Rosario, Santa Fe, Argentina, 06 de Noviembre de 2006

NADIE ENVEJECE POR VIVIR, SINO POR PERDER INTERÉS EN VIVIR

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Integrantes:

Habib, M. Paula
Lösch, Ana Inés
Miragaya, M. Agustina

Los capítulos 4 y 7 "El Cuerpo Hoy" y "El Envejecimiento Intolerable" del libro Antropología Del Cuerpo y Modernidad de David Le Breton se ocupan de analizar las fluctuaciones del cuerpo humano en su desarrollo biofisiológico natural comparándolo en las diferentes estadios histótricos de la humanidad.

EL CUERPO HOY…

El saber biomédico
Hablar del cuerpo en las sociedades occidentales contemporáneas significa referirse al saber anátomo-fisiológico en el que se apoya la medicina moderna. El saber biomédico es la representación oficial del cuerpo humano de hoy, es el que se enseña en las universidades, el que se utiliza en los laboratorios de investigación, el fundamento de la medicina moderna…
En efecto, hoy, en las sociedades occidentales, cada sujeto tiene un conocimiento bastante vago de su cuerpo.
Los saberes populares del cuerpo, hoy
El hombre busca un curandero en su propia ciudad o va al campo a buscarlo, no busca solamente la cura que la medicina no pudo proporcionarle; en el contacto que estable con un curandero encuentra la revelación de una imagen de su cuerpo mucho más digna de interés que la que le proporciona el saber biomédico.
El cuerpo no es considerado nunca como algo distinto del hombre, como sucede en el saber biomédico.
Las concepciones del cuerpo que rigen las explicaciones de los trastornos o de las enfermedades siguen siendo numerosas, y hay algunas que restituyen la condición humana o la tutela del cosmos. El hombre concebido como un microcosmos. Los mismos constituyentes entran en la composición del hombre y del universo, por eso las leyes que rigen el comportamiento del hombre están basadas en las cualidades o movimientos de los astros.
El cuerpo humano es un campo de fuerza sometido a alteraciones, a variaciones que el cura puede combatir.
La brujería popular se refiere a la mala suerte que envían los envidiosos y que traba el cuerpo de la víctima o la hace caer en la desgracia, no sólo a ella sino a la familia o bienes. El que tira la suerte, puede utilizar, para asegurar su empresa, un pedazo de una uña cortada, excrementos. La presencia del sujeto completo está concentrada en los menudos fragmentos del cuerpo.
El cuerpo no está separado del sujeto, encarna su condición y es solidario de todas las materias que provienen de él durante la vida.

¿Una comunidad perdida ?
Las significaciones vinculadas con el hombre y el cuerpo se pusieron a flotar, a aparearse entre sí sin criterio, a injertarse mutuamente. Hay una tendencia demasiado generalizada a creer que el modelo del cuerpo consagrado por las referencias biomédicas es unánime. Cada una de ellas forma parte del tejido social y cultural que le asegura al hombre la familiaridad de la mirada sobre el mundo. La profusión de las imágenes actuales del cuerpo no deja de evocar el cuerpo en pedazos del esquizofrénico. El sujeto raramente tiene una imagen coherente del cuerpo, lo transforma en un tejido plagado de referencias diversas. Ninguna teoría del cuerpo es objeto de una unanimidad sin fallas.

El cuerpo indeseable
Es necesario que dediquemos un capítulo al envejecimiento y a la representación social de la persona de edad avanzada. Tampoco al cuerpo gastado. El anciano avanza hacia la muerte y encarna dos innombrables de la modernidad: la vejez y la muerte. Ni la vejez ni la muerte cumplen este papel, son los lugares de la anomalía, escapan al campo simbólico que otorga sentido y valores a las acciones sociales: encarnan lo irreductible del cuerpo.
La percepción común reduce al anciano a la percepción del cuerpo, especialmente en las instituciones. “Cuerpos relegados, ocultos, luego olvidados, los “viejitos” del asilo eran cuerpos viejos inútiles que habían servido y que ya no servían más, cuerpos con los que no se sabía qué hacer y que se depositaban ahí esperando que se dignaran a morir.” En la mayoría de las instituciones, el espesor humano, la singularidad individual se borran con la frase hecha del cuerpo arruinado, del cuerpo al que hay que alimentar, del cuerpo al que hay que lavar. El viejo no es más su historia, no es más sujeto, es un cuerpo deshecho cuya higiene y supervivencia hay que asegurar. Del mismo modo que el discapacitado, el anciano es objeto de su cuerpo y no un sujeto completo. Simone de Beauvoir le hace decir al personaje central de La mujer rota, “me resigné a mi cuerpo”. El envejecimiento, término occidental, marca la progresiva reducción del cuerpo, una especie de vasallaje a una dualidad que opone sujetoy cuerpo y que lo hace bajo la dependencia de este último. La enfermedad, el dolor, son otros ejemplos, pero provisorios, de la dualidad inherente a la condición del hombre, pero el envejecimiento está asociado a una dualidad definitiva. En la percepción social, el anciano s eve reducido al cuerpo que lo abandona poco a poco, a tal punto que Bichat escribió:
“Vean al hombre que se apaga al final de una larga vejez: muere de a poco, todos los sentidos se apagan sucesivamente: las causas ordinarias de las sensaciones pasan por sobre ellos sin afectarlos” (Bichat, Recherches physiologiques sur la vie et la mort, París, Bresson, Gabon & Cie, 1802, p. 153)
La vejez traduce un momento en el que la represión del cuerpo deja de ser posible, el momento en el que el cuerpo se expone a la mirada del otro de un modo desfavorable.
La evidencia guía la marcha y el sentimiento de identidad sigue siendo el mismo. Fiel e insistente como una sombra, el tiempo inscribe su huella en relación con el mundo. El sentimiento de la vejez traduce la aparición de la gota de agua que hace desbordar el vaso. Como la imagen del cuerpo se renueva sin cesar, refleja fielmente las aptitudes físicas del sujeto, acompaña sus transformaciones fisiológicas, el sujeto no tiene la impresión de estar envejeciendo. Como el paso del tiempo no es nunca perceptible físicamente, sugiere una sensación de inmovilidad.

