Rosario, Santa Fe, Argentina, 13 de Mayo de 2004


Diálogos sobre LA VIDA y LA MUERTE

Liliana Heker decidió armar un libro de entrevistas sobre la vida y la muerte. Acaba de publicar
el extraordinario volumen Diálogos sobre la vida y la muerte


Aquí queremos reproducir la conversación sosteida con Marcelino Cereijido

Doctor en medicina, biólogo, escritor, fue profesor en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires y director del Departamento de Biofísica del Centro de Investigaciones Médicas Albert Einstein, de la Argentina.


Actualmente es investigador nacional de México, donde reside, y profesor de fisiología, biofísica y neurociencia en el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados (CINVESTAV). Ha publicado, entre otros libros, La nuca de Houssay (una historia fascinante y vital del desarrollo de la ciencia en la Argentina) y, en colaboración con Fanny Blanck-Cereijido, dos libros reveladores: Lavida, el tiempo y la muerte y La muerte y sus ventajas.

La vida y la muerte, ¿están en las antípodas o pueden considerarse partes de un mismo proceso?


Hasta hace pocos años la vida y la muertes estaban realmente en las antípodas: era una tautología pueril decir que si había vida no había muerte o viceversa. Pero hace unos veinte años esa visión del mundo cambió, en lo que considero el suceso cultural más grande de todos los tiempos: por fin se comenzó a entender la muerte. La domesticación del fuego, la invención de la escritura y la desintegración del átomo son chaucha y palito en comparación con el cambio que se está dando en estos días con respecto a la muerte. No exagero, pues hay civilizaciones (por ejemplo los esquimales) que no usan fuego, millones de personas que no saben leer y escribir, y la mayor parte del humanidad no sabe qué es un átomo ni en qué consiste la desintegración, pero todo ser humano, sin excepción, pasado o presente, cuando llega a adulto normal, piensa en la muerte. Y no me estoy refiriendo a que se le despierte una curiosidad meramente intelectual: piensa en la muerte como un serio asunto personal. El más serio, en realidad.


La muerte es el fenómeno biológico más universal, el más característico en todos los seres vivos, y el que tiene prioridad sobre todos los demás. Uno no podría decir: “Esta semana no puedo morirme porque tengo mucho trabajo, porque debo ver al rey, porque
tengo que respirar, digerir, dormir, reproducirme”. La muerte tiene absoluta primacía. Dado que la biología estudia la vida y se consideraba a la muerte como la no-vida, ésta quedaba automáticamente fuera de la disciplina. Lo que vino a trastocar esta visión fue el descubrimiento de que hay genes que permiten a las células suicidarse programadamente, fenómeno al que se le puso el nombre de “apoptosis”.


Para entender la importancia del haber encontrado genes que inducen a una célula a suicidarse programadamente, debemos comenzar por recordar que, cuando un gen confiere una cualidad negativa, es muy probable que sea eliminado. Supongamos un león, que por tener un gen alterado (mutación) es espástico, ciego, tonto o hemofílico. Cuando ese animal dispute con otros leones las hembras para aparearse, como va a estar en inferioridad de condiciones, va a perder, y la probabilidad de que su gen defectuoso llegue a las generaciones futuras será despreciable. Decimos que ese gen no se va a propagar. La inversa también vale: si de pronto surge un gen que confiere una ventaja, va a ser atesorado, legado a las próximas generaciones, propagado, y todos los organismos descendientes de aquel bicho al que le mutó un gen vendrán equipados con el gen-novedad. Por ejemplo, hay genes en el núcleo celular de los alacranes que instruyen la síntesis de una toxina dada, la caribdotoxina. Pero sólo los alacranes la tienen; ni los sapos ni los pumas ni nosotros lo hemos heredado. En cambio, todas estas especies tenemos el gen que instruye la síntesis de la Na,K-ATPasa. Éste sí que ha de ser crucial, porque podemos vivir sin caribdotoxina, como el escorpión, pero no sin la Na,K-ATPasa. El mismísimo escorpión podría vivir perfectamente sin caribdotoxina, pero no sin Na,K-ATPasa. No nos metamos por el momento en el porqué la Na,K-ATPasa es tan crucial, pues no viene al caso. Lo que sí, hago lo que haga ha de ser fundamental, ya que, desde que apareció el gen que codifica la síntesis de Na,K-ATPasa, nunca volvió a haber un bicho que no lo expresara.*


Con estos brevísimos conceptos podremos entender la enorme sorpresa que causó el descubrimiento, en primer lugar, de genes cuya función específica es capacitar a cada célula para que se suicide en cuanto se le indique y, en segundo lugar, de que no existe célula, sea de la especie biológica que sea, desde un renacuajo a un toro Shorthorn y desde una abeja a un canguro, que no los tenga. Los genes que programan el suicidio celular han de ser, entonces, extraordinariamente ventajosos.


Y, por supuesto, surgieron las preguntas de rigor: ¿Cuál será la ventaja tan enorme que ofrece la muerte para que esté codificada en genes tan propagados? ¿La muerte es tan importante que, sin ella, la vida no sería tal y como la conocemos? ¿Qué hacen y de qué sirven, después de todo, los genes de la apoptosis?


La primera respuesta es espeluznante pero sencilla: instruyen la síntesis de proteínas, algunas enzimáticas, que permiten que la propia célula desensamble sus organelas intracelulares, cortajee sus proteínas, haga picadillo sus moléculas de ADN y ARN, digiera sus restos. Pensá en una cuadrilla de demolición: sacan muebles, despegan cables, quitan caños, derrumban tapias. Una de las últimas etapas de la apoptosis equivale auntarse con savora o ketchup para atraer a macrófagos que terminen por devorar los restos y...¡se acabó! No queda el consabido cuerpo del delito. Las células pueden morir de necrosis, como cuando te das un martillazo en un dedo, o te quemás el brazo. Eso no estaba programado. La apoptosis, en cambio, es una muerte normal, como digo: programada, es la Crónica de una muerte anunciada en el lenguaje de Gabo García Márquez. Si equiparo la apoptosis con el trabajo de una demolición hecha por expertos, debo decir que la necrosis es equivalente al efecto de una bomba o un terremoto.


