Code is Poetry
Code is poetryBuscaba “Rimas y Leyendas”, de Gustavo Adolfo Bécquer. Pero parece que ya no existe en las librerías. Es un libro viejo, de hace varios siglos. Nadie lo lee. No vale la pena imprimirlo. Me tomé un café, solo en una mesa. Lo hice, en realidad, porque la moza de la librería tenía unos ojos que valían la pena quedarse un ratito. Mientras tomaba mi café, la seguía de a ratos con la mirada. Ella a veces también me devolvía la atención. Hasta que entonces se acercó y supe que era el momento de decírselo: -0010110 01 101 0011010111. Ella me sonrió y a su vez dijo: -001. 110 100010. Con eso bastó. Code is Poetry.
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Code is poetry
Buscaba “Rimas y Leyendas”, de Gustavo Adolfo Bécquer. Pero parece que ya no existe en las librerías. Es un libro viejo, de hace varios siglos. Nadie lo lee. No vale la pena imprimirlo. Me tomé un café, solo en una mesa.
Lo hice, en realidad, porque la moza de la librería tenía unos ojos que valían la pena quedarse un ratito. Mientras tomaba mi café, la seguía de a ratos con la mirada. Ella a veces también me devolvía la atención. Hasta que entonces se acercó y supe que era el momento de decírselo:
-0010110 01 101 0011010111.
Ella me sonrió y a su vez dijo:
-001. 110 100010.
Con eso bastó. Code is Poetry.

En el mundo en que yo vivo, muchas cosas que para mis padres fueron imposibles, hoy son cotidianas. Y muchas cosas que para ellos fueron posibles, para mí ya no lo son. Extraña paradoja.
En la tercera cita que tuve con la moza, ella se animó a traicionar a su patrón y me dijo:
-La librería de la otra cuadra tiene un máquina que puede solucionar tus problemas. Ahí guardan todos los libros que ya no existen en las librerías, y si apretás el botón, por un costado salen las hojas recién impresas, las encuadernan y tenés listo el libro que buscás.
Si me confesaba eso era porque estábamos entrando en confianza. En efecto, en aquella librería habían comprado un híbrido entre fotocopiadora, impresora láser, ordenador, y biblioteca de anticuario, que contenía un su disco rígido miles de libros que ninguna editorial imprimía. Uno solo debía seleccionar de una lista, abonar el precio indicado, y esperar algunos minutos a que el libro de sus caprichos saliera fresquito de la imprenta. Podría ser fruto de la imaginación de Verne o Bradbury. Pero las hojas estaban siendo impresas ahí frente a mis ojos.

La informática y las telecomunicaciones cambiaron el mundo. No lo digo con satisfacción ni con miedo. Lo digo con convicción. También lo hicieron, en su tiempo, las palabras, la escritura, la imprenta, la rueda, el fuego, la electricidad, el motor a explosión, las monedas. Pero al mundo que resultó de esas tecnologías, ya estamos acostumbrados. Nuestros padres en general aun discuten con el mouse, nosotros teorizamos sobre las redes informáticas, nuestros hijos probablemente cimenten la próxima revolución tecnológica.
T qro mch:), me dijo ella la otra noche, un par de minutos después que nos hubiéramos separado, cada uno rumbo a su casa. Creo que sentí lo mismo que debió haber sentido Gustavo Adolfo Bécquer, cuando una damisela le hizo llegar a su morada una misiva de amor. Mi amado poeta, oh, desde la bendecida noche en que vuestra galante presencia, ha tocado a mi puerta con vuestros versos de amor, oh, mi anhelado señor, mis labios no pueden ya deciros otra cosa a vos: T qro mch:).
Hay cosas que hacen evidente que algo ha cambiado para siempre. Cuando vimos el resplandor de Hiroshima, o cuando oímos en las radios que el Muro había caído, o cuando lo que cayó fueron las Torres Gemelas, por ejemplo. En ese sentido, creo que el momento que evidenció que algo había cambiado de manera profunda e irreversible, fue cuando alguien dijo tres palabras y todos las asumimos con normalidad. Matt Mullenweg las dijo: Code is poetry. Y después de eso estábamos en otro lugar de la Historia.
“El código es poesía”, es la frase que describe un siglo (este) y exhibe una revolución humana. Tres palabras que unen dos planos de la cultura que antes no podían ir por el mismo camino. Y nos resulta natural. En términos informáticos, pq, o sea, codepoetry, o sea, hay una equivalencia mutua entre el código y la poesía, álgebra elemental, disciplina que sustentó el funcionamiento de las primeras máquinas analíticas y que tuvo como brillante exponente a Ada Lovelance, la primera programadora de la Historia. Y era mujer.

