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Rosario, Santa Fe, Argentina, 15 de Noviembre de 2006

¿QUERES SABER TU FUTURO?... NOSOTROS TE LO CONTAMOS

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Integrantes:


Azcué, Federico
Belotti, Bruno
Bertolini, Hugo

El envejecimiento intolerable: el cuerpo deshecho

Introducción:

El ser humano con el paso del tiempo va experimentando cambios, uno de ellos el envejecimiento. Una señal dada por el atrofiamiento de las células del cuerpo, o un tipo de estigma(alteración del cuerpo) visible la cual nos va excluyendo cada vez más de la sociedad y también de nuestras familias.

Se llama a la vejez el “Continente gris de la vida” en la que vive una población indecisa, perdida en la modernidad.

El envejecimiento intolerable: el cuerpo deshecho

Introducción:

El ser humano con el paso del tiempo va experimentando cambios, uno de ellos el envejecimiento. Una señal dada por el atrofiamiento de las células del cuerpo, o un tipo de estigma(alteración del cuerpo) visible la cual nos va excluyendo cada vez más de la sociedad y también de nuestras familias.

Se llama a la vejez el “Continente gris de la vida” en la que vive una población indecisa, perdida en la modernidad.

El trabajo del envejecimiento evoca una muerte que camina silenciosamente por las células sin que sea posible encauzarlas. El hombre avanza hacia la muerte y encarna los innombrables de la modernidad: la vejez y la muerte. Ninguna de las dos son tabúes, ni cumplen este papel, son los lugares de la anomalía, escapan al campo simbólico que otorga sentido y valores a las acciones sociales.

Del mismo modo que el discapacitado, el anciano es objeto de su cuerpo y no un sujeto completo.

“EL hombre es como un camino que se apaga al final de una larga vejez: muere de a poco, todos los sentidos se apagan sucesivamente: las causas ordinarias de las sensaciones pasan por sobre ellos sin afectarlo.” X. Bichat


El envejecimiento:

El hombre de la modernidad combate todo el tiempo las huellas de la edad y tiene miedo de envejecer por temor a perder su posición profesional y a no encontrar empleo o espacio en el mundo comunicativo.

Cuando se perdió todo, queda el limite del cuerpo o, aun más, la demencia: otra manera de no estar ahí.

El envejecimiento es un proceso insensible, infinitamente lento, que escapa a la conciencia por que no produce ningún contraste; el hombre pasa, suavemente, de un día al otro, de una semana a la otra, de un año al otro, son los acontecimiento de la vida cotidiana los que dividen el paso del día y no la conciencia del tiempo.


Imagen del cuerpo:

La imagen del cuerpo es la representación que el sujeto hace de su cuerpo. Existen diferentes ejes (forma, contenido, saber y valor) que acompañan al hombre durante su existencia y van cambiando a medida que se suceden los acontecimientos. Son puntos de referencia necesarios que le dan al hombre la sensación de una armonía personal, de una unidad.

Estos cuatro componentes dependen del contexto social, cultural, interpersonal y personal.

El juicio social lleva a un impacto más atenuado del envejecimiento en el hombre que en la mujer. La mujer anciana pierde, socialmente, una seducción que se debía, esencialmente, a la frescura, la vitalidad, la juventud. El hombre puede ganar con el tiempo una fuerza de seducción cada vez mayor, ya que en él se valoriza la energía, la experiencia, la madurez.

Vemos aquí, mas allá de la edad de los sujetos, como perdura una imagen social opuesta del hombre y de la mujer, que hace del primero un sujeto activo cuya apreciación social esta basada menos en la apariencia que en un cierto tono en la relación que establece con el mundo, y de la segunda un objeto maravilloso que se degrada con el correr del tiempo.


La mirada del otro:

Por medio del cuerpo nos exponemos al trabajo del tiempo y de la muerte. Pero la imagen del cuerpo que el individuo se forja, se moldea de acuerdo con su paso por la vida: ésta lo dispensa de una apreciación demasiado brutal del envejecimiento. El sentimiento de ensomatosis ( caída del cuerpo) no es un dato bruto, es la interiorización de un juicio que le quita valor a la vejez, antes de ser un juicio personal.

