El sábado 12 de marzo de 2005 cumpliría 83 años. Pero la muerte se lo llevó joven, a los 47. Jack Kerouac, un escritor clave de la narrativa testimonial estadounidense, que encabezó la Generación Beat desde la primera hora, a fines de años cuarenta y principios de los cincuenta desde la soledad y con su máquina de escribir, viajando de lado a lado por Estados Unidos, es a quien hoy releemos para volver a esas historias deseosas de libertad que nos contó.
La Generación Beat surgió del Renacimiento de San Francisco, tal como él llamó a las experimentaciones literarias que llevaron adelante con sus compañeros de ruta y de vida.
Hace un tiempo, una profesora amiga de mi familia comentaba en una cena en casa lo que le costaba que sus alumnos de tercero y cuarto año de secundaria leyeran las novelas que les proponía. Había probado la estrategia de que fueran los mismos chicos, ya en el primer día de clase, los que acercaran propuestas para decidir las lecturas de cada año. “Pero claro –dijo–, no saben nada, qué querés que propongan.”
(Es así. Cien años de soledad es más entretenida cuando uno la lee por gusto que cuando lo hace para rendir una prueba de literatura o un examen de comprensión de textos.)
Lo cierto es que esa noche, y después de escuchar de la maestra que a los alumnos no les gusta leer, y es más: “ni siquiera leen”, aduje que era probable que los alumnos no propusieran buenos textos porque no los conocían, y que en definitiva lo esperable es que sea la escuela el lugar donde los alumnos accedan a las bellas letras, y aprendan a disfrutarlas. Y que ella, la maestra de esta historia, era quien tenía la obligación de encontrar autores interesantes para los próximos bachilleres. Me miró con cara de “vos no me vas a decir lo que tengo que hacer”.
En ese momento me acerqué a la repisa donde tengo mi biblioteca beat y tomé Almuerzo desnudo, de William Burroughs. Le leí unos pasajes, entre ellos los primeros y más escatológicos del libro. Mientras leía la miraba, levantando la vista entre punto y punto; ella hacía caras como de “¡qué asco!” Para neutralizar un poco su espanto, decidí leerle a continuación algunos pasajes de En el camino, de Jack Kerouac. Quedó anonadada por la dinamita expresiva de Kerouac, por la densidad de imágenes de su prosa y por la que calificó como la “oralidad” de su literatura.
Hace unas semanas encontré a la maestra, accidentalmente, como las dos o tres veces que volví a verla después de aquella cena. Me contó que habían comprado para la biblioteca de la escuela un ejemplar de En el camino. Recordé en ese momento que por estos días Kerouac cumpliría años: el 12 de marzo. La excusa perfecta para volver a él, o como los alumnos de la maestra, para comenzar a leer.

Mi historia es parecida: un profesor de fotografía –que nos abrió la cabeza como pocos– nos leía buenas letras para que viéramos la densidad de las imágenes en la narrativa y los cruces entre las artes: en la primera clase leyó Las babas del diablo, de Cortázar. Un día nos contó la historia de Kerouac, nos habló de esa maravillosa novela, En el camino, escrita en dos semanas en un rollo de papel y que estuvo años transitando por editoriales hasta finalmente ser publicada. El mismo día en que Gabriel Valansi nos contó de Kerouac compré la novela... y ya nunca paré de leer.
Así que para los chicos de esa Escuela Normal perdida en Pergamino, por el profe de fotografía que por suerte nos enseñó mucho más que técnica fotográfica, y con la testaruda idea de que Kerouac sirve, puede servir, para que nuestros jóvenes comiencen a leer y no se resignen a entrar en esas oficinas que alistan predadores, van a continuación unas notas sobre el escritor y lo que él llamó el Renacimiento de San Francisco. Sale.