Yo miraba otra vez los ojos de la moza. “¿Y me preguntas qué es poesía? Poesía eres tú”, escribió Gustavo Adolfo Bécquer. Poetry is code, respondió Matthew Mullenweg cuando le hicieron la misma pregunta.
Él no es poeta. Tampoco es ingeniero en sistemas. Es licenciado en ciencia política y en filosofía. Pero no escribió un libro, escribió un programa. Lo llamó Wordpress y lo distribuyó libremente por el mundo. Ahora es un gurú de la red, como Gates y Steve Jobs (que tampoco son ingenieros en sistemas).
El slogan de Wordpress es la ya citada equivalencia algebraica entre código y poesía.
La poesía materializó por siglos los sentimientos, emociones, luchas, convicciones y saberes de la humanidad toda. Era algo que constituía al hombre en su encuentro consigo mismo. Algo tuvo que pasar para que el código informático pueda asumirse como poesía. Y es que el código comenzó a materializar y comunicar los sentimientos, emociones, luchas, convicciones y saberes de la humanidad toda. Creo que ahora es indispensable leer un poco de poesía:
Módulo de login para Wordpress,
por Matt Mullenweg

Sin palabras. Sólo código.
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Los nuevos medios, que Manovich define como aquellos producidos, distribuidos y consumidos a través del ordenador, son uno de los nuevos espacios generados por la informatización de la sociedad. Una de las tésis del autor es que tienen la capacidad de transformar la cultura en que vivimos. Como también la de no hacerlo. La afirmación paradójica en realidad sería un error si no se considerara en qué sentido puede no transformar a una sociedad, una nueva tecnología que se imbrica en todos los aspectos de la vida. Si lo que estamos esperando es que la sociedad informatizada acabe con toda huella del mal sobre esta Tierra, que desarme toda estructura social que diferencia grupos humanos y los pongan unos sobre otros, y como resultado de esto arroje un mundo feliz, entonces es cierto que la informatización de la sociedad no transforma nada.

Si en cambio observamos cómo sentimos y operamos sobre el tiempo, el espacio que circulamos y habitamos, el saber que heredamos y modificamos, los lenguajes con los que hablamos, las personas con que nos relacionamos y las manera de hacerlo, las posibilidades de almacenar en la memoria y producir expectativas, futuros, sueños y proyectos; entonces si observamos esto es cierto que la informatización de la sociedad nos cambia. Si podemos decir code is poetry es porque ya no somos los mismos.
Nos decepcionamos de las cosas porque esperamos excesivamente que estas nos impulsen en un sentido directo y definido, hacia el mal o hacia el bien. Parece una concepción binaria y lineal de los tipos de pensamiento y conductas humanas. Estamos seguros siempre que debajo de esa interfaz que el poder social ha construido, en la época que sea, siempre podemos encontrar lo mismo. La misma estructura de poder nutriéndose a sí misma mediante la absorción de algunas vidas bien definidas que subyuga. No pretendo que esto no sea así, pero evidentemente, y los líderes absolutos de esta posición lo reconocen, no queda nada por hacer ni ser en esa perspectiva.
La poesía en el siglo XXI
Si Bécquer viviera, escribiría sus rimas en código binario. Los elementos básicos de sus poesías serían 1 y 0. Sus musas estarían contenidas en funciones matemáticas. La representación numérica implica convertir el mundo a términos manejables para un procesador. Esos términos son muy reducidos: impulsos eléctricos, 1 y 0, circuitos abiertos y cerrados, si y no. Gracias a Dios, sin embargo, nosotros no tenemos que ver ese código que haría evidente que no se trata de poesía. Entre él y nosotros, está la interfaz para salvarnos. El mejor punto para estudiar la interfaz gráfica de los nuevos medios, es entender que en ella se opera la interacción entre el lenguaje que entiende el ordenador y el que entienden los humanos. Es una superficie de mutua traducción, que hace posible la convivencia. Sin ella jamás alguien hubiese dicho que el código es poesía. Sería como ver el esqueleto de una mujer hermosa: ya no sería hermosa. ¿O sí…?
Si el lenguaje, como sospecharon desde Saussure a Maturana, no es descriptor de la realidad sino constructor de esta, seguramente el mundo que intenta digitalizarse en toda su faz y profundidad es un mundo que se reinventa. Pensémoslo:
01110000 01101111 01100101 01110011 11101101 01100001 00100000 01100101 01110010 01100101 01110011 00100000 01110100 01110101 00101110
Poesía eres tú.
Como mínimo, es un mundo más largo.
Un mundo modular, además, debe ser un mundo más individualista, un lugar donde solo se puede existir, producir, moverse, agrupados con otros. Pensemos en la tendencia general en la educación, en las empresas, donde nadie se cansa de decir que hay trabajar dentro de grupos, que hay ser parte, ser participante. ¿Cómo en una sociedad individualista puede existir el mandato de ser en grupos? Probablemente con una arquitectura orientada a objetos, donde todos somos módulos que mantenemos nuestra identidad, pero nos combinamos con otros para lograr un objetivo en una estructura mayor.