Para darte la segunda respuesta recurriré a una analogía. Supongamos que te hiciste una casa y, cuando la vas a habitar, te encontrás con que no podés usar el dormitorio porque están los pintores con sus andamios y escaleras; ni la cocina, porque están los plomeros; ni el baño, porque están los azulejeros, los electricistas y los yeseros. Vos habrías querido que esos tipos, una vez terminado su trabajo, se hubiesen retirado con sus bártulos y herramientas. El arquitecto chapucero no programó que, una vez acabadas sus funciones, los trabajadores se marcharan y dejaran todo en orden. Muchas de las estructuras que tenemos –sobre todo en la vida fetal- resultan ser un paso previo para algo que se construirá después, semejantes a un encofrado, una rampa o un montacargas accesorio para una obra. Por ejemplo, tus riñones son producto del mesonefros, formación cuyas células, en un momento dado, recibieron la orden de activar sus genes letales y suicidarse. A su vez, el mesonefros era producto del pronefros, una estructura anterior que también desapareció porque se le suicidaron programadamente las células que lo constituían.


En algún momento de tu vida fetal también tuviste muñones que eran verdaderos brotes de los que se originarían tus manos y tus brazos. Después, las células que estaban entre tus (futuros) dedos recibieron la orden de activar un “programa apoptótico” y matarse. Gracias a esa muerte no tuviste sindactilia (dedos pegados) y podés digitar. Si no, por ahí seria una campeona de natación pero no podrías usar el teclado. Otro ejemplo: los renacuajos necesitan la cola para desplazarse en el agua, pero cuando ya adultos deambulan por la tierra no la necesitan, les estorba. Entonces, las células de la cola entran en apoptosis. Un último ejemplo: durante el primer año de la vida humana se muere aproximadamente el cincuenta por ciento de las neuronas: esa hecatombe borra circuitos neuronales que ya no se necesitan en la vida posparto, o simplemente elimina circuitos con defectos.


La construcción del cerebro no solamente comporta el ensamblado de la computadora más sofisticada del mundo, sino que es un fenómeno misterioso por varias razones. Por empezar, sus circuitos neuronales tienen orden en las tres dimensiones del espacio: digamos que una neurona necesita crecer cuatro centímetros horizontalmente y después bajar, cruzarse con las que provienen del hemisferio cerebral opuesto, continuar hacia la parte posterior del cerebro, llegar al bulbo, bajar por la médula. ¿Te das cuenta de que ese ensamble implica un orden espacial, un orden que se consigue sobre la base de leyes y procesos puramente químicos que se llevan a cabo en el genoma (colección de genes) y no tienen cómo especificar direcciones en el espacio? Cómo se consigue esto resulta una verdadera incógnita. Lo que ya se logró averiguar de este enigma se explica más o menos así: supongamos que yo, en este bar, soy una neurona y mi brazo izquierdo (que usaremos para representar el axón) recibe la orden de crecer y crecer. Entonces se me alarga el brazo y, cuando voy por aquella mesa ubicada a, digamos, doce metros, leo en mi genoma una instrucción –para hacer una proteína- que difunde por mi brazo, llega a mi remota mano derecha y le confiere la propiedad de reconocer a un mantel blanco y pegarse a él. Si hubiese recibido dicha orden cuando mi mano estaba a sólo tres metros, tocaba el mantel blanco de una mesa distinta. Si por el contrario tardo en leer y ejecutar las instrucciones de mi genoma, y leo el mensaje cuando mi brazo mide ya dieciséis metros, me pasé, ya no voy a tocar la mesa correcta (la que está a doce metros) sino una mesa más retirada, o mi mano saldrá al patio o a la calle, donde ya no hay mesas. Estoy cometiendo flor de error, y la preciosa computadora que es el cerebro no podría funcionar con tanta chambonada arquitectónica. Supongamos que me llega un rayo de luz enceguecedor y yo, en lugar de cerrar las pupilas y los párpados, por culpa de ese circuito mal hecho siento en cambio sabor dulce o el sonido de una campana porque las neuronas que vienen del ojo hicieron un circuito sin sentido con las del gusto o las de la audición.


Advertimos entonces una de las enormes ventajas de la muerte, pues interviene para que mi cerebro esté bien construido. Yo (sigamos con la analogía de que soy una neurona sentada en este bar, y que estoy en pleno proceso fetal de construir un circuito cerebral), al leer los genes de mi genoteca, recibo una orden más o menos así: “Decile a tu brazo que crezca doce metros; cuando tu mano ande por allá, leé el gen con la receta para una proteína diseñada específicamente para pegarse con un mantel blanco, dejala difundir hasta la palma de la mano...y luego, matate. Voy cumpliendo pero, cuando por fin mi mano se pega al mantel (que sería el cuerpo de la neurona que sigue), ella me tiene reservada una sorpresa: me dice “Haz cumplido fielmente: No te mates”. Y se va a pasar el resto de sus días diciéndome: “No te mates, no te mates, no te mates”.Pero bastaría que la neurona/mantel que continúa el circuito se muriera –porque se cortó su conexión que la asociaba al mostrador del bar o al buzón de la esquina, o por cualquier otra razón- para que yo dejara de recibir la orden “No te mates”; entonces yo también me suicidaría porque mi genoma había leído la orden “matate” y ésta no fue anulada. ¿Te das cuenta de que, entonces, el cerebro se autoconstruye correctamente porque cuando sus neuronas se equivocan, se inmolan? ¿Te imaginás la eficiencia que tendría una secretaría de Estado en la que todos los funcionarios se comprometieran a que, si llegan a cometer un error, o si en un momento dado su función deja de ser necesaria, se suicidarán?


Pero la muerte es, además, esencial por otras razones. Recordarás que ya Malthus había señalado que la vida tiene una capacidad tan grande de producir organismos que, de no ser por la muerte, no alcanzarían los recursos y los espacios para que vivan todos los que nacen. Si fuera por la capacidad de producir animales, podríamos dedicarnos a criar gatos hasta forrar en pocos años la ciudad de Buenos Aires, cubrir de vacas La Plata, o de gallinas Bahía Blanca. Pero, en la vida silvestre, los seres vivos luchan entre ellos por el espacio y los alimentos y, felizmente, todos ellos tienen una muerte asegurada. Eso hace que, una vez que hemos luchado por sobrevivir y conseguimos –o no- reproducirnos, dejamos el espacio y los recursos para las próximas generaciones. Es algo así como hacer un concurso de canto. Uno dice: “Bueno, que cada participante cante un par de canciones y después se retire para que podamos probar a los otros”. Si los tipos vinieran y se pasaran todo el día cantando, no se podría probar a muchos. La muerte ha transformado el planeta en un vertiginoso banco de pruebas, y así ha acelerado muchísimo la evolución.


