Terrorismo, inseguridad y simulacro
Durante la última reunión del teórico de Institución y Sociedad se habló bastante de terrorismo y de inseguridad, y de las derivaciones que estas categorías tenían o podían tener en nuestra cotidianeidad.
La utilización política del miedo como elemento disciplinador es algo que me molesta bastante, por lo que ya había escrito algo sobre el tema en otras ocasiones. Lo que hoy quiero compartir con ustedes es un trabajo que hice para la materia Utopías Tecnológicas hace algunos años. El trabajo está centrado en el análisis (liviano, por cierto)de algunos conceptos de Jean Baudrillard y allí hay algunas ideas que por entonces tenía (y aún hoy tengo) al respecto.
Más adelante, tenemos algo sobre Michael Moore, pero tenemos que prepararlo Junto a la licenciada Garrós. Por ahora, ponemos esto a su consideración y esperamos sus comentarios
UTOPÍAS TECNOLÓGICAS
TRABAJO PRÁCTICO FINAL
ESTEBAN MIGUEL PIERCE
Mediante el presente trabajo nos proponemos hacer un análisis de los términos cultura, posmodernidad y medios a partir de los pensamientos vertidos por Jean Baudrillard1 en su libro “Cultura y simulacro”.
Así, extractaremos algunos párrafos que consideramos de particular interés respecto al eje de nuestro trabajo a partir de los cuales reflexionaremos, parangonándolos en algunos casos con conceptos de otros autores o con acontecimientos de la actualidad.
Con respecto a la posmodernidad, Baudrillard la caracteriza como el tiempo de la simulación, de la que dice: “No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real.” Algo parecido afirma Frederic Jameson2 cuando compara el pastiche con la parodia. Durante la etapa modernista, la parodia resaltaba las excentricidades de algunos estilos particulares considerados ridículos o grotescos, lo que evidenciaba una cierta conexión con el texto o la situación original que era objeto de la parodia. En el posmodernismo, con el fin de los estilos individuales, tiene lugar el pastiche, en el que la norma se ha desvanecido y en que se pueden encontrar distintos elementos carentes de significación y de representatividad.
El pastiche- nos dice el autor- es, como la parodia, la imitación de una mueca determinada, un discurso que habla de una lengua muerta: pero se trata de la repetición neutral de esa mímica, carente de los motivos de fondo de la parodia, desligada de los impulsos satíricos, desprovista de hilaridad. El pastiche es, en consecuencia, una parodia vacía.
Con respecto a esta “suplantación de lo real por los signos de lo real” o de la resemantización de las palabras y de las cosas ocurrida en la posmodernidad, podemos recordar el texto en que Borges3 describe la utilización de algunos objetos desprovistos de su utilidad original. Debido a su absoluta pertinencia y a su corta extensión consideramos que vale la pena reproducirlo aquí:
Mutaciones
En un corredor vi una flecha que indicaba una dirección y pensé que aquel símbolo inofensivo había sido alguna vez una cosa de hierro, un proyectil inevitable y mortal, que entró en la carne de los hombres y de los leones y nubló el sol en las Termópilas y dio a Harald Sigurdarson, para siempre, seis pies de tierra inglesa.
Días después, alguien me mostró una fotografía de un jinete magyar; un lazo dado vueltas rodeaba el pecho de su cabalgadura. Supe que el lazo, que antes anduvo por el aire y sujetó a los toros del pastizal, no era sino una gala insolente del apero de los domingos.
En el cementerio del Oeste vi una cruz rúnica, labrada en mármol rojo; los brazos eran curvos y se ensanchaban y los rodeaba un círculo. Esa cruz apretada y limitada figuraba la otra, de brazos libres, que a su vez figura el patíbulo en que un dios padeció, la ‘máquina vil’ insultada por Luciano de Samosata.
Cruz, lazo y flecha, viejos utensilios del hombre, hoy rebajados o elevados a símbolos; no se por qué me maravillan, cuando no hay en la tierra una sola cosa que el olvido no borre o que la memoria no altere y cuando nadie sabe en qué imágenes lo traducirá el porvenir.
J.L. Borges
Ejemplos como el del lazo recuerdan la posición de Benjamin4 con respecto a la pérdida del aura de ciertos objetos.