Manovich dice que gracias a los dos principios anteriores existe el tercero: la automatización, cosas que funcionan solas. Es fuerte lo que dice: “de ahí que pueda eliminarse la intencionalidad humana del proceso creativo”. Deben ser los no humanos de Latour, aquellos seres tecnológicos que viven con nosotros en colectivos (olvídate de las sociedades) y que hacen realidad la intencionalidad humana que en su construcción y diseño les fue legada, por una humanidad que ahora está ausente.
Se automatizan las actualizaciones en los sitios web, como también la atención a reclamos de clientes insatisfechos vía teléfono, o la represión a la velocidad de algunos autos mediante las lomas de burro.
McLuhan decía también que el hombre depositaba sus funciones en las tecnologías que creaba, cuando el desempeño de estas se volvía una carga insoportable para él. Mazlish también había delegado muchas de sus funciones en no humanos. Aparentemente para ambos, el hombre perdía lo que cedía, y así se iba constituyendo un ser paralelo, orbitando alrededor de él, como diría Baudrillard. Ese ser iba recibiendo todo lo que al hombre le pesaba mucho, y así iba creciendo, podríamos aventurar. El hombre entonces se sentía más liviano, le sonreía al sirviente orbitante que empezaba a tomar forma en las miles de tecnologías que había creado. Probablemente ese ser le devolviera la sonrisa. No era para menos: sabía que así estaba absorbiendo un poder inmenso que acabaría por darle existencia propia. ¿Qué pasaba cuando ese colectivo de no humanos lo lograba? Eso debería pensarse.
Estamos demasiado acostumbrados, pero si nos miraran desde otros planeta –quién sabe…- podrían vernos caminando por allí, rodeándonos y acompañándonos siempre un séquito de sirvientes astutos, que a medida que crecen empiezan a provocar una pregunta: ¿quién sirve a quién? ¿qué harán con nosotros cuando acaben por recibir todas nuestras funciones? ¿Seremos sus sirvientes, nos despedazarán convirtiéndonos a cuerpos inertes y no pensantes conectados vía cables o wireless a las máquinas que les constituyen? ¿O viviremos en mutua armonía, harán de nosotros seres crecientemente poderosos, capaces, longevos, felices?
McLuhan afirmó que la historia del hombre podía pensarse a través de un movimiento de creciente delegación de funciones cada vez más altas hacia las tecnologías, por parte del hombre. La informática, había recibido de este las funciones del sistema nervioso central. Peligrosa concesión: de él dependen nuestro sentir, pensar, ver, percibir el peligro, mantenernos con vida. Y nuestra memoria y sueños. Sin embargo, ¿las tecnologías siente, sueñan? ¿Aun les falta eso? Esa es otra duda. ¿Los no humanos se revelarán contra nosotros por no darles la posibilidad de sentir, o por el contrario cuando reciban esta función, podrán percibirse como subyugados y organizar el motín? Y la otra pregunta: ¿McLuhan, Mazlish, Boudrillard, Manovich… tenían razón o estaban aburridos o paranoicos cuando escribieron esto?
El mundo escrito en lenguaje de máquina y almacenado en base de datos, accedido, distribuido y mediado por una interfase… el mundo que nos es cierto, porque debajo de lo que vemos hay siempre una estructura oculta (las del código, de los 1 y 0). Y el mundo pensado con metáforas y procesos que nos legó la informática. Nuevas maneras en la epísteme y la doxa de referirnos a las cosas, metáforas binarias, traducciones insospechadas. Ese es un mundo donde podemos decir y entender algo como “code is poetry”.
Pero no es nuevo, después de todo. ¿Acaso la electricidad al invadir el mundo, no genero toda una mitología para dar explicación y sentido (y para jugar) al mundo? ¿Mary Shelley no escribió su Frankestein reduciendo la vida a la electricidad? ¿y qué le hizo ese monstruo tecnológico su creador? Me refiero a, ¿que le hizo Víctor Frankestein a su engendro hecho de pedazos humanos?
¿No utilizaron los términos biológicos, el mentado “organismo” de Durkheim, como metáfora explicativa de la sociedad? En la Revolución Industrial, ¿no éramos una maquinaria? ¿Por qué es raro que ahora seamos una red de terminales que intercambian información, que la memoria sea una base de datos? Tendrá sus consecuencias, sin duda. En principio la informática intentó imitar al mundo conocido para hacerse reconocible, utilizable. Hoy, como afirma Manovich, hemos dado la vuelta. El mundo quiere imitar a la informática, porque ha asumido que el código es poesía.