Te doy otro ejemplo: las montañas van por el movimiento terciario porque viven millones y millones de años “sin morirse”; si la vida tuviera una dinámica y una duración similares, actualmente sólo habría organismos extremadamente primitivos de la tercera generación. Probablemente se trataría de alguna pasta metabólica que cubriría gran parte del planeta, una gelatina. Es evidente que la vida no podría haber evolucionado hasta las formas que vemos hoy en día. Si hoy estamos acá sentados, es gracias a esa muerte, que aceleró la evolución.


Finalmente, en lo que atañe a los humanos, hay otra contribución fundamental de la muerte. Todas las especies tienen una estrategia y una herramienta evolutivas. La estrategia humana por excelencia consiste en nuestra capacidad de conocer y en la capacidad de hacer modelos dinámicos de la realidad. Gracias a estas capacidades, el hombre pudo competir con herbívoros que tenían un aparato digestivo tres veces más largo que el suyo y por lo tanto podían comer pasto y digerir celulosa, y competir con carnívoros seleccionados a lo largo de millones y millones de años con mejor olfato, mayor velocidad, fuerza, garras. A mis alumnos, para explicarles de qué manera el sentido temporal, o la capacidad de evaluar el futuro, otorgan ventajas, los invito a pensar en tres jugadores de ajedrez. Uno novato que, cada vez que le toca jugar, dice: “¿Me tocaba a mí? Ay, ¿Qué puedo mover?”, su futuro es una sola jugada; el segundo es un jugador común, que puede prever, digamos, cuatro o cinco jugadas; y el tercero es un gran maestro que, si movés algo menos que perfecto sabe que en treinta jugadas te revienta. Si hacés un concurso de ajedrez, los ganadores van a ser aquellos que pueden escoger de antemano entre una infinidad de jugadas posibles. Por eso se fueron seleccionando aquellos organismos que tienen más y mejor sentido temporal. En cierto momento, ese sentido temporal abarca tanto futuro que se genera un homínido –ya podemos llamarlo “hombre”-, que se da cuenta de que hay un futuro en el que va a estar muerto. Ahora bien, como el ser humano basa su estrategia en el conocimiento, la ignorancia le resulta pavorosa. Cuando digo ignorancia no me refiero a que no sepa cómo salió Boca-River o qué colectivo debo tomar para Banfield. Me refiero a una ignorancia mucho más fundamental. Si vas al cine y el malvado está corriendo a la chica con un puñal, tal vez te preocupes: “Si la llega a agarrar, la mata”, pensás. Pero realmente no te aterrás porque sabés que puede, o no, alcanzarla y tenés un modelo conceptual para entender cada alternativa. En cambio, si ves a una viejita que penetra en un castillo sombrío con una vela en la mano, y de golpe la música se interrumpe y la cámara enfoca una pared, pegás un salto. ¿Por qué te asustás de una pared? Porque se interrumpió el flujo de sentido. Lo que no sabés es qué es lo que tendrías que conocer. El ser humano no puede tolerar el hecho de que ignora. Si hubiera tolerado no conocer, se habría extinguido. Lo que se seleccionó es un ser más bien paranoico que, ante lo desconocido, tiene que prestar atención, investigar, ver qué es eso que no conoce. Pero la muerte pone un último límite a esa capacidad de conocer. Nadie regresó a explicarnos qué sucede después.


La angustia que produce esta ignorancia es tan grande que no hay, ni hubo nunca, al parecer, una civilización que no tuviera una religión, y el componente central de las religiones es explicar, sobre todo, qué ocurre después de la muerte. Puede haber gente que nunca se haya preguntado por la edad del universo, cómo es el átomo o por qué vuelan las golondrinas. Pero no hay, ni hubo nunca, un adulto normal que no se planteara el problema de la muerte. Hasta ahora se habían ocupado de la muerte los dramaturgos, los poetas, los religiosos, los filósofos. Es curioso que nunca se hayan ocupado de ella los biólogos, siendo la muerte el fenómeno biológico más universal.

¿Hay alguna diferencia entre la muerte celular y la muerte de los organismos?


Cuando el organismo es unicelular, su muerte por supuesto coincide con la muerte celular. Cuando es multicelular, no; por regla general el organismo multicelular muere por falta de reparación. Vos te autorreparás. Por ejemplo: tu mucosa intestinal cambia cada cuatro días. No es que cada cuatro días te toque cambio de mucosa intestinal, lo que ocurre es que las células de esa mucosa viven cuatro días promedio; después se suicidan programadamente y son remplazadas por otras. Del mismo modo, renovás tus glóbulos rojos cada tres meses. Pero llega un momento en que dejás de hacerlo. Un elefante tiene seis oleadas de dentición; un tiburón, cada vez que pierde un diente, lo repone. Nosotros tenemos solamente dos oleadas de dentición. Después de esa segunda oleada, no hay más reposición. Esta y otras características nuestras hacen que estemos programados para vivir unos veinte años. Es lo que se estima que duraba la vida humana cuando éramos cazadores nómades, hace unos diez mil años, antes de que ocurriera la revolución agraria, pero diez mil años son apenas un diez por ciento del tiempo de nuestra existencia en el planeta. Hoy vivimos cuatro veces más: ochenta años, y no veinte. A ese período de sesenta años extra que nos regala la cultura se lo llama senectud. Así es, Liliana: si tenés más de veinte años...sos senil. La senectud existe también para los animales: si tenés un gato y lo llevás al veterinario, lo vacunan y le inyectan antibióticos, tu gato está gozando de la senectud que le regala la cultura humana. ¿Tus dientes dejan de cuidarse naturalmente? N importa: hay algo que se llama odontología. ¿No ves bien? Recurría a la oftalmología. ¿Tenés mal la cadera? Te la saco y te ponga una prótesis. Así, las distintas culturas tienen mayor o menor capacidad de emparchar la vida de sus integrantes. Esas reparaciones y emparches dependen del estado de conocimiento, y de cuánta plata tenés en el bolsillo. Pero llega un momento en que hay cosas que todavía no se sabe cómo reparar. Por eso digo que los organismos multicelulares –salvo que les ocurra algo muy drástico, como una cornisa cayéndoles sobre la cabeza- suelen morir por falta de reparación.