El gran Kerouac
Jack Kerouac nació en Lowell, una pequeña localidad industrial de Massachussets (Estados Unidos), el 12 de marzo 1922. Escribió. Escribía muchísimo. Sus primeras influencias y motivaciones literarias fueron Melville, Theodore Dreiser y, sobre todo, Thomas Wolfe. Alguna vez dijo que para ser escritor hay que dedicarse a eso todo el día, “como un adicto a las anfetas”.
Su nombre original era Jean-Louis Kerouac, descendiente de canadienses francófonos. No aprendió a hablar inglés hasta los seis años: hablaba un dialecto local del francés, el joual. Cuando era muy joven se destacó como deportista en el fútbol americano, y por eso ganó una beca para la Universidad de Columbia, en Nueva York. Pero debido a una lesión en una pierna y una discusión con su entrenador, además de que no se llevaba muy bien con la universidad, se frustró su carrera y se enroló en la marina mercante.
Kerouac es la figura por antonomasia de lo que se conoció como la generación beat, que surgió del Renacimiento de San Francisco, para convertirse en un autor ineludible de la narrativa estadounidense. A decir verdad, él fue la figura clave de los beats, pero el triunvirato impulsor se completa con William Burroughs y Allen Ginsberg, novelista el primero y poeta el segundo.
La primera novela que publicó Kerouac fue The Town and de City, pero la explosión de los chicos de Frisco se produjo en 1957 con la aparición de En el camino y del poema “Aullido”, de Ginsberg.
El éxito inmediato de En el camino y “Aullido” coloca a los beats en el centro del debate cultural. Y los palos llegan desde la izquierda y la derecha. John Updike parodia cruelmente a Kerouac; Kenneth Rexroth les retira su apoyo al considerar que la moda beat eclipsa el proyecto de disidencia político-cultural germinado en San Francisco. La revista Life también al ataque: “son pequeños estafadores pasivos, excéntricos solitarios, personas que odian a las madres y a los policías, exhibicionistas de sonrisas groseras y bongós dos veces empeñados, escritores que no pueden escribir, pintores que no pueden pintar, bailarines con desafortunadas disfunciones en los tobillos (...) personas muy parecidas a las que en los años treinta repartían panfletos para los comunistas”.
Kerouac y Ginsberg fueron calificados por esos años, en la década del 50, como autores de un solo libro. Se habló de desgramaticalización y prosa descompuesta. Se dijo también que el asunto beat era una mera cuestión publicitaria. En Estados Unidos se los comparó con la generación perdida (lost generation) y en Europa con el existencialismo francés. Los críticos dijeron muchas cosas, entre otras que la prosa de Kerouac era un burdo intento de lo que ya había experimentado el automatismo surrealista. Por su parte, Kerouac no se quedó callado, aunque le fastidiaba dar explicaciones. Desafió los principios fundamentales de la literatura; él mismo hablaba sobre los principios de la prosa instantánea. Sostuvo hasta el hartazgo que el escritor debe escribir para satisfacerse a sí mismo, y que ese es el único camino para satisfacer al lector. La prosa de Kerouac podría ser tildada de irracional; hay coincidencia respecto de que no se funda en principios filosóficos sino que ese método animal de escribir “hasta que duela la mano” está más relacionado con lo fisiológico. No es casual que los beat, y los beatniks –que eran sus seguidores/lectores- hayan sostenido, pese a estar muy relacionados con las universidades -como estudiantes al principio y luego como conferencistas– una actitud antiintelectual no basada en la vida sino más precisamente en la intensidad de esta, en la realidad física y en la experiencia.
En algunas entrevistas que concedió Kerouac se da el gusto de tomarle el pelo a la prensa; expresaba con claridad sus teorías formales, o su odio hacia los editores que arruinaban la espontaneidad con la camisa de fuerza de la puntuación estándar (“Malcolm Cowley hizo infinitas revisiones e insertó miles de comas innecesarias como, digamos, Cheyenne, Wyoming –¡por qué no decir simplemente Cheyenne Wyoming!–”).