También sería justo preguntarnos si la informática moldeó a la sociedad, o si fue posible porque la sociedad entraba en una lógica cultural diferente, la de la posmodernidad. O ambas a la vez. Probablemente sería una reflexión sin resultados, sin posibilidad de definición. Mueren las grandes narraciones que dan sentido a la sociedad moderna, y nacen las colecciones individualizadas, customizadas, a partir de una infinidad de posibilidades almacenadas en bases de datos. Cada uno hace su collage. Definitivamente es posmoderno, o es conveniente a la posmodernidad. ¿Es malo? ¿Es bueno pensar si es malo? ¿Quién tiene la culpa, quién fue? ¿Es posible no ser posmoderno en la posmodernidad, o capitalista en el capitalismo?
Matt Mullenweg inventó Wordpress. Es un sistema de blogs, lo hemos dicho, un software de código abierto y gratuito que puede instalarse en sus servidores o en los propios. Mateo recorre el mundo dando conferencias sobre el Open Source. Tiene fans por todos lados, gente que se le acerca con su notebook en la mano y le pide un autógrafo con un lápiz digital. Se revelan contra el capitalismo mediante un ordenador portátil de HP, o mejor, de Apple. Matt tiene una empresa con una decena de personas. Ganan mucho dinero y sonríen en las fotos. Yo haría lo mismo. Gracias a él, podemos decir en internet muchas cosas que no podríamos en otros lados. Nos hacemos famosos y colgamos nuestras fotos.
Wordpress es un ejemplo de una novedosa estrategia comercial, como tal genial. Produce posibilidades allí donde el software licenciado las cierra, pero aun así es una empresa multinacional produciendo ganancias extraordinarias y legítimas para un puñado de envidiables nerds. Dreamweaver, cómo código licenciado de Adobe, abre posibilidades por su calidad y soporte, allí donde Nvu, versión gratuita open source, las cierra, porque su potencialidad para crear es más reducida. Tomar una alternativa u otra, depende de qué estamos queriendo hacer y que filosofía de la base de datos nos combina con la remera que nos pusimos (la de la manzanita o la del slogan que titula esta nota). No es poca cosa. Tampoco es tanto.
Hace algunos años empezamos a sentir que todo estaba hecho. No si es del todo cierto, pero parece que era más fácil hacer un “Encuentros cercanos de l Tercer tipo” hace 35 años, que hacerlo hoy. El espacio de la sorpresa empieza a achicarse. En ese mismo momento, el tiempo empezó a acelerarse. Algunos dijeron que la tierra rotaba más rápido sobre su eje, pero probablemente es una cuestión cultural. No se puede andar por la vida a esa velocidad no se automatizan muchos procesos, si tenemos que pensar cada movimiento e inventarlo. Las operaciones de Manovich son la respuesta a eso. Como consecuencia, el consumo del mundo y la producción de este, empiezan a pasar de modo creciente por un ordenador, que ya no solo ordena (o sí, según sus convenciones y posibilidades). Contadores, diseñadores, médicos, comunicadores, editores, biólogos, comerciales y campesinos hacen cosas diferentes en un mismo tipo de equipo. Es no solo reduce los costos (por el consumo masivo que posibilita) sino que es increíble, al menos aun para nuestra generación. ¿Es posible que cientos de personas en una empresa produzcan tanto desde sus sillas, tocas con el traqueteo de sus dedos sobre los teclados, y el desplazamiento de algunos músculos sobre el mouse? En efecto, lo es.
La teleacción y la informatica ponen a disposición de una persona una cantidad aparentemente interminable de información, le permiten una comunicación y una acción que vulnera los límites del espacio y del tiempo. Actuando sobre mundos falsos, virtuales, podemos cambiar el mundo real. Eso dice Manovich. ¿Pero cuál es cuál? ¿Acaso siempre hubo unos límites muy bien definidos sobre unos y otros? ¿Acaso la literatura y el cine, a través de sus ficciones, no tenían efectos sobre el mundo político, real? ¿Cuántos sucumbieron al pánico cuando a Orson se le ocurrió relatar por radio La Guerra de los Mundos? ¿Una mentira bien contada no podía según la retórica, conseguir efectos de verdad?
Code is poetry solo puede ser una frase pronunciada por una sociedad profundamente transformada y constituida por la informática. Funciones humanas delegadas, potenciadas por los procesadores y su gusto por las tareas rutinarias, su capacidad de memoria, su interconexión veloz e interplanetaria, todo ha tendido una red en este mundo, entre nosotros o sobre nosotros. E insisto con algo: Quizá toda libertad implique formas sutiles de esclavitud, y quizá el propio y constitutivo empeño en darle sentido al conflicto de la existencia, implique esclavizarse en la jaula explicativa, de lo que nosotros creemos sobre cómo es el mundo.
