La dimensión del cuerpo
Integrantes: Ana Caceres, María Cecilia Depaoli,Marina Garcia.

EL CAMINO DE LA SOSPECHA:
La medicina moderna, sobre todo la occidental en su afán de crear una dualidad entre el hombre y el cuerpo, en donde éste es concebido como una máquina, el hombre queda en una posición de exterioridad, y se acentúa lo técnico y mecanicista retirando la dimensión simbólica y en donde las partes de éste cuerpo máquina se pueden sustituir unas por otras.
Ante ésta concepción del cuerpo por parte de la medicina occidental nos sorprende y nos preocupa el avance del pensamiento biologicista que desplaza cada vez más a los ideales antropológicos y nos aleja de la concepción del hombre como un “todo” donde ninguna de sus partes se puede separar.
Los avances científicos en el campo de los transplantes, transfusiones, la obsesión de la medicina por alargar la vida, agregando años a ésta y no vida a los años, creemos que no es a la muerte a la que hace fracasar, sino por el contrario a la vida, a los médicos, personas que olvidaron el real significado de ella, donde la muerte no debería concebirse como un hecho al que hay que combatir hasta las últimas consecuencias, la muerte es parte de la vida misma y creemos que no es precisamente el médico el que deba controlarla y decidir sobre ella.
No deberíamos olvidar nunca que se trata con seres humanos y no con una colección de órganos intercambiables desvinculados de la condición humana.
Creemos por otra parte que el cuerpo humano no debe caer en el frívolo y duelista concepto de “rompecabezas”. “…Sin alma es imposible que pueda darse el cuerpo, que exista sin presencia del alma. Sin alma sería lo mismo que un cadáver… Desde que el hombre o el animal mueren, no existe, en absoluto cuerpo. Queda una materia, es que lo biológico y lo psíquico, o el psiquismo y los elementos orgánicos están indisolublemente unidos en la vida humana, tanto lo afectiva como fisiológicamente…”
"Cuerpo supernumerario al que el hombre le debe la precariedad y al que quiere volver impermeable a la vejez o a la muerte, al sufrimiento o a la enfermedad" (David Le Bretón)

Con el transcurrir de los siglos, las representaciones simbólicas que el hombre se hace de sí mismo, de los demás y del universo que lo rodea, han ido cambiando con el acontecer de diversos sucesos sociales, económicos y políticos. Diferentes personajes, diferentes concepciones en distintos momentos de la Historia han alimentado una gruesa reserva de teorías, corrientes y escuelas que nos permiten diferenciar aquéllas y (tratar de) entender nuestro presente
El cuerpo se ha convertido en objeto de la Historia porque es tributario de condiciones materiales y culturales que han cambiado radicalmente a lo largo de los siglos. De la lentitud a la velocidad, del retrato pintado a la fotografía, de los cuidados individuales a la prevención colectiva, de la cocina a la gastronomía, de la sexualidad vista desde la moral a la sexualidad vista desde la psicología; el lugar que ocupa el cuerpo en el mundo occidental ha ido evolucionando con los tiempos.

La cultura moderna ha creado un cuerpo encerrado en los límites de la piel. La corporalidad es aquello que sólo puede existir en un lugar del espacio a la vez y dentro de las fronteras de su figura física. Así pensó el cuerpo el filósofo Descartes. Esta idea cartesiana, aliada del realismo burgués, reduce la anatomía humana a sus límites visibles. Pero para multitud de culturas y para ciertos momentos de la civilización occidental, el cuerpo se halla inextricablemente compenetrado con la naturaleza. En ese caso, la corporalidad se proyecta hacia el mundo mineral, vegetal, hacia la amplia esfera celeste y las ricas texturas de seres y formas de la tierra. Este es un cuerpo proyectivo diferente del cuerpo enclaustrado de lo moderno. Cuerpo de las culturas arcaicas y de las culturas populares de la Edad media y el Renacimiento.
No llegamos nunca hasta el fondo de nuestra visión. Pero existen épocas en que esa visión se condensa y adquiere la solidez de un cuerpo. Así nacen las imágenes. Aunque, como dice el visionario Lezama, "la imagen no puede tocarse a sí misma". De ahí su perduración. Su continuo germinar hacia lo abierto, ofreciendo a la mirada un espejo en el que descansar la visión. Sin imágenes, sería la muerte en la fatiga. El errar sin una dirección.
José Jiménez, El ángel caído.
El cuerpo es lo que nos une como especie humana, como colectividad, lo que da sentido a nuestra naturaleza social. Y al mismo tiempo, nuestros cuerpos nos definen como individuos, como seres diferentes y diversos; nadie tiene un cuerpo exactamente igual a otro, y nuestra identidad personal frecuentemente se traduce -por lo mismo- en la reproducción de nuestra fisonomía, por medio del género del retrato. Asimismo, el cuerpo constituye la prueba más contundente de nuestra existencia y, por medio de los sentidos, sobre todo del tacto y la vista, lo que nos da constancia de la "realidad objetiva", como sugiere la obra La incredulidad de Santo Tomás (siglo XVII) de Sebastián López de Arteaga. Pero, al mismo tiempo, nuestros cuerpos son el receptáculo de la realidad subjetiva, lo que sentimos y somos en nuestro interior: el alma, concebida desde una perspectiva religiosa, o la psique, concebida desde una perspectiva científica.
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