
Aquel 12 de Enero hacía un calor digno de los veranos rosarinos.
Era jueves y el viejo Teatro La Comedia, colmado totalmente de un público entre curioso y espectante, esperaba que se abra el telón para asistir al estreno nacional de esa nueva versión de la “Crónica Cantada de La Forestal”.
Basada en las históricas investigaciones de Gastón Gori, con los textos de Rafael Ielpi y la nueva versión musical de Jorge Cánepa, la obra aún permanecía encerrada en esa penumbra latente del escenario y ese murmullo constante del público que atraviesa el telón. Esperaba su parto.
Nos hablábamos a media voz. Como si alguien pudiese escucharnos.
De quién carajo pudo haber sido la idea de estrenar una obra un 12 de Enero en Rosario..!
Si está bien, los Argentinos habíamos recuperado la Democracia hacía sólo un mes y después de tanto horror todos queríamos aportar con lo mejor que nos quedaba a esta nueva etapa del País, pero estrenar en Enero..!
Solidariamente, merecidamente, Raúl Granados entreabrió en telón y salió a dar la cara. Claro, tenía cancha, a él no le temblaba nada. A nosotros todo.
Presentó la obra y explicó el porqué de esta nueva versión.
Atrás, reuní al elenco para hablarles antes de salir a escena. Sentía que tenía que decirles algo, pero no sabía que.
Estaban allí con Enrique Llopis y Jorge Cánepa, mirándonos en un callado pacto de responsabilidad y confianza. Con Emilio Lenski ya metido dentro de su personaje del hachero, con los músicos y los técnicos.
Bueno muchachos..ya está. Ahora no importa mas nada, ni los detalles , los olvidos, ni el cagazo. Solamente piensen en una cosa, no estamos aquí para cantar, actuar o tocar, estamos aquí para contar una historia. En cada canción, en cada parlamento, en cada nota estamos contando algo de esos hombres y de esas mujeres. Hoy nos toca a nosotros hablar por ellos. Es lo único que importa.
Eso les dije. Y después un silencio, la oscuridad, los abrazos y un “Mucha mierda, carajo..!”, contenido y a media voz.
Lentamente fueron renaciendo, como venidos desde lejos, desde el tiempo, esos altísimos quebrachos colorados del Chaco Santafesino, la luz filtrándose porfiada entre el follaje, empecinada en romper esas sombras permanentes del monte, la pitada de un tren que se aleja, los pájaros y como quejas del pasado unas lejanas campanadas de alguna capilla que tal vez ya no existe.
Ahora, el tiempo se ha detenido.
Después, rompieron las primeras notas del piano cualquier quietud, cualquier complicidad y los corazones de todos los que estábamos allí ese 12 de Enero, en tropilla, comenzaron a galopar.
“En el comienzo fue apenas un nombre para extraños.
El año, un año más: 1904... Un año amargo.
Argentine Quebracho Company,
ese era su primer nombre.
Sus acciones estaban en Nueva York,
Pero sus garras caían sobre el quebracho,
el tanino y los rollizos
y empezaban a hundirse en esos montes
del Chaco grande.
El sitio se llamaba Tartagal...”
Y entonces, la voz de Enrique, envolviéndolo todo y poniéndole el punto de partida a ese nuevo hito de la creación y el espectáculo:
“Fuimos dos mil, dos mil adelantados
en el infierno rojo del quebracho.
Nos dijeron entonces: Tartagal,
y era como una mágica palabra.
Vamos a Tartagal, era el conjuro,
la esperanza, las ganas, la confianza.
Fuimos con las mujeres y los hijos:
Una rota y hambrienta caravana...
Me llamé entonces Pedro, Juan y Segundo.
Se llamaron, Florinda, Rosa, Juana.
Todo duró lo que duró la sangre,
la espalda, el corazón, el brazo hachando...”
Cuando terminó la obra, la gente estaba de pié, aplaudiendo y gritando.
Aplaudiendo hasta el cansancio. No paraba. No se iba. Enrique y Jorge se miraron. (Los músicos siempre se entienden mirándose. Los actores también). Entonces arrancamos nuevamente con la parte final de la obra, como una especie de bis. Era raro, es como si en una obra tradicional se repitiera la última escena. Y lo mismo. De pié y sin dejar de aplaudir. Cientos y cientos de veces. Lo mismo nos pasó después, cientos y cientos de veces.
Unos meses después me tocó filmar un documental en Villa Guillermina, en Villa Ana, en Tartagal, allí donde había estado La Forestal. Entrevisté a Don Venancio Vera, un viejo hachero que en ese entonces tenía como noventa años. El me decía:
“Es lo que pasó con nosotros, porque nosotros, los criollos no somos como otros, los extranjeros. Nunca pensamos que se iba a terminar el trabajo, pero lo que nos pasó fue eso, nomás...La vida en los obrajes era pesada. Cuando había barro a veces, trabajábamos hasta la cintura mojados todo el día. Y es la consecuencia de lo que ahora sufrimos muchas veces. Muchas veces sufrimos...Dios quiera que saquen alguna cosa, che, pa’ este pueblo por lo menos, done no ha quedao nada desde que se fueron...A ver si se viene alguna industria...que aquí va a quedar muy triste ahora cuando se termine el algodón...Que Dios lo ayude mi amigo, y saque alguna cosa que sirva, no pa’ nosotros, ya no, que somos viejos, pero pa’ estos jóvenes, estas criaturas que quedan, que van a ser grandes alguna vez y tengan pa’ trabajar...”
A 20 años de aquel inolvidable estreno, creo que se debería volver a cantar La Forestal.
Tal vez como un homenaje a lo que significó el hecho cultural más trascendente del canto dramatizado en la Argentina, pero por sobre todo porque aún permanece amenazada la dignidad del hombre en este mundo, por eso creo que no debemos dejar nunca de contar esta historia.
Néstor Zapata
Director de La Forestal
“Memorias de un Director de Escena”


Comentarios (1)
Estoy preparando documentos para www.sepaargentina.com.ar un servicio sin cargo que realizo desde hace décadas.
¿Autorizan la inclusión de esta "Memoria" de Néstor en un extenso trabajo sobre GASTÓN GORI... YA TERMINADO CUANDO ENCONTRÉ ESTA INFORMACIÓN?
Gracias por la respuesta. Cordial saludo. Nidia O. de Fontanini
Publicado por Nidia Orbea | Octubre 3, 2005 9:34 PM
Publicado el Octubre 3, 2005 21:34