En cuanto a la situación del poder político y económico en los tiempos de la simulación, Baudrillard es explícito: “La única arma absoluta del poder consiste en impregnarlo todo de referentes, en salvar lo real, en persuadirnos de la realidad de lo social, de la gravedad de la economía, y de las finalidades de la producción. Para lograrlo se desvive, es lo más claro de su acción, en prodigar crisis y penurias por doquier.
Mientras la amenaza histórica le vino de lo real, el poder jugó la baza de la disuasión y la simulación desintegrando todas las contradicciones a fuerza de producción de signos equivalentes. Ahora que la amenaza le viene de la simulación (la amenaza de volatilizarse en el juego de los signos), el poder apuesta por lo real, juega la baza de la crisis, se esmera en recrear posturas artificiales, sociales, económicas o políticas. Para él es una cuestión de vida o muerte, pero ya es demasiado tarde.
El poder no está ahí más que para ocultar que ya no existe poder. Completamente expurgado de la dimensión política, depende, como cualquier otra mercancía, de la producción y el consumo masivo (mass-media, elecciones, encuestas). Todo destello político ha desaparecido, solamente queda la ficción de un universo político”.
Es interesante la visión, que hace ya más de veinte años, Baudrillard tenía con respecto al papel desempeñado por los medios masivos de difusión (no de comunicación) en el juego perverso de la ficción política. Hoy, en vísperas de elecciones presidenciales en nuestro país, podemos ver los ingentes esfuerzos mancomunados de las empresas periodísticas y de los diversos partidos políticos intentando captar la atención de los posibles votantes-televidentes-lectores-oyentes. Sí, se trata de la misma presa, y parece que se tratara del mismo cazador. No es muy dificil sospechar la comunión de intereses entre algunos candidatos y algunos medios.
Por otro lado, tampoco es difícil percibir la escasa atención prestada por parte de una gran parte de la población a estos “problemas”. La interna de tal partido, las idas y venidas de tal candidato o las remanidas promesas de tal otro parecen tener anestesiados a los ocasionales receptores que suelen no encontrar otro refugio en la oferta televisiva que algún sesudo talk show o las atrapantes peripecias de cuatro jóvenes encerrados. Así, lo que muchos podrían denominar como falta de responsabilidad cívica o como un escepticismo inconducente, desde otro punto de vista podría percibirse como una (tardía) toma de conciencia de la inutilidad de preocuparse e inmiscuirse en temas que dificilmente influyan en sus vidas, tanto en el plano individual como colectivo, derivando así su atención a proyectos autogestivos.
Particularmente ilustrativo respecto al tema de la producción y el consumo masivo a los que según Baudrillard está expuesto el poder tras la desaparición de todo destello político, es el artículo de Pierre Bourdieu titulado “La opinión pública no existe”.5
-La opinión pública no existe- dice Bourdieu al referirse a estos “artefactos artificiales” como son las encuestas y los sondeos masivos de opinión. “La estrategia de los candidatos consiste en plantear mal las preguntas y utilizar al máximo la disimulación de las divergencias para atraer los votos vacilantes” asegura Bourdieu al tiempo que denuncia la falta de respeto e interés para con quienes no tienen o no expresan opinión: para producir un efecto de consenso, “la primera operación, que tiene como punto de partida el postulado que dice que todo el mundo debe tener una opinión, consiste en ignorar las no respuestas... Eliminar las no respuestas es lo mismo que se hace en una consulta electoral donde hay votos en blanco o anulados”. A la luz del escenario sociopolítico argentino post- diciembre de 2001, no sería descabellado dejar de considerar a los votos en blanco y anulados como una no-respuesta, sino que, muy por el contrario, esto puede ser considerado como una falta de complicidad con el poder.
Baudrillard afirma que el hiperreal resultante de la simulación está construido a partir de matrices, de códigos. Algo parecido afirma Jameson cuando dice que “la novela histórica posmoderna es incapaz de representar el pasado histórico; lo único que puede “representar” son nuestras ideas y estereotipos del pasado (historia pop). Estamos condenados a perseguir la Historia mediante nuestras propias imágenes pop y mediante los simulacros de esa historia que, por su parte, queda absolutamente fuera de nuestro alcance.”
