“El recuerdo, necesidad loca de revivir lo vivido con la fuerza de una visión, brota sin cultivo ni propósito. Simplemente sucede. Se recuerda porque ese recuerdo forma parte de la vida y en ocasiones actúa como si fuera un músculo avivado por un aguijonazo. De modo ingobernable. Imposible reprimirlo o ignorarlo; posible, sí, olvidarlo, fingir desmemoria y sortear así la quemazón que provoca. El recuerdo, un acuerdo con la memoria. Porque la memoria es subversiva, subvierte el presente, por un momento lo sumerge en sombras, en una sabiduría sombrosa que ayuda a presentir el futuro.” (*)
Los ojos ciegos bien abiertos.
Nosotros estuvimos allí, entonces. Estamos y estaremos, por ellos. Por todos. Será por ese acuerdo con la memoria, como dice López Echagüe. Por ese molesto aguijonazo que llega a hurgar en lo más profundo de cada uno, que no se cansa nunca de hurgar, de buscar y hacer emerger. Me animo a decir… Ese aguijonazo que perturba, que sigue allí, que está siempre, incansable, que reclama sin cesar el recuerdo. La memoria otra vez. Aparece, se manifiesta, se revela, se retuerce, grita, denuncia, acecha, nunca renuncia. Estamos y estaremos, por ellos. Por todos… nosotros somos ustedes.
Aquella mañana, 31 de agosto inolvidable, comenzaron los juicios a los genocidas del terrorismo de estado en nuestro país. Fecha que marca fuerte la historia, al menos es lo que esperábamos, esperamos todos; finalmente se acabe con la impunidad, la mentira, la obediencia debida y el punto final.
Abriéndose entonces, un nuevo camino que arroja algo de luz por fin, sobre esas oscuras sombras, tinieblas ocultas… presagiando algo nuevo. Tal vez… Luz que alberga la lucha inagotable de las madres, hermosas ellas, de los familiares y amigos, del pueblo; de todos nosotros, que durante tantos años nunca desistimos. Ahora sí, me conforto y especulo, podemos ver con más claridad. Algo. Después de tanta injusticia, angustia, dolor.
Pintamos el paseo del Bv. Oroño, esa mañana. Ahí, nomás frente a tribunales. Lo llenamos de pañuelos blancos, lo colmamos nuevamente de vida, de vigor, de esa fuerza tan pura, la misma que van cargando y expandiendo. Hicimos surgir y renacer ese espacio, con nuestras pinceladas de fuego que sin cesar se alborotaban desperdigándose por las baldosas blancas y negras gastadas del piso.
Y así pintamos nombres, todos los nombres: Jorge, Luis, El estudiante, María, Yo, Andrés, Susana, Mis amigos, Alejandra, Ustedes, Emilio, Nosotros, El que sueña, Julio también… Delinear esos nombres en el piso evocaba a Ellos que ya no están, a ellos que fueron, pero al mismo tiempo a quienes estamos, Nosotros, encarnando sus mismos sueños y utopías, su lucha por otros mundos posibles.
Aquellos nombres, hablaban de esa memoria colectiva y de esa historia de la cual todos formamos parte. Y de esa manera, poder dibujar tantos nombres como sentimientos y emociones compartidas, que nos identifican, que nos hacen uno de algún modo.
Ellos no murieron… duermen, sueñan con la libertad. Escribió alguien, también…
“Hay personas que profesan y alientan el recuerdo del olvido. Son los que, al decir de León Rozitchner, “quieren una protesta sin ruido, una acción sin presencia, una existencia sin huella: una protesta que no exista como protesta. Quieren que los despojados y condenados a la lenta pena capital del hambre, la enfermedad y la muerte jueguen al oficio mudo: sin hablar y sin reír, como juegan los niños. Que no ejerzan una presencia que disturbe ese sueño sin pesadillas de los justos”. (*)
Nosotros, sí, aquella mañana éramos acción con presencia, éramos cuerpo en potencia, existencia con huella. Marcando y forjando, así, en un solo gesto compartido miles de historias y emociones. Sí, miles. Y no había quién pudiera censurarnos, acallarnos. Finalmente todo escapa de ese confinamiento, pensé. Hasta lo que se aloja en lo más recóndito.
“La memoria a la intemperie. Nada de memoria ahogada en un museo. La memoria tiene patas. La memoria detesta que la encierren en la sala de un museo. La memoria es huérfana de tiempo y ocasión. Necesita merodear. Necesita absorber aire. Busca. La memoria indaga. Es insoportablemente empeñosa. La memoria. Se mete a toda hora en la cabeza. No duerme, no se toma respiro.” (*)
Y nosotros allí, en la calle. Manifestándonos, conmovidos y alterados por ese aguijonazo que no da tregua. Otra vez.
Pintamos entonces, una gran bandera blanca. La cargamos de palabras y pensamientos, de quimeras y ensueños, de alucinaciones también. Nuestras, de todos.
Modelamos en esa tela infinita, cada recuerdo, cada emoción, traída a la superficie. Emergiendo en cada instante. Nada de memoria ahogada, censurada, clausurada, aplacada. La memoria ahí nomás, en la calle, a la intemperie. Bien a la intemperie. La memoria venida, así de repente, arrastrada por nuestra presencia, arraigada en ella y en cada trazo. Con colores que revivieran algo, que pudieran decir y nombrar, que gritaran, expresaran, que recordaran, que denunciaran. Apenas un atisbo. De algo. Todo.
Luego, la gente entusiasmada, como encantada dejaba su huella en el lienzo blanco ahora rebalsando en colores. Y después, cortar el lienzo para armar miles de pañuelos y así repartirlos a cada uno de los que estábamos presentes. Cada uno con su pañuelo, que a la vez contenía un pedacito de todos. Vestigios… Todo en un solo gesto. Así, hermoso.
Nosotros estuvimos allí, entonces. Estamos y estaremos, por ellos. Por todos. Será por ese acuerdo con la memoria, como dice López Echagüe. Otra vez… ya convencida, me vuelvo a susurrar por dentro.
(*) Fragmentos del prólogo “La memoria a la intemperie” escrito por Hernán López Echagüe, del libro “Lino Rojo” aún sin publicar.
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