En cuanto la mirada del otro deja de fijarse en uno, en cuanto se produce la suspensión mínima en la que se presiente, en un momento, el juego del deseo, entonces comienza la conciencia del envejecimiento.

La vejez es como una flor que tarda mucho en abrirse, es un sentimiento que viene de afuera y que a veces da raíces precoses y otras tardías, pues depende del gusto por la vida del sujeto.
“No se trata de una cifra cronológica, no comienza a una edad precisa, es una suma de indicios que solo el sujeto conoce. La vejez es un sentimiento.”


Un cuerpo y su doble:
El cuerpo ALTER EGO

Un nuevo imaginario del cuerpo

El cuerpo se impone, hoy, como un tema predilecto del discurso social, lugar geométrico de la reconquista de uno mismo, territorio a explorar, indefinidamente al acecho de las incontables sensaciones que oculta, lugar del enfrentamiento buscado con el entorno, gracias al esfuerzo o a la habilidad; lugar privilegiado del bienestar o del buen parecido.
Lo que perdura es la división entre el hombre y su cuerpo. Hoy, a través de estas prácticas y de estos discursos, el cuerpo deja de representar el lugar del error o del borrador que hay que corregir, como lo vimos con la técnica. No se trata más de la ensomatosis (caída del cuerpo) sino de la posibilidad del cuerpo, de la carne, de una vía de salvación. En un caso como en el otro, una misma disyunción opone, implícitamente, en la persona, lo que corresponde al cuerpo y lo que corresponde a lo inaprensible del hombre.
El hombre es indiferenciable de su carne. Esto no puede considerarse una posesión circunstancial. El cuerpo es el habitad del hombre, su rostro. Momentos de dualidad hacia aspectos desagradables (enfermedades) o agradables (ternura) le dan al sujeto el sentimiento de que el cuerpo se le escapa, que excede lo que es. El dualismo moderno no divide cruelmente al alma y al cuerpo, es más insólito, más indeterminado, avanza disfrazado, atemperado bajo distintas formas, todas basadas en una visión dual del hombre. El dualismo contemporáneo distingue al hombre de su cuerpo.

El cuerpo, marca del individuo

El individuo busca, por medio del cuerpo, vivir un desarrollo de lo íntimo. La intimidad de vuelve un valor clave de la modernidad, incluye la búsqueda de sensaciones nuevas, las del bienestar corporal y las de uno mismo; exige el contacto con los otros pero siempre con mesura y de manera controlada. La elaboración de la intimidad reemplazó la búsqueda de la convivencia de los años 60.
El hombre poco formal, cool, cuida su look, y también quieren que lo hagan los demás; es, esencialmente, un ambiente y una mirada. El cuerpo se convierte en una especie de socio al que se le pide la mejor postura, las sensaciones más originales, la ostentación de los signos más eficaces. Pero este debe proporcionar también una mezcla de espíritu combatido y de flexibilidad, de fuerza y de resistencia, de desenvoltura y de elegancia, sin apartarse nunca de la seducción. Exigencias típicas de la actual atenuación de lo masculino y femenino.
El propio cuerpo, el mejor socio, y el más cercano, aquel según el cual nos juzgan, este imaginario del cuerpo crece.
El valor del cuerpo se invierte, en lugar de ser el signo de la caída, se convierte en la tabla de salvación. Lugares del cuerpo que antes estaban sometidos a la discreción por pudor o por temor al ridículo, se imponen hoy sin dificultades, sin “complejos”, se convirtieron en signos de vitalidad o juventud.
Al mismo tiempo del hombre se “sexualisa”, el de la mujer se hace mas musculosos. Los signos tradicionales de lo masculino y lo femenino tienden a intercambiarse y alimentan el tema de lo andrógino que se afirma cada vez más. El cuerpo ya no es un destino al que uno se abandona sino un objeto que se moldea a gusto.