MacFarlane Burnet postuló que uno está produciendo células cancerosas durante toda la vida, sólo que, durante la juventud, el sistema inmunitario las reconoce y elimina. Con el paso del tiempo, del mismo modo que nuestras rodillas ya no están para andar saltando, ni vemos con la agudeza de cuando teníamos quince años, a nuestro sistema inmunológico se le escapa una que otra célula cancerosa Los cánceres se dan con muchísima más frecuencia en los ancianos, porque tienen un sistema inmunológico decrépito. Otro ejemplo: hay una manera de reparar y mantener en condiciones las paredes de los vasos, pero cuando el sistema encargado de repararlas ya está viejo, esas paredes dejan de estar en óptimas condiciones y morimos porque se nos tapa una arteria, porque se forma un trombo que luego se suelta y va a ocluir alguna arteria importante del cerebro.

Esto llevaría a suponer que, si se encontrara la manera de reparar siempre lo “averiado”, se podría evitar la muerte.


Lo que pasa es que, como digo, no siempre la cultura sabe reparar lo averiado. Por ejemplo, no sabe cómo salvarte de un mueroblastoma un cáncer de hígado detectado tardíamente. Hubo muchas circunstancias que pospusieron la comprensión de la muerte y una es ésta: si todos los seres humanos nos muriéramos de lo mismo, la pregunta sobre qué es la muerte se centraría en qué es eso en común que nos estaría haciendo morir a todos. Pero el hecho de que alguien muera de un cáncer y otro de una hemorragia, un tercero de una inflamación y un cuarto de vaya a saber qué, llevó a los investigadores a una actitud similar a la del tipo que se entera de que un amigo suyo murió en un choque: “Si no hubiera ido a Mar del Plata...”. O, si el amigo murió de un infarto: “Yo le dije que se cuidara el colesterol”. En principio, todas las causas de muerte son evitables y eso deja la sensación de que, si se la hubiera previsto, el organismo seguiría viviendo. Pero la verdad es que no existe la muerte por vejez: todos se mueren de lago anormal. He ahí la paradoja: lo normal es morirse de algo anormal. Antiguamente, si un señor tenía noventa años, había estado cenando, cantando y diciendo chistes, después se había ido a dormir y a la mañana lo encontraban muerto en la cama, decían que se había muerto de viejo. Hoy, que las autopsias son más eficientes, se constata que no hay un solo caso de muerte por vejez. Si le hacés la autopsia a un señor que murió a los ciento diez años, va a encontrar que se le paró el corazón, o se le rompió un vaso del intestino, o tenía un tumor pulmonar. El hecho de que uno siempre se muera de algo, de que ese algo sea anormal, y de que no se registre la misma anormalidad en todos los cadáveres, llevó a pensar que, si esa patología se hubiera detectado a tiempo, se habría podido evitar la muerte. Pero no se puede: si una persona no se muere de esto, se va a morir de otra cosa.

¿Cuándo se considero que un organismo ha muerto? ¿Se puede establecer un límite categórico entre la vida y la muerte?


En ciertos casos, sí. Si a un tipo lo agarró un tractor y lo dejó de un milímetro de espesor, podés empezar a velarlo con toda confianza. El problema es que no siempre la muerte es tan nítida. Un señor visita la tumba de otro que murió hace cinco años, y resulta que el primero vive gracias a que el de la tumba le donó el corazón. Si uno dice que una persona está viva mientras le lata el corazón, entonces el de la tumba está vivo, porque su corazón está latiendo en el pecho del visitante, y el que lo mira está muerto porque su corazón fue arrojado a los gatos cuando hubo que cambiárselo. ¿Ves cómo la realidad supera a veces a la fantasía? No sé si ya habrá alguna novela de un trasplantado que vive en su casa con su corazón original en un frasco. Tal vez una versión moderna de Hamlet que diga “Ser o no ser” con esa víscera en la mano.


No sé si oíste hablar de las células HeLa. El nombre viene de Helen Larsen, una mujer que murió de cáncer de útero hace medio siglo. El cultivo de las células de aquel cáncer fue uno de los primeros que se logró establecer, y las cédulas descendientes se siguen usando por todo el mundo para llevar a cabo experimentos. Sospecho que ahora hay muchas más células HeLa que cuando vivía Helen Larsen.


Por otra parte, y dejando de lado las definiciones legales con respecto a cuándo se considera que alguien está muerto, lo que hoy hace la cultura para mantenernos vivos está creando problemas éticos y económicos descomunales, y no se requiere mucha futurología para vaticinar una crisis a corto plazo. Para ligarlo con lo que te decía sobre la senectud: si puedo hacer algo para arreglarte los ojos, las articulaciones, la sangre, el corazón, si te hago un bypass, si te doy un antibiótico, lo que en realidad estoy haciendo es no dejarte morir. Por eso en este momento se están llenando los asilos con ancianos de ochenta o noventa años que no saben quiénes son, ni por qué están ahí, ni cómo se llaman, ni reconocen a sus hijos cuando los visitan. Sienten frío aunque se abriguen y pueden padecer dolores que ya no responden a los analgésicos, no controlan sus esfínteres, se hacen todas sus necesidades encima. En los momentos de lucidez les resulta atroz verse en esas condiciones y entender que el futuro será aun peor; a veces hay que atarlos a la cama para que no se arrojen por la ventana, ya que para ellos mismos es un sufrimiento físico y moral que no pueden, ni quieren, ni ven por qué deben seguir tolerando.


