Sexo en Occidente: ¿culpables o inocentes?
El sexo es desde tiempos remotos un tema que incomoda, generador de vergüenzas y culpas. En sociedades como la nuestra, regidas por la racionalidad occidental, es un tabú afianzado del cuál cuesta hablar sin retraimiento. El propósito de este escrito es rastrear genealógicamente y de la mano de la crítica a la moral Occidental del filósofo alemán Frederich Nietszche, y algunos postulados de Baruch Spinoza y Sigmund Freud, las bases de este sentimiento vinculándolo directamente con las tradiciones impuestas por el cristianismo.
Siguiendo a Nietzsche el problema empezó cuando Sócrates introdujo la dualidad maniquea de bueno y de malo. Es decir, actuar conforme al logos, a la razón, lo cuál trajo consigo el encierro de las pasiones dentro de casilleros estables y predefinidos relacionados entre sí apenas dialécticamente. El espaldarazo final lo daría Platón principalmente con su visión de la realidad como divida en dos mundos: El Mundo Sensible es el conjunto de entidades que se ofrecen a los sentidos, realidades particulares, cambiantes, múltiples, que nacen, duran y mueren y se captan con los sentidos; y El Mundo Inteligible o Mundo de las Ideas el cuál está poblado por entidades absolutas, universales, independientes, eternas, inmutables, entidades que están más allá del tiempo y del espacio, y que se conocen mediante la parte más excelente del alma, la racional. El conocimiento válido siempre y en todas partes, no es el de los sentidos, que tiene por objeto el mundo sensible, y que es cambiante, como su objeto. Ese conocimiento es "doxa", mera opinión... El conocimiento válido, la "episteme", es universal, necesario y eterno; y sólo puede ser así, si su objeto tiene esos mismos caracteres. De aquí la necesidad de un mundo de las Ideas universales, necesarias y eternas, capaces de salvar un conocimiento entendido como copia o fotografía del objeto.
Las consecuencias de este pensamiento son por un lado, considerar a la relación cuerpo-alma como una yuxtaposición antinatural, porque el lugar natural del alma es el mundo de las ideas, y el del cuerpo se reduce meramente a lo físico. Al ser el cuerpo lo material, lo sentimental, lo vinculado al Mundo Sensible, es meramente una cárcel para el alma. Esta jerarquía entre cuerpo y alma se ve claramente en el mito platónico que explica que en realidad el conocimiento de las cosas, tanto el de las cosas materiales como el de los objetos intelectuales, como son, por ejemplo, los números, lo tenemos gracias a la existencia en nosotros de una alma racional e inmortal, la cual necesariamente tuvo una existencia previa a nuestra existencia material y que por tanto, conoció en algún lugar diferente a nuestro mundo material, la estructura misma de las cosas, que en este mundo material apenas sí podemos conocer como sombras o reflejos; pero que el alma contempló en su forma perfecta, en su estructura esencial, en el lugar celeste en donde habitó antes de venir al mundo, es decir, en el topos uranos, el cual está poblado por las esencias o formas puras, en griego eidos: imagen, idea. Por el contrario, los sentidos sólo nos proporcionan vagos conocimientos que nos llevan a la simple creencia, conjetura u opinión. Así, según planteara Platón en el Fedón, el alma, al estar en contacto con el cuerpo, no puede encontrar la verdad absoluta porque va sujeta a los placeres del cuerpo y éste la engaña y la induce al error. “Mientras tengamos nuestro cuerpo, y nuestra alma esté contaminada de ésta corrupción, jamás poseeremos el objeto de nuestros deseos, es decir, la verdad. Porque el cuerpo nos opone mil obstáculos por la necesidad que nos obliga a cuidar de él, y las enfermedades que pueden presentarse turbarán también nuestras investigaciones”. “Si queremos saber verdaderamente alguna cosa es preciso prescindir del cuerpo y que sea el alma sola la que examine los objetos que quiera conocer”.
