Una vida apasionante, nada aburrida. Por momentos, por no decir tiempos prolongados, debe haber sido insufrible tanta ida y vuelta, tanta producción, tanta pasión, tanta exposición. Si se enojó con el tiempo seguro no fue porque no pasaba, ni porque lo encontrara lento o sin huellas, sin euforias o depresiones.
Se fue Arthur Miller.

¿Dónde podría ir alguien como él, como tantos otros escritores del largísimo siglo pasado, que tanto nos dijeron sobre nuestro tiempo? Kerouac se fue temprano. Hemingway ya no está. Tampoco Thomas Mann. Ni Capote. Jean-Paul Sartre las hizo y también se fue. Hasta Cioran se fue, que de alguna u otra forma debe haber sido victima de uno de sus propios amagues; quizás el maldito alzheimer no le permitió recordar que la idea del suicidio era lo que le permitía vivir, y así murió, sólo por olvidar. Cioran se fue en la década de 1990, igual que Ginsberg y Burroughs. En los 80 Borges y Cortazar, que el sábado se cumplió otro aniversario de su muerte. Hace muy poco se fueron Bolaño y Sontag y Said y Bourdieu y basta. Y todos mortales, filósofos, escritores, pintores de historias. Y hacer una lista no tiene sentido porque es una injusticia.
Y todo termina un cable de prensa que dice maquinalmente: "Murió en su casa de Roxbury, Connecticut, el jueves a las 21:17 por causa de un paro cardíaco", informó la secretaria del dramaturgo, Julia Bolus.
Arthur Miller era hijo de inmigrantes judíos polacos. Su padre tenía una empresa textil que se fundió durante la Gran Depresión. De joven estudió periodismo en la Universidad de Michigan y más tarde se fue a vivir a Nueva York, donde se dedicó a escribir guiones para radio. A los 28 años estrenó la comedia Un hombre con mucha suerte, con la que obtuvo su primer galardón literario importante. En 1947 estrena Todos eran mis hijos, obra que permaneció en cartelera durante casi un año, que denunciaba el cinismo de las empresas de armamentos, y por la que recibió en 1948 el Premio de la Crítica otorgado por el Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York.
Predicaba inconformismo ante lo establecido, metiéndole el dedo en el ojo a los valores conservadores de la sociedad estadounidense.
Su consagración definitiva se produce en 1949, con La muerte de un viajante, obra en la que expone el carácter ilusorio del sueño americano, galardonada con el Premio Pulitzer.
En Las brujas de Salem (1953) vuelve a la carga con un tema candente: la caza de brujas que comandaba el senador McCarthy, de la que él fue víctima por negarse a revelar, ante la Comisión de Actividades Antiamericanas, los nombres de los miembros de un círculo literario sospechoso de tener vínculos con el Partido Comunista. Años más tarde, en mayo de 1957, el Congreso lo declara culpable de desacato por haberse negado a revelar nombres de supuestos comunistas. De casualidad no fue a la carcel: en agosto de 1958 el Tribunal de Apelación de los Estados Unidos anula la sentencia. Años más tarde Miller sería uno de los intelectuales que se opusieron a la guerra de Vietnam e integró organizaciones de derechos humanos.
A mitad de los años cincuenta publicó Recuerdo de dos lunes y Panorama desde el puente, adaptada al teatro y al cine.
En 1956 su imagen pública iba a cambiar para siempre. El 29 de junio de ese año se casa con quien decía admirar por su coraje: Marilyn Monroe. La extraña pareja del intelectual y la diva naufragaría cuatro años y medio después – En total se casó tres veces: con Mary Slattery (1940-1956, divorciados), con Marilyn Monroe (1956-1961, divorciados) y con la fotógrafa de prensa Inge Morath (1962-2002, año en el aque Inge muere)
Miller se quejaba de que los escritores en ese país eran tratados como figuras del entretenimiento y se rebeló contra lo que consideraba el comercialismo chato de Broadway.
Como periodista uno de sus encuentros más célebres fue el que protagonizó con el líder soviético Mijail Gorbachov en en 1986, cuando la entonces Unión Soviética invitó a Miller y a quince escritores y científicos africanos, europeos y estadounidenses a un encuentro con sus colegas soviéticos: “A diferencia de sus antecesores –escribió entonces–, Gorbachov no estaba ojeroso y abotargado a consecuencia de la bebida; llevaba traje marrón, camisa beige, corbata a rayas y poseía sonrisa obsequiosa y un destello de inteligencia moderna en la mirada”, describía Miller en su oficio de columnista, cuando publicaba sus crónicas sobre personajes famosos en la revista Newsweek.
Tal como señaló la BBC, el legado del dramaturgo estadounidense ha sido tan importante que, sea el día que fuere, siempre una de sus obras está siendo interpretada en alguna parte del mundo.
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