Y ese carnaval, para colmo, cuesta carísimo. Tengo un amigo en México que era único hijo; el papá vivía acá, en Coghlan, en una de esas casas lindas, de dos plantas. Enviudó, se quedó solo. Le dijeron a mi amigo: “Tu papá ya no se maneja sin ayuda. No podés dejarlo aquí”. Se lo llevó a México El hombre nunca se enteró de que estaba en México. Le agarraba una neumonía y los médicos le daban antibiótico y lo salvaban. Su función renal estaba demasiado disminuida y lo iba llevando a la muerte, pero los médicos le hacían diálisis; el corazón ya no le latía correctamente: le pusieron un marcapasos. Duró diez años así. Cuando terminó, mi amigo había vendido la casa; sus hijas tenían los dientes a la miseria, no habían podido costear sus estudios en los colegios que ellas hubieran deseado; él se había divorciado porque su mujer se había opuesto a dilapidar el patrimonio y el futuro familiar para mantener a su suegro en semejantes condiciones. Las chicas no querían dedicar los sábados a visitar a su abuelo en un pueblito remoto; las extorsionaban con “¡¿No vas a acompañar a papá...?!” (a mi amigo), entonces iban. Las enfermeras preferían renunciar y se iban a trabajar a maternidades con ramos de flores en los pasillos, padres a los que se felicitaba, sonrisas. Para algunas, ir a cambiar pañales a señores de noventa años era una condición abyecta que habían aceptado sólo por falta de un empleo menos desagradable. Mi amigo había rogado mil veces: “Por favor, déjenlo morir”. Y los médicos contestaban: “Señor, si lo dejamos morir, vamos presos”. A eso me refiero cuando te digo que la cultura, la ética en este caso, no está preparada para adelantos científicos de esta magnitud. El envejecimiento, la reparación y la muerte vinieron a crear un problema formidable, porque lo que te estoy describiendo afecta a una creciente masa de la población. Se apela a la ética: “Así consumamos el noventa y nueve por ciento de nuestros ingresos en mantener a nuestros mayores vivos, lo haremos por razones estrictamente éticas”. Ésas son pamplinas para sermones de curas domingueros: lo que cuesta un anciano con sus instalaciones hospitalarias, personal, medicamentos, prótesis, se está haciendo incomparablemente mayor que lo que cuesta un niño con su escuela, maestros y útiles. El sector poblacional de mayores de ochenta años es el que crece a mayor velocidad en los países del Primer Mundo. En poquísimos años la sociedad no tendrá dinero para costear esta situación, independientemente de sus posturas éticas, religiosas o afectivas. Yo mismo me aterro ante la posibilidad de llegar a esa forma extrema de senectud y que las leyes me obliguen a vivir en ese horror para no incomodar a semejantes con principios éticos o religiosos precientíficos. La muerte va a causar una descomunal revolución ética y económica.


La duración de la vida, ¿se puede medir por el tiempo calendárico?


Los biólogos no siempre medimos la edad cronológicamente. Cuando se encuentra un mastodonte que estuvo congelado veinte mil años, se le toman muestras de contenido intestinal y se lo cultiva, por ahí se encuentra una bacteria que logra vivir, digamos, veinte minutos antes de morir. “¡Esa bacteria vivió veinte mil años!” No, vivió veinte minutos hace veinte mil años y veinte minutos ahora, o sea, ochenta minutos en total. De hecho, tengo en mi laboratorio células congeladas hace cinco o diez años y, por así decir, para ellas no está transcurriendo el tiempo. Cuando las descongele seguirán con lo que estaban haciendo hace cinco o diez años, una eternidad para células cuya vida dura normalmente veinticuatro horas.


Esa conclusión, a la que los biólogos lograr arribar recién ahora, parece formar parte habitual de otras culturas, de otras visiones del mundo. Así, en su libro Ébano, Ryszard Kapuscinski narra que ciertos pueblos africanos tienen un sentido del tiempo tal que, si no hacen algo, consideran que el tiempo no transcurre. El transcurso del tiempo depende del cambio, de modo que, si no hay cambio, no hay transcurso de tiempo. Si estás en la estación de ómnibus y sacaste boleto, preguntás a qué hora va a partir el ómnibus. Esa pregunta tan obvia para nosotros no tiene sentido para ellos. “Usted vaya y siéntese; el ómnibus saldrá cuando hayan llegado suficientes pasajeros”. Eso puede ocurrir dentro de una hora o dentro de cuatro. ¿Qué hacen los pasajeros mientras tanto? Nada. Están sentados ahí sin hacer otra cosa que existir, como si no estuvieran viviendo, como si se mantuviera en suspenso hasta que pueda partir el ómnibus. Es como si sus mentes se guiaran por un tiempo biológico. Nosotros, en cambio, hemos perdido la capacidad de no hacer nada. La escritora Susan Hertz comentaba: “Millones de personas que anhelan la inmortalidad no saben qué hacer con sus vidas en el atardecer lluvioso de un domingo”.

En tu libro. La muerte y sus ventajas citás dos teorías que intentaron explicar los fenómenos del envejecimiento y la muerte: la de Otto Bütschli, quien postuló la existencia de un fermento vital (Lebenferment), que se iría diluyendo con el crecimiento normal y el reemplazo de las células hasta que, al agotarse, ocasionase la vejez y la muerte; y la Abnutzungstheorie de August Weisman, según la cual los organizadores mueren porque, simplemente, se gastan y se rompen. ¿Qué hay de aceptable en una y en otra?


Bütshli y Weisman fueron pioneros en el estudio científico de la biología del tiempo. La idea del primero tendría una analogía en el señor que deja su fortuna a cuatro hijos, quienes a su vez la dividen en diez nietos y éstos en veinte biznietos, de los cuales ninguno trabaja, hasta que la riqueza acaba agotándose (este modo de vivir parece perdurar en petulantes que dicen “Pertenezco a una antigua familia...”, a los que uno tiene ganas de responderles: “Yo en cambio pertenezco a otra que apareció por generación espontánea hace setenta años”). Pero bueno, Bütschli creía que las células tenían una suerte de elán vital, o algo así, que se iba agotando en sucesivas generaciones. Pero hoy se sabe que eso no sucede.

¿Pero vos no escribiste acaso que hay cultivos en que las células van duplicándose un cierto número de veces hasta que mueren?


La cosa es mucho más compleja. Veamos si te pudo dar una descripción en blanco y negro. Nuestros genes están codificados en larguísimos hijos de ADN, enmadejados en cromosomas y apiñados en el núcleo de las células. Cada ovillito termina en un telómero, que viene a ser como esas colitas de lana que delatan los lugares en que la tejedora acabó una madeja y comenzó una nueva. El telómero es la colita de ADN en que acaba cada cromosoma. Pues bien ,se ha descubierto que a medida que las células se van reproduciendo en dos hijas, cuatro nietas, ocho biznietas, se van acortando los telómeros. ¿Te acordás de la oveja Dolly? La habían clonado de la siguiente manera: por una parte tomaron el núcleo de una célula de una oveja, por otro, tomaron una célula especial, el ovocito, le quitaron su núcleo y le pusieron el de la célula tomada de la oveja. Ese huevo generó dos células, después cuatro, ocho y así, hasta engendrar a Dolly. De pronto Dolly empezó a envejecer a toda velocidad, se hizo una oveja senil...porque los telómeros del núcleo que se había tomado para meter en el ovocito era de una oveja madura y ya estaba muy acortados.