Aceptar la existencia de una instancia superior a la sensible, un mundo en donde se reúna la perfección inalcanzable por el hombre terrenal, y que sólo será abordado por el alma que alguna vez residió allí y ahora vive prisionera en un cuerpo determinado, que el conocimiento, el pensamiento (vago, imperfecto, según Platón) del hombre es sólo gracias a la presencia de ese alma en ese cuerpo, es aceptar la superioridad del alma sobre el cuerpo. Es aceptar la innecesidad del cuerpo, ya que todo lo esencial y válido está en el alma, y que el cuerpo es meramente una cárcel, es material, y por ende defectuoso, inferior. La vida del filósofo justamente consiste en concentrarse en el alma despreciando los placeres mundanos ya que los sentidos no permiten aprehender la realidad, despreciando por completo el cuerpo e imposibilitando el conocimiento del mismo.
Como contrapartida a la lógica platónica, el filósofo holandés Baruch Spinoza manifiesta que solo podemos conocernos a nosotros mismos a través de las afecciones que los cuerpos exteriores producen sobre nosotros, a través de la experiencia. Solo puedo conocer las mezclas de cuerpos y me conozco a mi mismo a través de esos encuentros. Para entender las postulaciones de Spinoza será primordial explicar que una afección según el autor es el estado de un cuerpo en tanto sufre la afección de otro cuerpo. Por ejemplo “siento el sol sobre mí”, en este caso la afección está dada por el efecto que el sol produce sobre mi cuerpo, o sea la acción que el sol produce sobre mí. Dicha acción implica un contacto, una mezcla de cuerpos en donde un cuerpo actúa sobre otro y el otro acoge un rasgo del primero, en este caso el calor sobre mi piel. Esta visión, en cambio, reconoce la existencia de un cuerpo que merece ser explorado, que merece relacionarse con otros cuerpos para conocer la diversidad del mundo, y no sólo a través de la razón, sino mediante los sentidos. Y a su vez, utilizar ese mismo mecanismo para conocer el propio cuerpo. La sexualidad implica necesariamente exploración de cuerpos, tanto el propio como el ajeno, ya que ésta es la única manera de disfrutar del sexo y sus placeres.
Hoy en día, ésta lógica de actuar en función meramente de la razón, dejando de lado el cuerpo como algo que aparentemente no nos pertenece, está muy arraigada en nuestra cultura occidental si al sexo nos referimos. Desde tempranísima edad se les enseña a los niños que es lo “bueno” y que es lo “malo” y aprendemos a manejarnos durante toda nuestra vida con esos parámetros preestablecidos. Pero ¿quién impone esos valores? ¿Quién decide el criterio a utilizar para distinguir lo “bueno” de lo “malo”? ¿En función de qué? “Sólo son buenos los miserables, los pobres, los impotentes, los bajos, los que sufren, los que pasan penurias, los enfermos, los feos son los únicos piadosos, los únicos bienaventurados, sólo para ellos hay bienaventuranza; en cambio, vosotros los nobles y violentos, sois por toda la eternidad los malvados, los crueles, los lascivos, los insaciables, los impíos, y seréis también, eternamente, los desdichados, malditos y condenados”, manifestaba irónicamente el filósofo alemán Frederich Nietzsche en uno de sus escritos. Y es que para Nietzsche el hombre verdaderamente bueno, es aquel que fija sus propios valores, aquel que decide sobre sí y para sí, aquel que expresa su vitalidad a través de su ser personal, a través de la originalidad de su ser. La nobleza es no esconder nada, incluyendo la pasión y la voluntad toda. Sólo eso es lo que vuelve a alguien Señor. Creando sus propios límites – no anárquica y despóticamente, sino haciéndose cargo de ese cambio – para no cargar más, como en la etapa del camello (en la cuál obedece a su amo sin quejarse), con los valores “superiores”, impuestos, supremos. Afirmándose a sí mismo con ese cambio, siendo quién realmente uno es y no más esa figura que la máquina social esculpió en orden a sus intereses. La primera etapa de éste cambio Nietzsche la llama fase del león, en la cuál se revela contra su amo y lo derriba. Se convierte en crítico y dueño de sí mismo, él dice “yo quiero” e impone su voluntad. Por último, la etapa del niño, en la que a medida que va quitando las cargas se va haciendo creador de sus propios valores; busca la afirmación de sí mismo. Interesante analogía ya que es el niño el que todavía no está totalmente configurado por la máquina social y aún explora, crea, inventa. Estos tres ciclos (camello, león y niño) son los que, según Nietzsche, conducirían hacia el superhombre. Proceso complejo si los hay, principalmente teniendo en cuenta la prejuiciosa y censuradora sociedad en que vivimos.