El cuerpo alter ego

En la edad de la crisis de la pareja, de la familia, de la “multitud solitaria”, el cuerpo se vuelvo un espejo con el que es posible con habitar fraternal y placenteramente.
Al abandonar lo social, el individuo gano un mundo portátil al que hay que seducir, explorar siempre más allá de los límites: el cuerpo, elevado a alter ego y no la parte maldita librada a la discreción y al silencio. Es la perdida de la carne del mundo la que empuja al sujeto a preocuparse por el cuerpo y darle carne a su existencia.
En el imaginario social el discurso es revelador: a menudo la palabra cuerpo funciona como un sinónimo de sujeto, persona.
Paso del cuerpo objeto al cuerpo sujeto, se corresponde al imaginario del clon, cuando se le otorga a cuerpo el titulo de alter ego, persona completa al mismo tiempo que espejo; el individuo se vuelvo su misma copia.
El cuerpo se aleja del sujeto y puede vivir su aventura personal, ya que, planteado como otro del hombre, no deja de reunir todas sus cualidades personales.
El cuerpo disociado se convierte, en el imaginario moderno, en el camino mas corto para alcanzar y transformar al sujeto inmaterial al que viste con la carne y con las sensaciones.
La relación dual cuerpo – sujeto favorece el establecimiento de las prioridades de este orden, ya que actuar sobre uno genera, sobre uno, consecuencias sobre el otro. Deja de perseguirse la unidad del sujeto.
Un buen ejemplo de cómo hoy se ha vuelto común el discurso dualista: se cuida el cuerpo como si se tratase de una maquina de la que hay que obtener un rendimiento óptimo; lentamente, el cuerpo se va asimilando a una maquina a la que hay que mantener.
El paradigma del cuerpo confiable y yendo de vitalidad es el de la maquina bien mantenida, cuidada con amor. Hermoso objeto del que hay que saber obtener los mejores efectos.
Como es percibido como un sujeto interior, como un alter ego, es posible hablarle al “cuerpo”, mimarlo, acariciarlo, explorarlo como si fuese un territorio diferente al que al que hay que conquistar.
El cuerpo se convierte en una propiedad de primer orden, objeto de todas las atenciones, de todos los cuidados, de todas las inversiones. Hay que mantener el “capital” salud, hace prosperar al “capital” corporal bajo la forma simbólica de la seducción. Hay que merecer la juventud, el buen estado, el look. Hay que luchar contra el tiempo que deja huellas en la piel, los quilos de mas, etc.
La pasión por el cuerpo modifica el contenido del dualismo sin cambiar su forma, pero la pasión por el cuerpo cambia su afectividad. El cuerpo – maquina traduce la falta de simbolización de la carne y aparta al sujeto de considerarlo un valor noble e intocable. El cuerpo alter ago no cambia nada en la falta de simbolización de que es objeto el cuerpo, es mas, da cuente de ésta que de otra forma al hacerla mas habitable y favoreciendo la instauración de un soporte de relación con el otro.
El cuerpo hace alarde de una valoración directamente proporcional al olvido o al desprecio que se le había otorgado en otra época del dualismo: No hay que ocuparse tanto del cuerpo – máquina sino de las sensaciones y seducciones, cuyas experiencias hay que multiplicar.

De lo inaprensible del mundo moderno a lo inaprensible del cuerpo

La acentuada individualización que conocemos que actualmente no es, de ninguna manera, signo de liberación del sujeto que encuentra en los recursos propios los medios para una gestión autónoma de su existencia.
Cada sujeto, en su universo personal, y según su posición social, debe arreglárselas con las constelaciones de signos que le envían el mercado de bienes de consumo, los medios masivos de comunicación, la publicidad. Proliferan las tentaciones en torno de las actitudes, cuidados, búsquedas cercanas, sujetos de la misma categoría social.
Los signos vuelan en lo efímero y empujan al hombre a una búsqueda que se renueva sin cesar. Cuando se refleja en el espejo en el que forja el sentimiento de bienestar y de la seducción personal, el hombre individualista ve menos la imagen propia que la fidelidad más o menos feliz a un conjunto de signos. Una tonalidad narcisista atraviesa, hoy, mezza voce, la vida social occidental.
El narcisismo es una posición independiente, una astucia del sujeto que se coloca en el límite entre lo colectivo y lo individual, de este modo, se preserva un compromiso con los demás.
El narcisismo de hoy no significa abandonarse a la holgazanería, disfrutar del tiempo que pasa, aunque provoque placer, está hecho del trabajo sobre uno mismo, de la búsqueda de una personalización de la relación con el mundo por el medio de la valoración de los signos de la vestimenta, de ciertas actitudes, pero también, y especialmente, de signos físicos.
La paradoja reside en que induce a la vida social; traduce la ficción de una elección personalizada, el sentimiento de una conciencia soberana cuando la imposición del ambiente social deja de ser percibido en tanto tal, pero aún amplía el campo de influencia hacia la esfera de lo más íntimo del sujeto.
La otra paradoja del narcisismo moderno está vinculada con su rostro cambiante, con sus entusiasmos provisorios que lo hacen parecerse a un vestuario teatral. El trabajo del signo produce un relato ya constituido que el sujeto enuncia con entonación propia.
El cuerpo es metáfora, depósito inagotable que le da al narcisista moderno un anclaje privilegiado al mismo tiempo que una apariencia heterogénea, efímera. Lo efímero puede reinar sobre el hombre y multiplicarse de lo social a lo individual, pero nunca agota la extensión de los posibles.