Ahora bien, como se conoce la enzima que va acortando los telómeros, hicieron el experimento (en otras células, que no tienen nada que ver con las de Dolly) de silenciar el gen que la codifica con una técnica que no viene al caso. La buena noticia fue que, en efecto, las células a las que se protegió de que una enzima les acortara los telómeros no envejecieron; la mala es que se transformaron en células cancerosas. Vale decir, no produjeron la Fuente de Juvencia ni mantuvieron joven a Dorian Gray, sin oque desencadenaron cánceres.


Aprovecharé algunas de las cosas que te fui diciendo para mostrarte un fenómeno interesante relacionado con las ventajas de la apoptosis y su conexión con el cáncer. Cuando una célula se pone loca y no se multiplica juiciosamente como debe, las otras dejan de decirle: “No te mueras, no te mueras”; o bien le dicen: “Por favor, activá tus programas apoptóticos y suicidate”. Si la célula tiene conciencia social, cumple y se mata. Pero ya se han descubierto cánceres que se deben, justamente, a que una célula enloqueció, pero además dejó de escuchar los mensajes de las vecinas. Es decir no se suicida, sino que sigue adelante y produce un tumor, metástasis, etcétera.

Hay una frase de un biólogo inglés, Richard Dawkins, que vos citás en tu libro**: “Los organismos son meros dispositivos que los genes necesitan y manejan en su lucha egoísta por prevalecer”. ¿Hay alguna razón menos alarmante que ésta para la formación y la evolución de organismos?


Los organismos como el nuestro tienen, por así decir, dos tipos de células: las de la progenie sexual y las somáticas. La progenie sexual da origen a los espermatozoides y los óvulos. Las somáticas son las del hígado, tiroides, riñones, corazón, etcétera. Las somáticas no son más que el aparato auxiliar de las sexuales, las que las llevan a pasear, las alimenta, las mantienen tibiecitas, las protegen, galantean con organismos del sexo opuesto y se aparean para combinar las células sexuales y producir hijos. Para ellos los células somáticas necesitan multiplicarse, armar los diversos órganos, renovar los tejidos. Pero hay trucos con los que el organismo consigue que la multiplicación de estas células somáticas no se salga de control y se transformen en células atípicas, cancerosas. Lo logra disponiendo que cada línea de multiplicación celular (digamos las que renuevan tu piel, tus células sanguíneas, tus células sanguíneas, tus mucosas) sea terminal. Algo así como si dijéramos a nuestros hijos: vos te va a reproducir en dos hijos, cuatro nietos...pero tus tataranietos, de ahí en más, serán estériles, no se reproducirán. Los tejidos tienen células, llamadas troncales, que están archirrestringidas y supercontroladas. Por ejemplo, en tu piel, de pronto una célula troncal se divide en dos hijas, cuatro nietas, ocho biznietas, pero las últimas ya no se reproducen, sino que se descaman y chau, para regenerar la piel hay que recomenzar con la división de las troncales. Es como si de pronto la reproducción de la familia dependiera de que el tatarabuela volviera a recomenzar a tener hijos, porque se desconfía de que alguno de sus descendientes pueda haberse descarriado.


Pero todo esto es motivo de intensa investigación, y siento que con una excusa didáctica te estoy redondeando demasiado las explicaciones, pues hay cosas que se observaron en cierto tipo de células pero en otras no, o no está tan claro. Por ejemplo, te conté lo observado en la oveja Dolly, pero otros investigadores hicieron lo mismo con un ternero, y observaron que no envejecía a la velocidad con que lo había hecho la oveja.

Parecería que todo ser vivo condujera su comportamiento de tal modo de preservar la vida. ¿Hay desviaciones en ese comportamiento? ¿En qué especies y de qué modo se manifiestan esas desviaciones?


Hay muchas dudas y reinterpretaciones al respecto. Por ejemplo, hay unos bichos que, en casos de exceso de población, se tiran al agua y nadan hasta ahogarse. Los que los observaron decían: “¡Qué bárbaro! Cuando sobra población, los tipos se suicidan”. Pero otros estudiaron el fenómeno con más detenimiento y se dieron cuenta de que se lanzaban a nadar por un error de cálculo. Son bichos que, cuando la densidad de animales en su área sube mucho, tiene la reacción de rajarse; así que se largan y nadan hacia otro lugar. O están en un sitio que se ha anegado; entonces, en vez de resignarse a esperar la muerte en su montículo, se lanzan a nadar buscando otro sitio, porque la evolución a lo largo de los años probó que si los tipos se quedan donde están probablemente se ahogarán. Pero resulta que una vez cada tanto les toca un medio o una situación en que el lugar seguro queda muy lejos, no llegan a alcanzarlo y entonces parece que se suicidaran. No se suicidaron. Calcularon mal.


Te cuento esto para que vea que la ciencia enfrenta hechos, o mejor, interpretaciones de hechos con las que no todos estamos de acuerdo. Hay cosas muy locas en el mundo de la vida. Por ejemplo, hay especies de araña en que la hembra le come la cabeza al macho mientras está copulando. Pero el otro no puede para de copular; no tiene historia como para decir: “Yo me acuerdo de que a mi abuelito le comieron la cabeza”. Al macho le dieron ganas de copular y copula, y a la hembra le dieron ganas de comer y come. Después, cuando nacen los huevitos, la araña se los pega a la espalda y los bichos literalmente se comen a la mamá. Son conductas que los animales no pueden elegir. El antropocentrismo lleva a atribuirles a los bichos una concepción del futuro, del mal. Es como decir: “¡Qué vil es la víbora; vive una existencia rastrera!”. Muchas veces no se entiende por qué los animales hacen lo que hacen. Pero nunca es por un propósito de hacer el Mal.

¿Hay alguna razón para considerar la muerte biológica de los seres humanos aparte de la del resto de los organismos vivientes?


Sí, claro que sí. De hecho, el resto de los organismos vivientes no tiene una medicina ni una salud pública. En la vida salvaje no hay senectud. Una golondrina, por ejemplo: o está en perfectas condiciones de volar cinco mil o diez mil kilómetros con el resto de la bandada o se queda donde está y la atrapa el frío y los depredadores la matan. No pueden decir: “Este año no voy a viajar porque ando mal de...”. No. La senectud es un fenómeno de la civilización. Incluso, puede haber senectud entre los animales. Ya te mencioné el caso de un gato al que tu civilización le permite alcanzar una senectud. En la vida salvaje ese gato no se podría jubilar, porque no hay una sociedad de gatos que le permita retirarse y permitir que lo alimenten otros. Y la competencia es terrible. Un león viejo, por ejemplo, es peligrosísimo, porque los otros no lo dejan disfrutar con las hembras y, en el orden para comer, al pobre le toca ser el último. Incluso, en caso de hambruna, se lo pueden llegar a comer los mismos leones. Entonces empieza a caminar detrás de la manada y, aunque prefiere comer cebras y antílopes, llega un momento en que no lo logra y se hace comedor de hombres. Realmente, los leones existen desde muchísimos años antes que los seres humanos, así que no están acostumbrados a comer hombres y mujeres, pero en caso de necesidad...Uno de los dramas que tenían los braceros que iban a construir los ferrocarriles a través de África era que a la noche, en los campamentos, de pronto caían leones a comérselos. Todos eran leones viejos que ya no podían cazar otros animales.