Imagen del cuerpo
La imagen del cuerpo es la representación que el sujeto se hace del cuerpo; de la manera en que se le aparece más o menos concientemente a través del contexto social y cultural de su historia personal. Giséla Pankow, en su reflexión sobre la clínica de la psicosis, distingue dos ejes cuyo entrecruzamiento estructura, existencialmente, la imagen del cuerpo. Son puntos de referencia necesarios que le dan al hombre la sensación de una armonía personal, de una unidad. En este nivel no hay, en principio, conflicto entre la realidad cotidiana del sujeto y la imagen que este se forma del cuerpo.
Hay un último componente esencial: el valor, es decir, la interiorización que el sujeto hace del juicio social respecto de los atributos físicos que lo caracterizan (lindo/feo, joven/viejo, alto/bajo, flaco/gordo, etc.). De acuerdo con la historia personal y con la clase social en la que se estructura su relación con el mundo, el sujeto se apropia de un juicio que marca con su impronta la imagen que rehace del cuerpo y su autoestima.
Estos cuatro componentes dependen del contexto social, cultural, interpersonal y personal, sin el que sería impensable la imagen del cuerpo, de el mismo modo que la identidad del sujeto. En este nivel, se infiltra poco a poco en la imagen que el sujeto tiene de su cuerpo, el sentimiento de un menosprecio personal. Esto depende de la trayectoria personal del anciano, de sus valores, del sentido que le atribuyera sus actos, de la calidad de la presenciadle entorno. Al respecto hay que subraya que el juicio social lleva a un impacto más atenuado del envejecimiento en el hombre que en la mujer. El hombre puede ganar con el tiempo una fuerza de seducción cada vez mayor, ya que el se valorizan la energía, la experiencia, la madurez. Una mujer que siguiera intentado seducir aun hombre mucho más joven que la, atraería sobre ella un juicio nada complaciente de la sociedad, pero la situación inversa se admite a la perfección y demuestra el límite extrema del “vigor” del hombre. La vejez marca, desigualmente a la mujer y al hombre en el juicio social. Se ve aquí más allá de la edad de los sujetos, como perdura una imagen social opuesta entre el hombre y la mujer, que hace del primero un sujeto activo cuya apreciación social esta basada menos en la apariencia que en un cierto tono en la relación que establece con el mundo, en la segunda una objeto maravilloso que se degrada con el correr del tiempo. El hombre sigue siendo por el contrario un seductor potencial.
Pude intentar una restauración de la imagen corporal con el anciano, por medio de la acción directa sobre el cuerpo para lograr una restauración del sentido. También es posible pensar en la instalación de un taller de estética en el que los ancianos se preocupen por su rostro, se maquillen, se peinen; el rostro es, sin juego de palabras, la capital del cuerpo. Actuando positivamente sobre el sentimiento de la cara, se apoya la vuelta la narcisismo normal del que el anciano se había ido separando poco a poco, al interiorizar el discurso social que convierte a la vejez en el grado cero de la seducción. Al reavivar el sentimiento del rostro, se le afirma al anciano que las arrugas no alteraron su identidad y que puede resultar placentero cuidar la apariencia propia. Reactualiza gestos y sentimientos, hace que renazcan los recuerdos, vuelve a encontrar un espesor de vida que lentamente se achicaba. Por medio de estas acciones refavorece la instauración de un sentido y de valores que puede permitir que el anciano recupere el gusto por la existencia y vuelva a concederle importancia a su relación con el mundo.

La mirada del otro
Por medio del cuerpo nos exponemos al trabajo del tiempo y de la muerte. Pero la imagen del cuerpo que el individuo se forja, se moldea de acuerdo con su paso por la vida, estalo dispensa de una apreciación demasiado brutal del envejecimiento. La imagen del cuerpo no es un dato objetivo, no es un hecho es un valor que resulta, esencialmente, de la influencia del medio y de a historia personal del sujeto. No hay nunca apreciación bruta de las sensaciones del cuerpo, sino desciframiento, selección de los estímulos y atribución de un sentido. Así, el sentimiento de la vejez es una mezcla indiferenciada de conciencia de uno mismo (a través de la conciencia aguda de un cuerpo que cambia) y de una apreciación social y cultural. El sentimiento de una ensomatosis (caída del cuerpo) no es un dato bruto, es la interiorización de un juicio que le quita valor a va vejez, antes de ser juicio personal.
Las cosas del cuerpo y, sin duda, las del deseo, revelan la marca del tiempo. El sentimiento abstracto de envejecer, nace, por lo tanto, de la mirada del otro. El sentido que se le atribuye a estos acontecimientos, su valor, remite a una axiología social y a la manera personal que el sujeto tiene para acomodarse a ellos. No se trata solo de una cifra cronológica, no comienza a una edad precisa, es una suma de indicios que solo el sujeto conoce. La vejez es un sentimiento.
En ella se entrecruzan datos que el campo social integra mal, el cuerpo por una parte pero también la precariedad y la muerte.


Editado por Ana Inés Lösch a las 10:49 AM | Archivado en: [ Le Breton David ]

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