También dijo alguna vez: “No voy a pasar el resto de mi vida sonriendo y estrechando manos y enviando y recibiendo perogrulladas, como un candidato a funcionario político, porque yo soy escritor... mi mente tiene que estar sola, como la de Greta Garbo”.
La generación beat de alguna manera supo montar su propio sistema simbólico. No contra el sistema, sino por fuera de él. Esa era la idea. Porque los beats no sólo escribieron: sobre todo vivieron, y vivieron mucho y rápido. Se ocuparon de, a su manera, idear su modo de vida, otra estética, la experimentación constante en todas las materias de la comunicación. Se dieron el lujo, o tuvieron el coraje, de probar y errar, de hacer lo que sentían artísticamente.
El grupo beat inicial estaba formado por Jack Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs, Herbert Huncke, John Clellon Holmes y Allen Ginsberg. En 1948 se unieron Carl Salomon y Philip Lamantia; en 1950 Gregory Corso; y en 1954 Lawrence Ferlinghetti y Peter Orlovsky.
Su energía desbordó hacia los movimientos juveniles de aquella época (On the Road —En el camino– de Kerouac (1957) asumió carácter de manifiesto universal de una juventud que quería huir de lo establecido), y fue absorbida por la cultura de masas y por la clase media hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta.
Los chicos de Frisco tomaron al jazz y lo hicieron suyo cada noche, y del bop tomaron su espontaneidad, ligada directamente con la forma de escribir y hablar y de pasar la vida viendo qué se presenta. Las posibilidades de creación espontánea y de improvisación es lo que los atrajo hacia el bop. El bop es un tipo de jazz que rechaza y le escapa a la melodía convencional, de ahí que si leemos algunos análisis sobre la prosa de Kerouac comprenderemos por qué se lo compara con el gran Charly “Bird” Parker. Como decía Allen Ginsberg: el jazz no tuvo miedo de ser adoptado por una generación que hizo lo imposible por el hedonismo y por la tolerancia social y literaria.
Una novela muy bonita (y dicen que autobiográfica) que publicó Kerouac es Los subterráneos (1958). En ella, nuestro escritor pinta precisamente esa América subterránea, drogadicta, sexual, desolada, desinhibida, lejana a la aristocracia, llena de noches urbanas con jazz, y las grandes desilusiones que convivían con las ilusiones domésticas de una buena comida o de visitar a un amigo. Para quienes puedan conseguirla, Los subterráneosNuestra vida comienza de noche fue dirigida por Ronald McDougall y protagonizada por Leslie Caron y Jack Peppard.
Los vagabundos del dharma (1958) es una novela situada en California y es la obra en la que Kerouac quiso teorizar sobre el budismo y la filosofía zen (él se había declarado budista y la mayoría de los beats tenía cierto interés por las filosofías orientales). El “dharma” es el auténtico significado de la vida y lo que el autor busca en sus viajes sin destino con personas que encuentra ocasionalmente por ahí, haciendo autostop por Norteamérica, durmiendo al aire libre, y pasando una Navidad prácticamente solo. Es una novela como las otras de Kerouac, probablemente también como lo fue su vida: llena de poesía y alcohol, marihuana y naturaleza, y la fraternidad por sobre todo, como lo único digno de preservar.
Big Sur (1962) es una novela que está estrechamente relacionada con la naturaleza. En esta obra Kerouac ya se proclama o reconoce como autor famoso y lo fastidia serlo. Como en todas sus novelas, como en su corta vida, en Big Sur encontramos viajes, idas, vueltas, y nunca un destino, porque –como se sabe– los beat buscan pero no saben qué. El resultado del libro, una experiencia de la soledad y con la naturaleza, es un maravilloso e iluminador poema “acuático” que puede leerse sobre el final y que Jack tituló “Big Sur”. En la traducción castellana de ese libro el poema fue dejado en inglés, por su carácter onomatopéyico e intraducible.