Pero, regresando a lo que te estaba contando: la senectud en la vida salvaje no existe; la competencia es tan grande que si un organismo no está en perfectas condiciones, las circunstancias y la competencia lo liquidan.

¿En qué etapa de su evolución el ser humano parece haber empezado a preocuparse por su muerte? ¿Cuándo fue que su flecha temporal se hizo lo suficientemente larga como para que se le ocurriera la idea “yo me voy a morir como mis abuelos, mis padres y todos los demás”?


Hace por lo menos cuarenta mil años, porque se han encontrado tumbas de Neanderthals que tienen flores y objetos que no parecen puestos al azar, sino que indican una ceremonia de entierro. De hecho, los chicos no tienen la noción de su propia muerte. Para ellos, son siempre los otros quienes mueren. Mi esposa, de chica, tenía la idea deque se morían los padres de los chicos pobres. Lo que pasaba era que, si en una familia se moría el padre, la familia empobrecía. Pero su mente infantil entendía la relación al revés.

¿El tiempo es una variable válida para la actividad biológica o es una mera construcción humana para dar una organización a esa actividad?


Hoy viajás en avión y, en un escueto taloncito, figuran tu nombre, tu número de pasaporte, tu nacionalidad y tu edad. Se trata de algo totalmente nuevo: antes la edad no tenía ninguna importancia. Una persona ingresaba al colegio y sólo acababa cuando había aprendido lo que había que aprender, no cuando tenía cierta edad y aprobaba el último grado. De la misma manera, una persona entraba a trabajar en un taller y primero era aprendiza; después, oficial; más adelante, no sé, sería un anciano que barría las instalaciones. No había jubilación; mientras que podía trabajar, trabajaba. Cuando una mujer era casadera, se casaba, circunstancia que dependía más de las hormonas y de los pretendientes que de cuántos años tenía. O sea que los hechos de la vida no estaban tan reglados por el tiempo. No había compartimentos estancos cronológicos, sino que estábamos más librados a lo biológico.

¿Qué diferencia hay entre senectud y vejz, si es que hay alguna diferencia?


“Senectud”, ya te dije, es ese período de vida que te regala la cultura. Recién estábamos diciendo que un león, si no está en perfectas condiciones de pelearse o de cazar, se muere. Pero en el zoológico puede haber leones seniles. ¿Cómo es un león senil? Tiene mal las articulaciones, los dientes cariados, los genitales atrofiados, su sistema inmunológico apagado, su termorregulación embotada. Entonces le das antibióticos, le ponés aire acondicionado, le das carne picada, le inyectás hormonas. En fin, podés remendar la vida de un león y tener un animal senil. En general, lo senil va junto con lo viejo hasta una edad mucho más prolongada que la que hubiera alcanzado el animal en estado salvaje.

¿El envejecimiento es común a todas las especies?


Digamos que, si vos sufrís un tajo en un dedo, las células de los bordes de la herida se reproducen y el corte se repara. A las mosquitas no les sucede lo mismo; no tiene reproducción celular: lo roto, roto queda. Llega un momento en que son piltrafas volantes; los bichos que se alimentan de moscas van a cazar esas piltrafas antes que a las moscas jóvenes y sanas porque son más fáciles de atrapar. El que estén averiadas coincide con su vejez. Pero no tienen senectud: carecen de una cultura que las emparche.

Los esfuerzos del individuo por mantenerse joven y por sobrevivir, ¿son una característica de esta época? ¿En qué consisten estos esfuerzos?


No son una característica de esta época. Siempre existió la preocupación por no envejecer, por mantenerse joven. Lo que pasa es que George Washington, para que no se le notara que ya carecía de dientes, se había hecho hacer una dentadura de madera (está actualmente en el Smithsonian Museum; allá la podés ver). Más adelante, la gente se habría de hacer dentaduras postizas de materiales más adecuados. Actualmente, muchos de nosotros tenemos nuestros dientes naturales perfectos porque hemos ido periódicamente al dentista y porque hoy en día las cosas que un dentista puede hacer por tus dientes son realmente fabulosas. Supongo que más adelante ni siquiera va a hacer falta ir al dentista para el mantenimiento normal: va a haber alguna pasta dental que te mantenga la dentadura sana y reluciente. Pero la verdad es que, desde siempre, la gente buscó zambullirse en todo charco que se le presentara como la Fuente de Juvencia, o bañarse en leche, como las romanas, o cualquier cosa que los hiciera verse más jóvenes. El famosísimo fisiólogo Brown Sequard se inyectó extractos de testículos de bichos y se sintió tan bien que se casó con una chica joven. Y comunicó sus experiencias –con los extractos, claro- a una academia. Hoy se piensa que el procedimiento no le hizo efecto alguno, pero él se sentía tan bien que su entusiasmo lo hizo vivir como si los extractos hubieran obrado milagros. Lo que se puede hacer actualmente es muchísimo más eficaz. Ni me imagino cómo va a serla cosmética dentro de cien años.


Tengo un amigo, el ingeniero Adolfo Berman, de setenta y seis años, que corrió las últimas seis maratones de Nueva York. A mi abuelo, en cambio, a los setenta y seis años había que sostenerlo de un codo para que bajara con cuidado un escalón. Lo que pasa es que mi amigo toma todas las vitaminas y los minerales que existen y, por supuesto, va a ver al cardiólogo, al oftalmólogo, al dentista, al gerontólogo y a todos los especialistas que el recomienden. Por ahí uno va a un pueblito perdido en las montañas de México y ve a una anciana milenaria pidiendo limosna. Si una averigua, se entera de que la “anciana” tiene apenas cuarenta años. Pero resulta que su piel nunca probó una crema humectante; ella nunca visitó a un dentista, las heridas banales de su piel se hicieron cicatrices desagradables porque no tuvo a su disposición una pomada con antibióticos y cortisona. O sea, ella no fue gozando de esa reparación de la que hablábamos hace un momento, porque no tuvo la cultura ni el dinero necesarios.