Entonces, ¿el sexo tiene reglas? ¿Quién nos dice dónde, con quién y cómo hacer el amor? ¿Los sacerdotes? ¿Aquellos quienes supuestamente “no ejercen”, por lo que no han vivido en plenitud su sexualidad ni han estudiado objetivamente esta faceta del ser humano por dogmáticos? En todo caso, el único sacerdote que tendría crédito para hablar de sexo es Delfor “Pocho” Brizuela, el cura de La Rioja que confesó frente a sus fieles su romance con una mujer y su retiro del sacerdocio. Él creo sus propios límites, más allá del “qué dirán”, de las reglas eclesiásticas y del posible rechazo social. Se afirmó a sí mismo rompiendo las barreras impuestas y dándose valientemente la oportunidad de ser feliz.
En relación a la religiosidad, se presenta otra de las consecuencias de ésta lógica rigurosamente racional de herencia griega, que suprime las pasiones por encontrarlas como perversas, como una mera deformación del hombre quien no debería dejarse gobernar por otra cosa que no fuera su razón: el surgimiento del cristianismo, como religión pero también como matriz sociocultural estructurante hasta nuestros días. Las similitudes en la moral y la ética tanto socrática, como platónica y el cristianismo se observa por ejemplo en la supresión de las pasiones bajo el concepto de continencia. Según nos enseña en cristianismo, el único sexo válido es el que se da dentro del matrimonio. Fuera de él, todo es pecado. Ya no sólo es pecado actitudes que se pudieran considerar moralmente reprobables (la pedofilia por ejemplo) sino también las que pudieran considerarse aceptables (las relaciones prematrimoniales de una pareja). Y no sólo eso; cualquier atisbo de instinto sexual es malo y debe ser reprimido. Masturbarse es pecado, tener sexo es pecado, tener fantasías eróticas es pecado, experimentar deseo es pecado. Y ni hablar de las relaciones homosexuales, que rompen por completo la moral cristiana al ser consideradas como “antinaturales”. Con respecto a esto Freud elaboró los postulados teóricos del psicoanálisis y afirmó que toda energía sexual reprimida y no satisfecha que permanece en el inconsciente lleva a la neurosis y a diferentes trastornos físicos. El hombre, según planteara el prestigioso psicoanalista, es una animal eminentemente sexual por lo que podríamos pensar que muchos de los males de la sociedad se deben a los móviles sexuales reprimidos, es decir a apetencias eróticas que no llegan a ser satisfechas por obstáculos, tanto interiores como exteriores.
Nietszche acusa al cristianismo de convertir, con sus preceptos y prohibiciones, en amargura y culpa lo más hermoso de la vida, es decir, el eros y el instinto que lo estamental siempre mata. Hasta el papa, Benedicto XVI, dedicó su primera encíclica al sexo, más aún a la distinción entre eros, el amor egoísta que busca poseer el objeto de su deseo y ágape, el amor que "busca por el contrario el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, es más, hasta lo busca". En una de sus pasajes Ratzinger manifiesta que “no puede uno dejarse dominar por el instinto” (…) “El eros ebrio e indisciplinado no es ascenso, “éxtasis” hacia la Divinidad, sino caída, degradación del hombre. Resulta así evidente que el eros necesita disciplina, purificación, para otorgar al hombre no ya el placer de un instante, sino una previa degustación de la cúspide de la existencia, de esa beatitud a la que tiende todo nuestro ser”. La supresión de las pasiones, la culpa por sentimientos libidinosos, la degeneración de la palabra “sexo”, son el resultado de dos milenios de fe cristiana, de hombres como engranajes obedientes al diseño del “Señor”.