Categorías sociales

Hay que notar que el cuerpo es una apuesta simbólica para categorías sociales relativamente precisas. Estas categorías valoran más la fuerza o la resistencia física que la forma, la juventud o la belleza. Tendrías, más bien, una tendencia a diferenciarse de los que “se escuchan demasiado”. Son, además, categorías sociales que ejercen una actividad física: el desgaste muscular y la utilización de técnicas corporales particulares forman la esencia de su trabajo. Estas categorías no están familiarizadas con estas prácticas o estos productos a causa del distanciamiento del sistema de referencias, el costo que tienen y el tiempo que hay que dedicarles.
Estas categorías sociales encuentran, así, una forma de guía, de fidelidad a una autoridad que están acostumbradas en las instituciones en que trabajan. El cuerpo se ofrece a la manera de un laberinto cuya llave en el individuo se perdió. Esta puede ser restituida solo por el que, por su conocimiento, sabe desenrollar el hilo de Ariadna. Asimismo, los que concurren desde hace mucho tiempo guían a los nuevos adeptos. El laberinto se vuelve un a trayectoria demarcada.


El secreto del cuerpo

Como las representaciones occidentales están influidas por un galismo subyacente, usualmente se distingue entre el hombre y el cuerpo, se supone que éste posee un secreto, oculta laberintos con galerías imposibles de recorrer y tiene en el centro revelaciones que pueden enunciarse si se posee el hilo de Ariadna.
Como su evidencia anatómica y fisiológica no se corresponde con lo que el hombre puede experimentar de complejidad, se supone que el cuerpo encierra un misterio.
Como el cuerpo es el lugar de la ruptura, se le otorga el privilegio de la reconciliación. Es ahí donde hay que aplicar el bálsamo. La acción sobre el cuerpo se traduce en la voluntad de cubrir la distancia entre la carne y la conciencia, de borrar la alteridad inherente a la condición humana: la común, la de las insatisfacciones de lo cotidiano y también de las otras, las de base, del inconsciente.
El estilo dualista de la modernidad esta relacionado con el imperativo de hacer que lleva al sujeto a darse una forma como si fuese otro, convirtiendo a su cuerpo en un objeto al que hay que esculpir, mantener y personalizar. De su talento par lograrlo depende, en gran parte, la manera en que los otros lo verán. El inconciente dejó de ser un valor para estas nuevas prácticas.
En este imaginario el cuerpo es una superficie de proyección en la que se ordenan los fragmentos de un sentimiento de identidad personal fraccionado por los ritos sociales. A través de un ordenamiento y de darle sentido a uno mismo, por intermedio de un cuerpo al que se disocia y se transforma en pantalla, el individuo actúa simbólicamente sobre el mundo que lo rodea.
Cuando la identidad personal está cuestionada a través de los incesantes cambios de sentidos y de valores que marcan a la modernidad, cuando los otros se vuelven menos presentes, cuando el reconocimiento de uno se vuelve un problema, aun cuando no sea a un nivel muy grave, queda, en efecto, el cuerpo para hacer oír una reivindicación de existencia.
En el sufrimiento, el inmigrante le da el síntoma a la medicina con la esperanza de que se lo reconozca en tanto sujeto, cuando todas las otras tentativas para lograrlo fracasaron. En el juego, el hombre de la modernidad que se acostumbra a vivir precariamente, “inmigrante del tiempo”, convierte al cuerpo en una especie de señal de reconocimiento. En lo inaprehensible del mundo solo el propio cuerpo proporciona la aprehensión de la existencia.