¿Qué diferencia hay entre vivir y durar?


El ser humano tiene como herramienta evolutiva el buscarle un sentido a las cosas. Su cultura fue co-evolucionando con la idea de “sentido”. Por eso la falta de sentido enloquece. Nietzsche decía que el que tiene un buen porqué siempre encontrará un buen cómo. Imaginate a un hombre que ha trabajado toda su vida y a los sesenta y cinco años le dicen: “Aquí tiene su retiro. Vaya a sentarse a su casa y dedique el resto de su tiempo a mirar el cielo, a esperar”. Si ese hombre no tiene ningún sostén cultural que lo lleve a leer, meditar, discutir, su vida pierde sentido. Lo único que hace es esperar la muerte. Pero resulta que la vida tiene una economía implacable: si vos te rompés una pierna y te la enyesan, dentro de cuarenta días, cuando te quiten el yeso, va a tener la pierna finita porque tu organismo habrá dicho: “¿Qué pasa? ¿No usás los huesos? Te los disuelvo. ¿No utilizás tus músculos? Me los llevo”. La vida en la Tierra implica que el esqueleto se la pase soportando 60-80 kilogramos del peso corporal. Por eso los astronautas que pasan cinco o seis meses en órbita, bajan hechos unos calamares: su esqueleto no se tiene que oponer a la gravedad y se le reabsorbe por falta de función. Del mismo modo, cuando la gente no usa el cerebro se le embota, se atrofia. Pero para usar el cerebro, el esqueleto y los músculos hay que tener entusiasmo, hay que encontrar un sentido para vivir. Lo otro es meramente durar. Sin sentido no hay entusiasmo y sin entusiasmo no se vive.

¿El hombre acepta la idea de su propia declinación?


Yo tenía una amiga linda, inteligente, llena de entusiasmo. Cuando tenía treinta y tres años, un dentista de sesenta y cinco años se enamoró de ella. El hombre se divorció de su esposa, se casó con la chica, y empezó a usar camisas desabotonadas para que se le vieran los pelos del pecho, se tiñó el cabello, se colgaba crucecitas y anillitos de oro, se compró un bongó, organizaba pachangas hasta la cinco de la mañana, iba a las discotecas y se compró una avioneta. Pero de repente se agotó su entusiasmo por disfrazarse de joven; su manía no le alcanzó para seguir viviendo y le pasó como al retrato de Dorian Gray. Paf, se colapsó, hizo una implosión. Por eso más vale que la edad mental y la edad cronológica no discrepen demasiado. Hay otra gente que goza de sus nietos, toma cursos, hace en la vejez lo que no pudo o no se le ocurrió hacer en la juventud. Comienzan a vivir. Y están los que evitan el contacto con la vejez. Es mi caso. La última vez que fui a una cena de ex compañeros de secundario y vi a mis coetáneos me agarré tal depresión que fui como siete veces al espejo para constatar que no me veía como ellos. Pero, en serio, evito la compañía de gente que sólo habla de enfermedades, de jubilaciones, de que la juventud de hoy está perdida, de glorias pasadas.

¿Te parece deseable la longevidad?


Todo depende de la calidad de vida. Si yo fuera una persona de cuarenta años que tiene una enfermedad terminal y sufriera, no querría seguir viviendo de una manera indigna, fea. ¿Vivir en un pulmotor, o intubado? Para mí, eso no es vida aunque se tengan cuarenta años. Y al revés: mi tío Carlos tiene ochenta y tres años, y sólo sus nietos le ganan al tenis, porque si bien no tiene la agilidad de hace cuarenta años, se fija cómo tomás la raqueta, cómo ponés los pies, y va a buscar la pelota a donde vos la vas a mandar. Juega tres veces por semana y, además, celebra todo lo celebrable, se fija en qué jugadores compró su equipo de fútbol favorito, juega al truco por quién pagará el asado. Sin duda ha de pensar en la muerte, pues así como para todo niño la muertes es un fenómeno ajeno, que le sucede a los demás, para un viejo toda muerte ajena refiere a la propia. Hacé la prueba: decile a un octogenario que Fulano murió de un infarto y enseguida cuenta que en su último análisis los triglicéridos y el colesterol dieron cifras normales. Pero hacer un fin del mero durar me parece una estrategia equivocada. Aunque tampoco se puede generalizar.

¿Cómo se modificó tu relación con la vida y con la muerte según el paso de los años?


Cuando yo era chico, no se murió nadie de mi familia; mi abuelo falleció cuando yo tenía alrededor de veinticinco años y fue el primer pariente muerto. Lo que sí tengo en mi familia son muchos suicidas. En todos los casos, se trató de gente que dijo: “Si la realidad es así, yo prefiero no continuar”.Comparto esa manera de ver las cosas. Tengo amigos que salen de ver una película y dicen: “Era mala, una porquería”. Yo les pregunto: “¿Y por qué te quedaste hasta el final?”. Yo nunca vi una película mala durante más de veinte minutos. “Perdí media hora, ¿por qué voy a perder dos? Y me voy. O sea que incluso en la manera de mirar películas soy así. Y en muchas otras situaciones; interrumpo la cosa y digo: “Esto no va más”. Con mi vida, pienso que voy a proceder de la misma manera; pienso...pienso. Ya veremos cuando llegue, como dicen, la hora de la verdad.


Tuve una amiga que era una gran fumadora y se enfermó de un cáncer de pulmón. Le vino muy bien, porque empezó a viajar a todos lados, hacer yoga, adelgazar, comprarse ropas agradables. Algunos comentaban. “A mí, la angustia de que me voy a morir no me dejaría mirar tranquilamente el Louvre”. Pero ella viajó a Europa, y se hizo miembro de una cinemateca. Cuando empezó a sufrir, se mató. Yo pienso que soy más bien de ese tipo. Pero es aquí donde, insisto, el asunto de la muerte pasa de ser una estadística, un conocimiento científico, una posición cultural, a ser un asunto estrictamente personal.
Buenos Aires, 2003.

* En la jerga de la biología molecular, cuando se sintetiza la proteína codificada por un gen dado, se dice que ese gen se está expresando.

** F.Blanck-Cereijido y M.Cereijido La vida, el tiempo y la muerte, y La muerte y sus ventajas, ambos de Siglo XXI Editores.



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