Matrices y códigos son palabras que Baudrillard utiliza al hablar de la producción de una simulación que sustituya a la realidad. Estos términos (y también el sentido en que el autor los utiliza) nos recuerdan el film The Matrix. En dicha película, el protagonista siente que, a veces el mundo en que vive le resulta extraño. No sabe lo que le pasa hasta que conoce a un grupo de personas que le ofrece una explicación.
El personaje es instado a tomar una pastilla que le permitirá conocer la realidad de las cosas. Al tomar la pastilla, (en la escena en que se le propone al héroe la Verdad; donde le dan la opción entre la verdad y lo verosímil, de elegir mediante la ingesta de alguna de las dos píldoras: la azul, que llevaría al sujeto a la condición anterior de inconsciencia, de ensoñación, de vuelta a la vida de las creencias vividas como reales; o la píldora roja en representación de “la verdad”, que traería como consecuencia la posibilidad de vivir en el mundo real sin mentiras, sin ilusiones) la percepción del joven cambia radicalmente: instantáneamente se da cuenta de que todo lo que creía que era el mundo real no se trataba más que de la creación virtual de una supercomputadora, que inventaba esta ficción para llevar a las personas a una suerte de picadora de carne en la que se les extraía toda la energía hasta dejarlos exánimes.
Metáforicamente, el argumento de la película se refiere a algo parecido a lo que aborda Baudrillard al hablar de simulacro, ya que en el film la sociedad también se encuentra hipnotizada detrás de un velo de normalidad y realidad que oculta el verdadero juego del poder. En el mundo real (en la película) la mayoría de los humanos son seres que físicamente están en continua soledad, no hay ningún tipo de contacto entre ellos.
El film muestra constantemente dos realidades, la material y la virtual, dos formas de pensar, percibir, experimentar.
En tiempos en que según Baudrillard ya no puede diferenciarse lo real de lo que no lo es, no es extraño que las personas presten más atención y se preocupen más por lo considerado “ficción”. “En esta realidad de ficción, lo mejor que se puede hacer es ciencia ficción”, dice el cineasta Fernando Zago. Dice Baudrillard: “Disneylandia existe para ocultar que es el país “real”, toda la América “real”, una Disneylandia (al modo como las prisiones existen para ocultar que es todo lo social, en su banal omnipresencia, lo que es carcelario). Disneylandia es presentada como imaginaria con la finalidad de hacer creer que el resto es real, mientras que cuanto la rodea, Los Angeles, América entera, no es ya real, sino perteneciente al orden de lo hiperreal y de la simulación. No se trata de una interpretación falsa de la realidad (la ideología), sino de ocultar que la realidad ya no es la realidad y, por tanto, de salvar el principio de realidad”. Es desoladora esta apreciación. Ya no sabemos qué es lo real. O peor aún. Sabemos que nada es real. ¿Y si las afirmaciones de Baudrillard tampoco fueran reales? ¿Y si él tampoco lo fuera? ¿Sería conveniente no prestarle más atención y aislarlo como si de un loco se tratara? ¿Nos quedaríamos más tranquilos, ahora sí, seguros de la realidad de nuestro mundo absurdo y sin un perturbado que nos perturbe, no?
Pensándolo mejor, tal vez no haga falta hacerse tanto problema. Total, es muy poco probable que la mayoría de la gente lo conozca, y quizás esté bien que así sea. Seguramente Bush no lo tiene en cuenta. Tampoco el inhallable Osama. O el “temible” Saddam. A propósito de éstos personajes, una cita de Baudrillard les caería como anillo al dedo: “Lo que ya no existe es la adversidad de los adversarios, la realidad de las causas antagónicas, la seriedad ideológica de la guerra. Tampoco existe la realidad de la victoria o de la derrota, aunque la guerra es un proceso que triunfa siempre muy por encima de estas apariencias.
Así pues, es preciso leer todos los sucesos por el reverso, más allá de su montaje oficial. Todo el mundo es cómplice, en especial los mass-media, de mantener la ilusión de la posibilidad de ciertos hechos, de la realidad de las opciones, de una finalidad histórica, de la objetividad de los hechos. Todo el mundo es cómplice de salvar el principio de realidad.
De este modo es posible arañar la verdad de una guerra, a saber: que terminó mucho antes de acabar, que probablemente esta guerra no llegó a comenzar nunca”.