Kerouac y el Renacimiento de San Francisco tenían una concepción de la vida típica de los movimientos juveniles, que después se llamaría posmoderna, pero que en muchos aspectos era premoderna: una nueva expresión del viejo romanticismo, un revival del wondervogel, con sus mismos rasgos, el repudio a la sociedad moderna industrial, a la técnica y la ciencia, la visión apocalíptica de la historia, la exaltación de la fantasía en contra de la razón.
El movimiento de la generación beat estaba bien lejos del intelectualismo europeo y del ascetismo de Huxley, aunque con este tenían en común el orientalismo y la droga. Las drogas, las religiones –principalmente orientales–, los viajes –principalmente a México, Tánger o la India–, el jazz, como dijimos sobre todo el (be)bop, el sexo –incluida la homosexualidad–, y la literatura espontánea eran constitutivos del colectivo. Kerouac, por ejemplo, participó de las experiencias con mescalina que hacía el doctor Timothy Learly en la Universidad de Harvard.
Los beat fueron, como me gusta decir, los “prehippies”, pues es en la experiencia de la generación beatnik donde podemos rastrear y reconocer las ideas y modos de vida hippies que llegarían en los 60.
Leer a los beats y a Kerouac en particular es acceder a un mundo que va por la banquina o que viaja a dedo en la ruta oficial. Según los beats, que así se llamaron por “golpeados” o “pateados” (esta podría ser una traducción), ellos no son como la generación perdida de principios del siglo XX, cuando todos los avances de la ciencia se ven frustrados por la Primera Guerra Mundial, sino que nacen pateados, perdidos; sus vidas comienzan arruinadas. Alcanzan su juventud tras la Segunda Guerra Mundial; crecen con la bomba atómica. En esa instancia del proceso histórico están inmersos los beats, y dan una batalla distinta, en la que escribir, escribir y escribir es la estrategia elegida para construir fraternidad y placer, levantar la bandera de la amistad por sobre toda etapa de la vida, el aire libre, la música, la poesía, el amor y siempre, pero siempre, la libertad.
Para terminar, y volviendo a Kerouac –a quien recordamos en estos días por su cumpleaños, pero a quien releemos siempre– digamos cuál fue el plan literario que sus editores –y la muerte, el 21 de octubre de 1969– le impidieron continuar: como por objeciones de sus editores Kerouac se había visto obligado a cambiar los nombres de sus personajes en todas sus novelas –que son más que las aquí nombradas-, tenía planes de recopilar toda su obra durante su vejez, con nombres uniformes.


Comentarios (6)
Primero me gustaría presentarme. Mi nombre es Victoria y formo parte del mundo de la tecnología.
Toqué por primera vez un teclado a los 11 años y desde entonces no he dejado de hacerlo. Internet fue la mayor revolución tecnológica que viví hasta el momento.
Esta hermosa herramienta de trabajo me ha acompañado mucho: desde buscar información para trabajos prácticos, brindarme la historia de bandas cuyos recitales tenía que cubrir, ver pinturas que se encuentran en museos de Europa, escribirme con mis padres y chatear con amigos ( es más barato que el teléfono).
En la cátedra se generó un debate sobre el "cortado y pegado" de los textos. Yo debo declararme culpable, pero me permito defender mis actos.
Para poder cortar y pegar hay que leer el texto original, seleccionar lo que es importante y buscar la concordancia con el resto del párrafo. Para ello, uno tiene que interpretar el escrito y modificarlo.
Yo creo que un niño que no comprende lo que lee en internet, tampoco lo hace con un hermosos libro de tapa dura.
Opino que la persona que desprecia a la computadora es porque no se ha sentado frente a ella.
Publicado por Victoria Dellara | Marzo 15, 2005 4:20 PM
Publicado el Marzo 15, 2005 16:20
Me ha sorprendido en algunos blogs, que no muchos, que tienen alguna cita de entrada de Kerouac. Indudablemente son de gente muy joven que no llega a lo 20 años.