Esto es notable en la educación de los niños, ya que por lo general se predica que el sexo está ligado a lo “malo”, como pecaminoso, sucio, perverso, inmoral. Así, el niño crece mezclado en una cultura que sanciona cualquier tipo de acción relacionada con lo sexual, reprimiendo él también desde pequeño sus instintos libidinosos. Ya desde principios del siglo XX, Sigmund Freud investigaba la sexualidad infantil y distinguía la sexualidad de la función reproductora del ser humano. Lo que buscaba Freud con sus estudios era desterrar la creencia de que la persona comienza su sexualidad en la pubertad, a los 13 o 14 años aproximadamente. Muy por el contrario, lo que comienza en esa etapa es la emergencia biológica de la función reproductora del ser humano (esto se ve claramente con la primera menstruación en las niñas), mientras que el descubrimiento del placer sexual está ya presente, desde los primeros momentos de vida: la succión del seno de la madre o del dedo pulgar, el ser mecido, la defecación. Vaya complejidad la nuestra, las primeras experiencias sexuales se generan con la madre, la única mujer prohibida. Según explica Spinoza, depende de las culturas y las sociedades los afectos de que son capaces los hombres, ya que las ideas son siempre colectivas y las afectaciones siempre son mezclas de cuerpos en relación a estas ideas. Entonces ni los hombres, ni las culturas, ni las sociedades somos capaces de los mismos afectos ni de las mismas afecciones. Aún así, compartimos la prohibición del incesto como regla básica de toda sociedad. Pero en lo demás referente al sexo la cultura occidental se lleva el primer premio al dogmatismo y la rigidez. La sexualidad para los chinos, por ejemplo, era considerada la ‘vía del cielo’, algo absolutamente normal, para nada vergonzoso o que hubiera que ocultar, algo de lo que se hablaba libremente. Con esto ya se marca una notable diferencia con nuestra tradición judeocristiana donde la sexualidad es asimilada al pecado, y la mujer, como inductora del pecado original, es asociada al mal; donde la materia se opone al espíritu y la sexualidad a la espiritualidad. Para los chinos la abstinencia es "ir en contra de las leyes del cielo y de la tierra que exigen la relación sexual". Los monjes taoístas no hacían votos de castidad, para ellos la práctica sexual era un camino de santidad utilizado como método para trascender las limitaciones individuales, armonizar la energía interna, expandir la conciencia y comunicarse con la energía universal. Asociaban sexualidad-salud-longevidad. En la tradición China, se considera que la sexualidad es una parte integral del ser humano. Al contrario que en Occidente, la visión de la sexualidad en las culturas asiáticas, no se asoció a lo escabroso, la pornografía o la culpa. Por tanto son infrecuentes los conflictos internos que provienen de la represión y que derivan en numerosas patologías psicológicas o sexuales como ha establecido el psicoanálisis. La sexualidad era y es en los países orientales, no sólo una forma de obtener placer, sino un elemento más de la vida, que se relaciona con la salud, la belleza y la longevidad. Los orientales han preferido permanecer en el mundo de la sensibilidad, antes que sacrificarlo por la ordenación racional exhaustiva de sus vidas.
Uno de los mecanismos macabros más utilizados por al cultura occidental-cristiana es el sentimiento de culpa, muy arraigado en lo que al sexo refiere. Nietzsche criticaba a la religión cristiana por la creación de la mala conciencia, es decir el sentimiento de culpa que paraliza la acción, adapta, configura, disciplina. En realidad, plantea Nietzsche, no existe la culpa porque no hay manera de demostrar o de juzgar “verdaderamente” a un culpable. Nuevamente cabe preguntarnos, ¿quién nos juzga culpables? ¿Las leyes divinas? ¿Según qué criterio? Los instintos sexuales son reprimidos constantemente por reaccionar conformes a esta racionalidad. No hay nada de malo en el sexo, porque cuando uno busca placer es porque tiene una necesidad que debe ser satisfecha, no tiene porque justificarlo con otra cosa, esta acción no necesita ser “dignificada”. El cristianismo no ha logrado afianzarse en los países asiáticos, entre otras razones por que en ellos no se vive con la conciencia de culpa permanente. Lin Yutang, consideraba que para hacer cristiano a un chino, lo primero que había que hacer era convencerle de que era culpable.
Ser feliz no tiene nada de malo. Es hora de que nos demos cuenta que somos inocentes.
Comentarios
Lara, no se si estás enterada, pero han referenciado tu trabajo en otro blog.
Saludos!
Publicado por: Anibal Rossi Agosto 31, 2006 8:13 PM