En un artículo periodístico publicado recientemente6, titulado La guerra como un reality show, Mario Diament escribe: “Mientras ultiman los detalles de la gigantesca invasión a Irak, los responsables de elaborar la estrategia mediática en el Departamento de Defensa han concluído que la guerra es, sin duda, “la madre de todos los reality shows” y esperan servírsela como tal a la ávida audiencia”. En el artículo, el autor cierra diciendo: “Para la televisión, cuyos ejecutivos aún están tratando de dilucidar el significado del éxito de los reality shows, la guerra constituye una oportunidad única de explorar un subgénero nuevo. Los canales ponen la pantalla y la audiencia, el Pentágono pone el decorado, los periodistas son los participantes y los iraquíes aportan el color local, que en este caso es el de la sangre”. El último pasaje del citado párrafo es particularmente fuerte, por la crudeza no exenta de veracidad que denota. Sin duda coincide con Baudrillard, quien afirma que “la guerra no es menos atroz por ser sólo un simulacro”.
Esto último me recuerda un hecho que seguramente le hubiera interesado sobremanera a Baudrillard si hubiera acontecido al momento de escribir su libro. Todo el montaje televisivo desplegado después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 tuvo un fuerte olor a simulación y a manipulación de la cabeza de las personas.
Permítaseme una imaginación: en un país sin sufragio obligatorio donde sólo votaba una minoría marginal, un presidente con poco consenso tiene una idea macabra: simular un ataque externo perpetrado por las malvadísimas Fuerzas del Mal. Las víctimas de este artero ataque serían los inocentes ciudadanos comunes. Pero algo salió mal: su malvado y tonto empleado no sólo asesinó víctimas inocentes sino también a los dominadores económicos y militares de la aldea. Pero a no preocuparse, algo se puede hacer: decir y mostrar lo que conviene, y callar y ocultar lo que no. Para eso está la CNN.
Y el poco consenso mutó en mucho. Y la apatía en fervor. Y el enemigo, invisible. Buena excusa para desatar su ira desparramando fuego y terror por todos lados. Todos son sospechosos. Todos son culpables hasta que se demuestra lo contrario. O están conmigo, o contra mí.
¿Y el enemigo, ese afiebrado cerebro, semilla del Mal Absoluto? Mejor que no aparezca, así sigue la película del gato y el ratón escurridizo. Unos videos de mala factura, en los que aparece el tonto empleado, intentan hacer creer a la población que anda suelto y lanzando consignas mesiánicas a sus malvadas huestes. Y la población los ve, les cree y se aterroriza. ¿Cómo no van a creerle si lo dice La Televisión, fuente de la razón inapelable?
Pero basta. Este es un trabajo serio y no hay lugar para peregrinas imaginaciones, así que sigamos con lo nuestro.
La denuncia de los escándalos por parte de los medios masivos es un punto que Baudrillard critica agudamente: “La denuncia del escándalo es siempre un homenaje tributado a la ley. Puede decirse con Bourdieu: “Lo característico de toda tensión de fuerzas es disimularse como tal y lograr toda su potencia precisamente gracias a ese disimulo”, entendiendo lo anterior de este modo: el capital, inmoral, y sin escrúpulos, sólo puede ejercerse tras una superestructura moral, quienquiera que regenera esta moralidad pública (sea a través de la indignación, de la denuncia, etc.) trabaja espontáneamente para el orden del capital. Así lo hicieron los periodistas del Washington Post con el caso Watergate.
Watergate no es un escándalo, he aquí lo que es preciso decir a toda costa, pues es lo que todo el mundo, y antes que nadie los denunciantes, se dedican a ocultar.
Waterrgate no ha sido, pues, más que una trampa tendida por el sistema a sus adversarios –simulación de escándalo con fines regeneradores”.
Watergate es el ejemplo que el autor halla para ilustrar un típico escándalo mediático. Más cercanos a nuestro tiempo y espacio podemos citar por decenas los escándalos protagonizados por funcionarios de los últimos gobiernos, cosa que confirma la aseveración de Baudrillard, que asegura que la inmoralidad, desfachatez y la delincuencia son elementos constitutivos del medio social y político en que vivimos.
¿Tiene Narciso la voluntad de cerrarse sobre sí mismo, o intenta tejer una red (o participar de un espacio esferológico) con el rostro equivocado? ¿Se reconoce, y ama, a sí mismo; o la lectura freudiana del mito es una traslación de nociones que pertenecen a otro orden epistémico?