Afortunados ellos que de alguna manera lograron entrar en el círculo de la pandilla de este señor y compañía.
El problema de la generación beat, en cuanto a escritura, es la existencia de un cierto temor por lo que hicieron y por ese pensamiento tipo budista que tanto molestó, ha molestado y sigue molestando a muchos doctos de la literatura. Y a otros encargados de su enseñanza.
Kerouac es lo que llamo un escritor (o lo que sea) pero incómodo.
Uno de esos que pueden crear mala influencia. Y ni hablar de G. Ginsberg y el pensamiento de T. Leary.
Por ahí de vez en cuando, los grandes periódicos dedican algo a esos locos de otros tiempos. Y algún bloguero nostálgico pues recuerda fechas de nacimiento y muerte. Y quizá toda esa aureola de un cierto misterio es lo que permite que todavía los fantasmas de la beat estén rondando sanamente en el aire urbano de las ciudades del mundo.
A Kerouac & Pandilla le debemos mucho. Sigamos manteniendo su tradición.
Publicado por enigmas express / gandica | Marzo 15, 2005 9:44 PM
Publicado el Marzo 15, 2005 21:44
La clase me pareció que estuvo muy bien presentada ya que planteó un pantallazo general de todos los temas que se van a tratar en el laboratorio durante el año. Además, quedó mas que claro, que en esta materia vamos a encontrar un espacio para debatir.
Por otro lado, mas allá del planteo de sí la computación es buena o no, es inseparable e indispensable en los tiempos que corren, por esto mismo me parece muy interesante el desarrollo de este laboratorio y me crea muchas expectativas.
Publicado por Melina Bianchi | Marzo 18, 2005 4:18 PM
Publicado el Marzo 18, 2005 16:18
Hola Pablo. Bien por la lluvia beatnik. Este año se cumplen 50 de la famosa presentación en Frisco en la Six Gallery, que llevó a la censura del poema Aullido de Ginsberg y, paradojalmente, a la fama (o masivo conocimiento), del grupo.
En cuanto a Kerouac, siempre recomiendo uno de sus libros no tan leidos (si comparamos con En el camino): Angeles de desolación.
Un abrazo.
Publicado por Sergio | Marzo 24, 2005 1:07 PM
Publicado el Marzo 24, 2005 13:07
hola, buen comentario, heleido poco de estos autores, son mas los comentarios que sus obras, me preguntaba si alguno de ustedes sabe una direccion para bajarse on the road de kerouac gracias
Publicado por Lucas Marino | Septiembre 13, 2005 1:52 PM
Publicado el Septiembre 13, 2005 13:52
P. Mancini....muy interesante tu publicación. He leído de Kerouac En el camino, Los Vagabundos del Dharma y Big Sur...de William Burroughs The Soft Machine...y de Charles Bukowsky un compilado de sus más famosas obras....todos excelentes!!!!. Por cierto, desde hace algunos años, me he interesado por la cultura beat (soy hombre de medios en venezuela; específicamente locutor), y siempre he tenido la intención de llevar a cabo un recorrido virtual por los tiempos de gloria de la literatura norteamericana (por lo que creo, vamos por buen camino), por ello me pregunto: ¿qué le parecería a alguien, amante de éste arte, que le narraran en monólogo, en este caso, una obra de Kerouac -Big Sur- después de haberla leído, tiempo atrás?...recreándo ésta con crítica de invitados -además, generando un ambiente -stand up- como el que nos recuerda el Greenwich Village -A. Warhol-....con música bien seleccionada y por capitulos. Todo ello con la intención de ponerla a girar en la gran autopista. Estoy dispuesto, y Ustedes?.
Publicado por Ricardo José Blanco | Octubre 5, 2005 7:57 PM
Publicado el Octubre 5, 2005 19:57