El Envejecimiento Intolerable
Beriztain Magali Graciela
Costantini María Soledad
Di Caro Vanesa Gisel
Figueroa Yanina Elisabet
Saber envejecer es la obra maestra de la cordura y una de las partes más dificiles del gran arte de vivir.
La actual condición de las personas de edad, la negación que marca la relación que cada uno establece con su propio envejecimiento, la negación, también, de la muerte, estos son los signos que muestran las reticencias del hombre occidental a aceptar los datos de la condición que hacen de él, en primer término: un ser carnal.
La vejez es una flor que tarda mucho en abrirse, es un sentimiento que viene de afuera y que a veces da raíces precoces y otras tardías, pues depende del gusto por la vida de la persona.
La condición moderna del cuerpo esta revelada por dos elementos: el envejecimiento y la representación social de la persona de edad avanzada. La vejez vive una relegación social más o menos directa que la distingue y que le da una ubicación en la vida social ordinaria. Representa un estigma o marca que el anciano lleva en su cuerpo, cuya repercusión es mucho mayor de acuerdo con la clase social a la que pertenece y según la calidad de aceptación del entorno familiar.
La vejez actualmente se ve como una población indecisa, un poco quimérica, perdida en la modernidad. El anciano deroga los valores centrales de la modernidad. Es la encarnación de lo reprimido. Recuerdo de la precariedad y de la fragilidad de la condición humana. Es la imagen intolerable que alcanza a todo en una sociedad.
El trabajo del envejecimiento evoca una muerte. El anciano avanza hacia la muerte y encarna dos innombrables de la modernidad: la vejez y la muerte (es decir, lo irreductible del cuerpo).
La percepción común reduce al anciano a la percepción del cuerpo, especialmente en las instituciones. En la mayoría de ellas, la singularidad individual se borra con la frase hecha del cuerpo arruinado, del cuerpo al que hay que alimentar, del cuerpo al que hay que lavar. El viejo no es más una historia, no es más sujeto, es un cuerpo deshecho cuya higiene y supervivencia hay que asegurar. El anciano es objeto de su cuerpo y no un sujeto completo.
El envejecimiento marca la progresiva reducción del cuerpo a una dualidad que opone sujeto y cuerpo y que lo hace bajo la dependencia de este último.
La vejez traduce un momento en el que la represión del cuerpo deja de ser posible, el momento en el que el cuerpo se expone a la mirada del otro de un modo desfavorable.
La imagen del cuerpo que el individuo se forja, se moldea de acuerdo con su paso por la vida. Esta imagen, no es un dato objetivo, es un valor que resulta, de la influencia del medio y de la historia personal del sujeto. La identificación de un sentimiento, la tonalidad pasiva o negativa que se le atribuye, traducen una ecuación compleja entre las influencias sociales y culturales.
En cuanto la mirada del otro deja de fijarse en uno, entonces comienza la conciencia del envejecimiento.
El hombre de la modernidad combate todo el tiempo las huellas de la edad y tiene miedo de envejecer por temor a perder su posición profesional y no encontrar empleo o espacio en el campo comunicativo. Para la mayoría, envejecer, es librarse a un lento trabajo de duelo que consiste en despojarse de lo esencial de lo que fue la vida, quitarle importancia a acciones apreciadas en otros momentos y en admitir el hecho de que se posee un control restringido sobre la existencia propia.
El envejecimiento es un proceso insensible, lento, que escapa a la conciencia. Son los acontecimientos de la vida cotidiana los que dividen el paso del día y no la conciencia del tiempo. Como la imagen del cuerpo se renueva sin cesar, refleja fielmente las aptitudes físicas del sujeto, acompaña sus transformaciones fisiológicas, el sujeto no tiene la impresión de estar envejeciendo.
La imagen del cuerpo se organiza alrededor de:
FORMA: el sentimiento de la unidad de las diferentes partes del cuerpo, de sus límites en el espacio.
CONTENIDO: la imagen del cuerpo como un universo coherente y familiar en el que se inscriben sensaciones previsibles y reconocibles.
SABER: el conocimiento que el sujeto tiene de la idea que la sociedad se hace del espesor invisible del cuerpo, saber cómo esta constituido, cómo se organizan los órganos y las funciones.
Estos 3 ejes acompañan al hombre durante su existencia y van cambiando a medida que se suceden los acontecimientos. Son puntos de referencia necesarios que le dan al hombre la sensación de una armonía personal, de una unidad.
En lo que respecta a la persona que envejece hay un último componente esencial: el VALOR, es decir, la interiorización que el sujeto hace del juicio social respecto de los atributos físicos que lo caracterizan.
Estos 4 componentes dependen del contexto social, cultural, interpersonal y personal.
Socialmente, la vejez marca de manera desigual a la mujer y al hombre. La mujer anciana pierde, socialmente una seducción que se debía, esencialmente, a la frescura, la vitalidad, la juventud. El hombre puede ganar con el tiempo una fuerza de seducción cada vez mayor, ya que en él se valorizan la energía, la experiencia, la madurez.
"Los fantasmas del envejecer están relacionadas con los prejuicios de nuestra sociedad, que se ciernen sobre ellos singnándoles a tener conductas acordes a lo determinado por dicho imaginario"
¿Qué nos pasa como sociedad que no podemos ver que nuestros mayores representan el compendio de la memoria de la experiencia, y por lo tanto de la sabiduría, valores necesarios para que la sociedad se desarrolle?
¿ Que nos pasa como sociedad que no podemos recuperar las pautas de respeto a la experiencia y el afecto hacia las generaciones de mayores, de cuyo consejo y testimonio dependen también la estabilidad y la columna vertebral de nuestro cuerpo social?
¿ Que nos pasa como sociedad que no podemos ver que la tercera edad es el comienzo de una nueva actividad: la transmisión de saberes que requieren ser escuchados, desde la implicación de los mayores, en las grandes y pequeñas cosas que conforman el devenir de la sociedad?
Ser mayor no es estar retirado, es por el contrario una forma diferente de participación, que es indispensable para nuestro propio crecimiento y el de nuestros hijos.
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© Fernando Irigaray, Marcelo de la Torre, Jorge Yunes,
Diego Rolle y Carlos Rossano (2002-2005)
