino. Después el suicidio de su padrastro, Ascencio Barcos, delante suyo luego de sufrir una parálisis cerebral.

-¿Aquí se suicida su primera esposa, Ana María Cirés?

-Así es. Quiroga se casa con Ana María en 1909, luego de haber vencido la dura oposición de la familia Cirés. Tras seis años de matrimonio, Ana María se envenena, agoniza ocho días y muere.

-El escritor era muy hábil para los trabajos manuales. ¿Verdad?

-Si. Solía fabricar sus utensillos de uso diario. En esta casa – museo se pueden observar las herramientas utilizadas para trabajar la madera. Algunas se conservan en buen estado. Afuera hay una piragua ahuecada por Quiroga y que la utilizaba para pescar y navegar por el río.

-¿Qué otras cosas se exponen en el museo?

-En las vidrieras pueden observarse algunos ejemplares de sus libros, la máquina de escribir, en las habitaciones las camas de los hijos, la motocicleta que le faltan las llantas, el aljibe, etc.
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-Los libros que usted menciona ¿son ejemplares de la primera edición?

-Algunos son de la primera edición como la selección de poemas Los arrecifes de coral publicada en 1901 y su primera novela Historia de un amor turbio de 1908. No se venden estas ediciones.

-¿Cómo se mantiene económicamente el museo?

-Con el aporte de los turistas, abonando la entrada que cuesta dos pesos, la venta de los libros del autor y de las fotografías que hay en las muestras. También recibimos un subsidio de San Ignacio y las partidas presupuestarias que nos envían del gobierno provincial.

-¿Quiroga vivía de la literatura?

-Viviendo aquí, no. Hasta ese momento, como escritor no hacía un trabajo rentable. Solamente escribía artículos remunerados en Fray Mocho, Caras y Caretas y otros medios periodísticos que lo fueron transformando en un escritor accesible y popular.

-¿Qué otras actividades realizaba aquí el escritor?

-Hacía todo tipo de trabajos: fabricaba carbón, destilaba naranjas, embalsamaba aves, confeccionaba sus zapatos y también tuvo una plantación de yerba mate. Pese al entusiasmo y algunas ventas, no hizo ganancias. Decía: “yo soy agricultor, no comerciante”.

-¿Qué dejó la obra de Quiroga a la posteridad?

-El escritor dejó en sus cuentos la marca de su propia epopeya, y mire ¿Cuál fue la retribución? En sus últimos años, sólo cobró $50 por su cargo de cónsul honorario, fruto de la gestión de algunos escritores amigos ante el gobierno uruguayo. Era cada día más pobre y empezaba a cansarse. Los nuevos intelectuales lo consideraban antiguo. Cada vez le costaba más vender sus trabajos. Había escrito 170 cuentos y el doble de artículos periodísticos. Hacía el siguiente balance: “tengo mi derecho a resistirme a escribir más; si en dicha cantidad de páginas no dije lo que quería, no es tiempo ya de decirlo”.

Horacio Quiroga: entre el enigma y la tragedia.

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