Un cuerpo y su doble:

El cuerpo ALTER EGO

Un nuevo imaginario del cuerpo

El cuerpo se impone, hoy, como un tema predilecto del discurso social, lugar geométrico de la reconquista de uno mismo, territorio a explorar, indefinidamente al acecho de las incontables sensaciones que oculta, lugar del enfrentamiento buscado con el entorno, gracias al esfuerzo o a la habilidad; lugar privilegiado del bienestar o del buen parecido.

Lo que perdura es la división entre el hombre y su cuerpo. Hoy, a través de estas prácticas y de estos discursos, el cuerpo deja de representar el lugar del error o del borrador que hay que corregir, como lo vimos con la técnica. No se trata más de la ensomatosis (caída del cuerpo) sino de la posibilidad del cuerpo, de la carne, de una vía de salvación. En un caso como en el otro, una misma disyunción opone, implícitamente, en la persona, lo que corresponde al cuerpo y lo que corresponde a lo inaprensible del hombre.

El hombre es indiferenciable de su carne. Esto no puede considerarse una posesión circunstancial. El cuerpo es el habitad del hombre, su rostro. Momentos de dualidad hacia aspectos desagradables (enfermedades) o agradables (ternura) le dan al sujeto el sentimiento de que el cuerpo se le escapa, que excede lo que es. El dualismo moderno no divide cruelmente al alma y al cuerpo, es más insólito, más indeterminado, avanza disfrazado, atemperado bajo distintas formas, todas basadas en una visión dual del hombre. El dualismo contemporáneo distingue al hombre de su cuerpo.

El cuerpo, marca del individuo

El individuo busca, por medio del cuerpo, vivir un desarrollo de lo íntimo. La intimidad de vuelve un valor clave de la modernidad, incluye la búsqueda de sensaciones nuevas, las del bienestar corporal y las de uno mismo; exige el contacto con los otros pero siempre con mesura y de manera controlada. La elaboración de la intimidad reemplazó la búsqueda de la convivencia de los años 60.

El hombre poco formal, cool, cuida su look, y también quieren que lo hagan los demás; es, esencialmente, un ambiente y una mirada. El cuerpo se convierte en una especie de socio al que se le pide la mejor postura, las sensaciones más originales, la ostentación de los signos más eficaces. Pero este debe proporcionar también una mezcla de espíritu combatido y de flexibilidad, de fuerza y de resistencia, de desenvoltura y de elegancia, sin apartarse nunca de la seducción. Exigencias típicas de la actual atenuación de lo masculino y femenino.

El propio cuerpo, el mejor socio, y el más cercano, aquel según el cual nos juzgan, este imaginario del cuerpo crece.

El valor del cuerpo se invierte, en lugar de ser el signo de la caída, se convierte en la tabla de salvación. Lugares del cuerpo que antes estaban sometidos a la discreción por pudor o por temor al ridículo, se imponen hoy sin dificultades, sin “complejos”, se convirtieron en signos de vitalidad o juventud.

Al mismo tiempo del hombre se “sexualisa”, el de la mujer se hace mas musculosos. Los signos tradicionales de lo masculino y lo femenino tienden a intercambiarse y alimentan el tema de lo andrógino que se afirma cada vez más. El cuerpo ya no es un destino al que uno se abandona sino un objeto que se moldea a gusto.

El cuerpo alter ego

En la edad de la crisis de la pareja, de la familia, de la “multitud solitaria”, el cuerpo se vuelvo un espejo con el que es posible con habitar fraternal y placenteramente.

Al abandonar lo social, el individuo gano un mundo portátil al que hay que seducir, explorar siempre más allá de los límites: el cuerpo, elevado a alter ego y no la parte maldita librada a la discreción y al silencio. Es la perdida de la carne del mundo la que empuja al sujeto a preocuparse por el cuerpo y darle carne a su existencia.

En el imaginario social el discurso es revelador: a menudo la palabra cuerpo funciona como un sinónimo de sujeto, persona.

