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Practica de la Medicina

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El inicio de la medicina como ciencia se sitúa en la época de los griegos, principalmente de Hipócrates (siglo V a.C), que es considerado el padre de la medicina. Esto se debe a su importante papel al separar la medicina de la mitología y religión (antes se creía que la enfermedad y la salud la daban los dioses y por tanto, no podía buscarse causas naturales a ellas). Hipócrates, además, formularía su teoría de los 4 humores, los cuales se encargarían, en el correcto equilibrio de la salud, o la enfermedad cuando uno de ellos o varios se desequilibraran.

También hay que destacar aquí los primeros trabajos en la anatomía humana
realizada por los egipcios. Sin embargo, estos no realizaban verdaderas disecciones anatómicas, sino que tan sólo se limitaban a hacer evisceraciones, necesarias para la correcta momificación de los cadáveres. Heredarían estos conocimientos la cultura de Alejandría, que ya en el siglo III a.C. realizarían disecciones humanas (destacaron en este arte Herófilo y Erasistrato). Sin embargo, estos conocimientos anatómicos se perderían en el año 48 a.C, cuando las tropas de Julio César quemaron la Biblioteca de Alejandría con todos sus libros en el interior.

La Edad Media es una de las etapas históricas más pobres para la medicina. Prácticamente sólo sirvió como puente entre la medicina clásica (griega y romana) y la medicina renacentista. Es decir, fueron meros transmisores de una cultura médica que no supieron mejorar, aunque sí conservar. Llegaron a Europa algunos de los conocimientos de los alejandrinos a través de las invasiones del pueblo musulmán, que tenían un conocimiento más profundo de la anatomía humana.

Hasta fines del siglo XV los conocimientos teóricos en medicina no habían avanzado mucho más que en la época de Galeno. La teoría humoral de la enfermedad reinaba suprema, con agregados religiosos y participación prominente de la astrología.

Teoría de los cuatro humores. En la Edad Media, un individuo saludable, era aquel que tenía un equilibrio interno entre los cuatro humores, concebidas por Galeno, y sus cualidades primarias, lo que conlleva a la seguridad de sus partes físicas. Cuando este equilibrio se perturba, se origina una enfermedad. Un desequilibrio humoral se produce por agencia del hombre mismo o de su ambiente, lo que comprende su forma de vida y de trabajo, su alimentación, bebida y actividad sexual.

El trastorno humoral, puede ser en calidad o en cantidad. Éste da lugar a sustancias nocivas, llamadas substantias pecantes, que deben ser eliminadas para lograr la curación.

Los cuatro humores que el cuerpo contiene son la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra, que corresponden a cada uno de los cuatro temperamentos: sanguíneo, flemático, melancólico y colérico. Cada uno de los humores era caliente, frío, húmedo o seco; por ende los médicos recetaban medicinas frías para las enfermedades calientes y remedios secos contra las húmedas, todo esto basado en el famoso principio de que lo contrario cura lo opuesto.
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La anatomía estaba empezando a estudiarse no sólo en los textos de Galeno y Avicena sino también en el cadáver, aunque en esos tiempos muy pocos médicos habían visto más de una disección en su vida (la autorización oficial para usar disecciones en enseñanza de la anatomía la hizo el Papa Sixto IV (1471-1484) y la confirmó Clemente VII (1513-1524)).

La fisiología del corazón y del aparato digestivo eran todavía galénicas, y la de la reproducción había olvidado las enseñanzas de Sorano. El diagnóstico se basaba sobre todo en la inspección de la orina, que según con los numerosos tratados y sistemas de uroscopia en existencia se interpretaba según las capas de sedimento que se distinguían en el recipiente, ya que cada una correspondía a una zona específica del cuerpo; también la inspección de la sangre y la del esputo eran importantes para reconocer la enfermedad. La toma del pulso había caído en desuso, o por lo menos ya no se practicaba con la acuciosidad con que lo recomendaba Galeno. El tratamiento se basaba en el principio de contraria contrariis y se reducía a cuatro medidas generales:

1) Sangría, realizada con la idea de eliminar el humor excesivo responsable de la discrasia o desequilibrio (plétora) o bien para derivarlo de un órgano a otro, según se practicara del mismo lado anatómico donde se localizaba la enfermedad o del lado opuesto, respectivamente.

2) Dieta, para evitar que a partir de los alimentos se siguiera produciendo el humor responsable de la discrasia. Desde los tiempos hipocráticos la dieta era uno de los medios terapéuticos principales, basada en dos principios: restricción alimentaria, frecuentemente absoluta, aun en casos en los que conducía rápidamente a desnutrición y a caquexia, y direcciones precisas y voluminosas para la preparación de los alimentos y bebidas permitidos, que al final eran tisanas, caldos, huevos y leche.

3) Purga, para facilitar la eliminación del exceso del humor causante de la enfermedad. Quizá ésta sea la medida terapéutica médica y popular más antigua de todas: identificada como eficiente desde el siglo XI a.C. en Egipto, todavía tenía vigencia a mediados del siglo XX. A veces los purgantes eran sustituidos por enemas.

4) Drogas de muy distintos tipos, obtenidas la mayoría de las diversas plantas, a las que se les atribuían distintas propiedades, muchas veces en forma correcta: digestivas, laxantes, diuréticas, diaforéticas, analgésicas, etc.

Al mismo tiempo que estas medidas terapéuticas también se usaban otras basadas en poderes sobrenaturales. Los exorcismos eran importantes en el manejo de trastornos mentales, epilepsia o impotencia; en estos casos el sacerdote sustituía al médico. La creencia en los poderes curativos de las reliquias era generalizada, y entonces como ahora se rezaba a santos especiales para el alivio de padecimientos específicos

Los médicos no practicaban la cirugía, que estaba en manos de los cirujanos y de los barberos. Los cirujanos no asistían a las universidades, no hablaban latín y eran considerados gente poco educada y de clase inferior. Muchos eran itinerantes, que iban de una ciudad a otra operando hernias, cálculos vesicales o cataratas, lo que requería experiencia y habilidad quirúrgica, o bien curando heridas superficiales, abriendo abscesos y tratando fracturas. Sus principales competidores eran los barberos, que además de cortar el cabello vendían ungüentos, sacaban dientes, aplicaban ventosas, ponían enemas y hacían flebotomías.



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