Paso del cuerpo objeto al cuerpo sujeto, se corresponde al imaginario del clon, cuando se le otorga a cuerpo el titulo de alter ego, persona completa al mismo tiempo que espejo; el individuo se vuelvo su misma copia.

El cuerpo se aleja del sujeto y puede vivir su aventura personal, ya que, planteado como otro del hombre, no deja de reunir todas sus cualidades personales.

El cuerpo disociado se convierte, en el imaginario moderno, en el camino mas corto para alcanzar y transformar al sujeto inmaterial al que viste con la carne y con las sensaciones.

La relación dual cuerpo – sujeto favorece el establecimiento de las prioridades de este orden, ya que actuar sobre uno genera, sobre uno, consecuencias sobre el otro. Deja de perseguirse la unidad del sujeto.

Un buen ejemplo de cómo hoy se ha vuelto común el discurso dualista: se cuida el cuerpo como si se tratase de una maquina de la que hay que obtener un rendimiento óptimo; lentamente, el cuerpo se va asimilando a una maquina a la que hay que mantener.

El paradigma del cuerpo confiable y yendo de vitalidad es el de la maquina bien mantenida, cuidada con amor. Hermoso objeto del que hay que saber obtener los mejores efectos.

Como es percibido como un sujeto interior, como un alter ego, es posible hablarle al “cuerpo”, mimarlo, acariciarlo, explorarlo como si fuese un territorio diferente al que al que hay que conquistar.

El cuerpo se convierte en una propiedad de primer orden, objeto de todas las atenciones, de todos los cuidados, de todas las inversiones. Hay que mantener el “capital” salud, hace prosperar al “capital” corporal bajo la forma simbólica de la seducción. Hay que merecer la juventud, el buen estado, el look. Hay que luchar contra el tiempo que deja huellas en la piel, los quilos de mas, etc.

La pasión por el cuerpo modifica el contenido del dualismo sin cambiar su forma, pero la pasión por el cuerpo cambia su afectividad. El cuerpo – maquina traduce la falta de simbolización de la carne y aparta al sujeto de considerarlo un valor noble e intocable. El cuerpo alter ago no cambia nada en la falta de simbolización de que es objeto el cuerpo, es mas, da cuente de ésta que de otra forma al hacerla mas habitable y favoreciendo la instauración de un soporte de relación con el otro.

El cuerpo hace alarde de una valoración directamente proporcional al olvido o al desprecio que se le había otorgado en otra época del dualismo: No hay que ocuparse tanto del cuerpo – máquina sino de las sensaciones y seducciones, cuyas experiencias hay que multiplicar.

De lo inaprensible del mundo moderno a lo inaprensible del cuerpo

La acentuada individualización que conocemos que actualmente no es, de ninguna manera, signo de liberación del sujeto que encuentra en los recursos propios los medios para una gestión autónoma de su existencia.

Cada sujeto, en su universo personal, y según su posición social, debe arreglárselas con las constelaciones de signos que le envían el mercado de bienes de consumo, los medios masivos de comunicación, la publicidad. Proliferan las tentaciones en torno de las actitudes, cuidados, búsquedas cercanas, sujetos de la misma categoría social.

Los signos vuelan en lo efímero y empujan al hombre a una búsqueda que se renueva sin cesar. Cuando se refleja en el espejo en el que forja el sentimiento de bienestar y de la seducción personal, el hombre individualista ve menos la imagen propia que la fidelidad más o menos feliz a un conjunto de signos. Una tonalidad narcisista atraviesa, hoy, mezza voce, la vida social occidental.

El narcisismo es una posición independiente, una astucia del sujeto que se coloca en el límite entre lo colectivo y lo individual, de este modo, se preserva un compromiso con los demás.

El narcisismo de hoy no significa abandonarse a la holgazanería, disfrutar del tiempo que pasa, aunque provoque placer, está hecho del trabajo sobre uno mismo, de la búsqueda de una personalización de la relación con el mundo por el medio de la valoración de los signos de la vestimenta, de ciertas actitudes, pero también, y especialmente, de signos físicos.

La paradoja reside en que induce a la vida social; traduce la ficción de una elección personalizada, el sentimiento de una conciencia soberana cuando la imposición del ambiente social deja de ser percibido en tanto tal, pero aún amplía el campo de influencia hacia la esfera de lo más íntimo del sujeto.

La otra paradoja del narcisismo moderno está vinculada con su rostro cambiante, con sus entusiasmos provisorios que lo hacen parecerse a un vestuario teatral. El trabajo del signo produce un relato ya constituido que el sujeto enuncia con entonación propia.

El cuerpo es metáfora, depósito inagotable que le da al narcisista moderno un anclaje privilegiado al mismo tiempo que una apariencia heterogénea, efímera. Lo efímero puede reinar sobre el hombre y multiplicarse de lo social a lo individual, pero nunca agota la extensión de los posibles.

Categorías sociales

Hay que notar que el cuerpo es una apuesta simbólica para categorías sociales relativamente precisas. Estas categorías valoran más la fuerza o la resistencia física que la forma, la juventud o la belleza. Tendrías, más bien, una tendencia a diferenciarse de los que “se escuchan demasiado”. Son, además, categorías sociales que ejercen una actividad física: el desgaste muscular y la utilización de técnicas corporales particulares forman la esencia de su trabajo. Estas categorías no están familiarizadas con estas prácticas o estos productos a causa del distanciamiento del sistema de referencias, el costo que tienen y el tiempo que hay que dedicarles.

Estas categorías sociales encuentran, así, una forma de guía, de fidelidad a una autoridad que están acostumbradas en las instituciones en que trabajan. El cuerpo se ofrece a la manera de un laberinto cuya llave en el individuo se perdió. Esta puede ser restituida solo por el que, por su conocimiento, sabe desenrollar el hilo de Ariadna. Asimismo, los que concurren desde hace mucho tiempo guían a los nuevos adeptos. El laberinto se vuelve un a trayectoria demarcada.

El secreto del cuerpo

Como las representaciones occidentales están influidas por un galismo subyacente, usualmente se distingue entre el hombre y el cuerpo, se supone que éste posee un secreto, oculta laberintos con galerías imposibles de recorrer y tiene en el centro revelaciones que pueden enunciarse si se posee el hilo de Ariadna.

Como su evidencia anatómica y fisiológica no se corresponde con lo que el hombre puede experimentar de complejidad, se supone que el cuerpo encierra un misterio.

Como el cuerpo es el lugar de la ruptura, se le otorga el privilegio de la reconciliación. Es ahí donde hay que aplicar el bálsamo. La acción sobre el cuerpo se traduce en la voluntad de cubrir la distancia entre la carne y la conciencia, de borrar la alteridad inherente a la condición humana: la común, la de las insatisfacciones de lo cotidiano y también de las otras, las de base, del inconsciente.

El estilo dualista de la modernidad esta relacionado con el imperativo de hacer que lleva al sujeto a darse una forma como si fuese otro, convirtiendo a su cuerpo en un objeto al que hay que esculpir, mantener y personalizar. De su talento par lograrlo depende, en gran parte, la manera en que los otros lo verán. El inconciente dejó de ser un valor para estas nuevas prácticas.

En este imaginario el cuerpo es una superficie de proyección en la que se ordenan los fragmentos de un sentimiento de identidad personal fraccionado por los ritos sociales. A través de un ordenamiento y de darle sentido a uno mismo, por intermedio de un cuerpo al que se disocia y se transforma en pantalla, el individuo actúa simbólicamente sobre el mundo que lo rodea.

Cuando la identidad personal está cuestionada a través de los incesantes cambios de sentidos y de valores que marcan a la modernidad, cuando los otros se vuelven menos presentes, cuando el reconocimiento de uno se vuelve un problema, aun cuando no sea a un nivel muy grave, queda, en efecto, el cuerpo para hacer oír una reivindicación de existencia.

En el sufrimiento, el inmigrante le da el síntoma a la medicina con la esperanza de que se lo reconozca en tanto sujeto, cuando todas las otras tentativas para lograrlo fracasaron. En el juego, el hombre de la modernidad que se acostumbra a vivir precariamente, “inmigrante del tiempo”, convierte al cuerpo en una especie de señal de reconocimiento. En lo inaprehensible del mundo solo el propio cuerpo proporciona la aprehensión de la existencia.

Editado por Bruno Belotti a las 04:30 PM |
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